lunes, 20 de diciembre de 2010

Homeleaks



Las nuevas tecnologías exigían un notable esfuerzo de adaptación a personas curtidas en otros tiempos. De ello se daba perfecta cuenta Julio Asenjo, un niño que a sus quince años se manejaba entre aparatos electrónicos con infinita más soltura que sus padres. Así era cómo había conseguido la clave de la caja fuerte, aquel cubo metálico que los señores Asenjo tan celosamente escondían tras un cuadro de la pared, y que había sido tan fácil de abrir. Bastó con curiosear por la agenda electrónica con la que su padre había sustituido a su gastada memoria de toda la vida, la cerebral, la analógica.

No sólo le habían dejado vía libre para hacerse con la clave, sino que además, a las largas jornadas ordinarias de trabajo que acostumbraba el señor Asenjo, se le habían sumado las intensas sesiones de gimnasio a las que se había apuntado la señora Asenjo, por lo que las tardes se habían convertido en un nuevo espacio-tiempo en el que Julio Asenjo campaba por casa a sus anchas. Así se lo había hecho saber a su hermano, Manolo Asenjo, tres años menor, al que se encargaba de cuidar. «La casa es nuestra», le había dicho, «podemos merendar lo que queramos».

Y en una de esas tardes, decidió que iba a compartir su secreto. Llevó a Manolo, Manolín, como le gustaba que le llamaran, frente al cuadro y al abrirlo y mostrarle el frontal de la caja fuerte le preguntó: «¿Quieres saber la clave?». Por supuesto que quería. «Pero recuerda, que debes dejar todo como estaba».

Tras varios minutos curioseando por el interior, Manolín apareció con los ojos surtidos de lágrimas y sorbiéndose los mocos. En su mano colgaba un papel con un encabezado que rezaba «Certificado de Adopción». Debajo, su propio nombre y un montón de sellos y firmas. Julio se dio cuenta de que su hermano se había puesto más amarillo de lo que ya era. Miró sus ojos rasgados y pudo ver la profunda decepción que le acababa de suponer enterarse de aquella noticia. ¿De verdad no tenía la más mínima sospecha?

domingo, 5 de diciembre de 2010

Su prejuicio, gracias.


Don Jesús requirió de nuevo al camarero para que le activase la máquina de tabaco. Le había escupido las monedas y le pedía el importe exacto por falta de cambio. No acababa de entender la necesidad de aquellas medidas de control, lo único que conseguían era dificultar el proceso para sus poco duchas manos. Tras un nuevo intento, la máquina le comunicó amablemente que el producto escogido se encontraba agotado y el bueno de Don Jesús se resignó a fumar de prestado en la oficina.

Ya llegaba tarde. Se había pedido un par de horas por asuntos propios. Papeleos que le habían obligado a madrugar más de lo corriente y que eran la causa de que a aquellas horas avanzadas de la mañana, todavía no estuviese al corriente de las últimas noticias deportivas. Mientras lidiaba con la máquina de tabaco, había escuchado a loscontertulianos del bar hablando sobre el equipo rival. “¿Has oído lo del Fútbol ClubPandemónium?”, decían. “Sí. ¡Qué escándalo!”, contestaban.

Al llegar al edificio de la empresa, se metió con la marabunta en el ascensor y de nuevo escuchó los comentarios de diferentes compañeros de distintas plantas. “¿Has visto lo que han hecho los del Fútbol Club Pandemónium? Ya se creen con derecho a todo”. “Sí. ¡Qué escándalo!”. Y notó como la impaciencia le hervía la sangre. En aquellos tiempos de inmediatez mediática, uno ya no podía ni ausentarse dos horas para arreglar papeles en el banco sin quedarse desfasado informativamente.

En cuanto accedió a su puesto, se precipitó a abrir la web de su medio afín para ponerse al día. Nada más cargar la página, pudo leer el titular en fuente mayusculada, sin serifa y tamaño monstruo: ¡ESCÁNDALO! Se dejó caer en la silla y digirió la información en doce centésimas de segundo. Afortunadamente, en aquellos tiempos de inmediatez ya no era necesario leer mucho más. Los medios se preocupaban de ofrecerte el producto acabado, el juicio, preparado para su consumo, más fácil que sacar tabaco de la máquina.

Don Jesús se acercó hasta el patio de fumadores. Allí estaba Don Alfredo, al que le pidió un cigarrillo. “Por supuesto”, le contestó éste, “para eso estamos los compadres. Por cierto, ¿te has enterado de lo del Fútbol Club Pandemónium?”. “Sí”, respondió Don Jesús con seguridad, “¡Qué escándalo!”.