
Mariano levantó la vista del periódico y dijo, todo indignado: «Será posible, que algún bromista de mal gusto ha publicado mi esquela en el periódico. Pues no me hace ninguna gracia». Su mujer, vestida de negro, se llevó un pañuelo a la lágrima y respondió: «Claro que no hace ninguna gracia. Porque no es una broma. Te moriste ayer».
Mariano, con expresión confusa, tartamudeó un par de veces antes de conseguir articular palabra. «Pero cómo me voy a morir, si estoy aquí». Su mujer, tras un suspiro de hastío, replicó: «Mariano, tú con tal de llevarme la contraria eres capaz de todo hasta en estos momentos de dolor. Ay, qué descansada se quedó tu madre cuando te casaste. Como me voy a quedar yo cuando te enterremos. Venga, que vamos a llegar tarde a tu misa».
Mariano, visiblemente irritado, grito: «¿Pero qué misa? Si yo no quiero ver un cura a menos de dos kilómetros. Además, que estoy vivo, coño, ¿es que no me ves? Si estuviese muerto me habría dado cuenta». Su mujer, cansada de discutir, sentenció: «Anda, calla la boca, que no dices más que tonterías. Si no te has dado cuenta es precisamente porque estás muerto. Y de la misa no te permito que me lo eches en cara, que ya sabes que yo soy muy creyente en estos temas y me he gastado nuestros ahorros en el funeral. Además, cuando vaya yo para el cielo, que Dios me espere muchos años, te quiero allí quieto conmigo. Y ahora arrea, que estarán todos tus amigotes ya en la iglesia».
Mariano, fuera de sí, accedió a ir a la iglesia para aclarar todo el malentendido. Cuando entró por la puerta, pudo ver al fondo su ataúd, expuesto y a la espera de que se metiese en él. A lo largo del pasillo, todos sus familiares y amigos salían a despedirse a medida que avanzaba hacia el altar. «Cuánto lo siento, Mariano, siempre te tuve en gran estima». «Te echaremos de menos, amigo». «¿Por qué te habrá llamado Dios tan pronto? ¿Por qué?». «Ay, Mariano. Con lo que tú has sido». «No somos nada». A lo que, Mariano, sin acabar de creérselo, dijo en voz alta: «¿Os habéis puesto todos de acuerdo?». Y su mujer, que no se separaba de su lado, replicó entre sollozos: «No seas tan maleducado. ¿No ves lo que todo el mundo te quería?» Uno de sus amigos más cercanos, le puso una mano en el hombro y le consoló: «Qué cabezón has sido siempre, Mariano. Ni a tu propia muerte haces caso».
Tras el altar, el cura dio comienzo a la misa, con un Mariano estupefacto que balbuceaba de forma entrecortada: «Pero si estoy aquí». «Efectivamente ―continuó el cura―, Mariano sigue aquí. Entre nosotros. Y siempre lo estará. Lo guardaremos en el corazón como esa maravillosa persona que ha sido. Un poco incrédula, todo sea dicho, pero buena gente al fin y al cabo. Además, quién somos nosotros para juzgar la carencia de fe de nadie. Esa tarea sólo le corresponde a Dios, con quien Mariano va a reunirse en breves momentos».
La comitiva abandonó la iglesia en procesión. Los hombres más fornidos portaron el ataúd sobre los hombros y Mariano, los siguió, junto a su esposa, con la mirada perdida y sin entender absolutamente nada. Cuando llegaron al cementerio, sus más allegados le cogieron suavemente de los brazos y le invitaron a entrar en el féretro. «Vas a un lugar mejor». «Polvo al polvo». Mariano, ido, se dejó llevar, a la espera de que alguien o algo pusiera fin a aquella farsa. Se metió en el ataúd y vio cómo la luz se desvanecía a medida que la tapa se cerraba.
Los sepultureros bajaron la caja al agujero mientras el cura pronunciaba unas últimas palabras. «Querido Mariano, ya estás en el cielo. Descanse en paz». La viuda se enjugó las lágrimas y suspiró de tristeza.
Mariano, con expresión confusa, tartamudeó un par de veces antes de conseguir articular palabra. «Pero cómo me voy a morir, si estoy aquí». Su mujer, tras un suspiro de hastío, replicó: «Mariano, tú con tal de llevarme la contraria eres capaz de todo hasta en estos momentos de dolor. Ay, qué descansada se quedó tu madre cuando te casaste. Como me voy a quedar yo cuando te enterremos. Venga, que vamos a llegar tarde a tu misa».
Mariano, visiblemente irritado, grito: «¿Pero qué misa? Si yo no quiero ver un cura a menos de dos kilómetros. Además, que estoy vivo, coño, ¿es que no me ves? Si estuviese muerto me habría dado cuenta». Su mujer, cansada de discutir, sentenció: «Anda, calla la boca, que no dices más que tonterías. Si no te has dado cuenta es precisamente porque estás muerto. Y de la misa no te permito que me lo eches en cara, que ya sabes que yo soy muy creyente en estos temas y me he gastado nuestros ahorros en el funeral. Además, cuando vaya yo para el cielo, que Dios me espere muchos años, te quiero allí quieto conmigo. Y ahora arrea, que estarán todos tus amigotes ya en la iglesia».
Mariano, fuera de sí, accedió a ir a la iglesia para aclarar todo el malentendido. Cuando entró por la puerta, pudo ver al fondo su ataúd, expuesto y a la espera de que se metiese en él. A lo largo del pasillo, todos sus familiares y amigos salían a despedirse a medida que avanzaba hacia el altar. «Cuánto lo siento, Mariano, siempre te tuve en gran estima». «Te echaremos de menos, amigo». «¿Por qué te habrá llamado Dios tan pronto? ¿Por qué?». «Ay, Mariano. Con lo que tú has sido». «No somos nada». A lo que, Mariano, sin acabar de creérselo, dijo en voz alta: «¿Os habéis puesto todos de acuerdo?». Y su mujer, que no se separaba de su lado, replicó entre sollozos: «No seas tan maleducado. ¿No ves lo que todo el mundo te quería?» Uno de sus amigos más cercanos, le puso una mano en el hombro y le consoló: «Qué cabezón has sido siempre, Mariano. Ni a tu propia muerte haces caso».
Tras el altar, el cura dio comienzo a la misa, con un Mariano estupefacto que balbuceaba de forma entrecortada: «Pero si estoy aquí». «Efectivamente ―continuó el cura―, Mariano sigue aquí. Entre nosotros. Y siempre lo estará. Lo guardaremos en el corazón como esa maravillosa persona que ha sido. Un poco incrédula, todo sea dicho, pero buena gente al fin y al cabo. Además, quién somos nosotros para juzgar la carencia de fe de nadie. Esa tarea sólo le corresponde a Dios, con quien Mariano va a reunirse en breves momentos».
La comitiva abandonó la iglesia en procesión. Los hombres más fornidos portaron el ataúd sobre los hombros y Mariano, los siguió, junto a su esposa, con la mirada perdida y sin entender absolutamente nada. Cuando llegaron al cementerio, sus más allegados le cogieron suavemente de los brazos y le invitaron a entrar en el féretro. «Vas a un lugar mejor». «Polvo al polvo». Mariano, ido, se dejó llevar, a la espera de que alguien o algo pusiera fin a aquella farsa. Se metió en el ataúd y vio cómo la luz se desvanecía a medida que la tapa se cerraba.
Los sepultureros bajaron la caja al agujero mientras el cura pronunciaba unas últimas palabras. «Querido Mariano, ya estás en el cielo. Descanse en paz». La viuda se enjugó las lágrimas y suspiró de tristeza.