
Pero, ¿dónde...? Igual en este cajón...
...donde antes solía guardar la ropa interior, doblada y ordenada; calcetines de uso diario, de deporte y de ocasiones especiales; calzoncillos para cada día, de verano y de ¡hoy toca! Ahora, mi ropa interior está desordenada por números: el uno, el dos, el tres, el cuatro, el cinco, el uno, el dos... y cuando el tres se empieza a deshilachar por la costura o se agujerea por el dedo gordo, lo tiro y me compro otro tres. Ya no tiene un cajón propio, el de la ropa interior, ahora la guardo aquí, sin más.
No, aquí no está.
¿Será posible? Quizá en el desván...
...donde antes habitaban objetos arcanos y mágicos, reliquias de pasados ajenos, testigos de historias sorprendentes, de aventuras inacabadas y de sombras misteriosas y sugerentes. Ahora es el bendito lugar donde puedo subir aquella horrible vieja cómoda y olvidarme de ella a base de no verla. Donde desprenderme del mohoso colchón de muelles gastados, el que un día de junio del 93 soportó el peso de una pasión fugaz y que ahora aguarda, ingenuo, a ser útil para alguna pernocta imprevista.
No. Aquí tampoco está. Aunque cualquiera encuentra algo aquí.
¿Dónde coño la habré puesto? ¡En el zócalo!...
...donde guardaba mi tesoro. Aquél zócalo de cerámica granate desgastado que con un sutil toque en una punta se desprendía de la pared y revelaba el húmedo hueco en el que solía guardar una caja metálica de galletas. En su interior: los cromos de la liga del 81, una chapa de Zinzano lastrada con la cera de una vela, una figurita de Mazinger Z y la huella en un papel de los labios pintados de María. Tiempo después, junto a la caja, un paquete clandestino de tabaco y un mechero. Ahora, el hueco está relleno con un cemento de la cosecha del 2005, en pleno apogeo del boom inmobiliario, y el zócalo de cerámica granate desgastado ha sido sustituido por otro de madera color caoba neutra, comprado a peso en el Ikea e instalado por mí mismo.
¡Uf! Tendría que desmontarlo para mirar. No, ahí no estará.
¿Cómo puede ser que no aparezca? ¡Ya está! ¡Debajo de la cama!...
...donde antes nunca había nada y, sin embargo, era el lugar que más miedo me daba. Un hueco vacío que recogía todos esos mal sueños y pesadillas que por la noche se condensaban y filtraban a través del colchón (el que, con todo seguridad, reposa en el desván junto a la cómoda). Allí se reunían los monstruos. Debajo. Porque los buenos siempre estaban por encima. Y siempre triunfaban. Ahora, 'debajo de la cama' es un espacio confuso, llamado canapé, algo super práctico que está repleto de mantas de invierno en verano y de biquinis de mi mujer en invierno.
Casi mejor que aquí no esté... No, no está.
¿Dónde la habré dejado?
Bueno, ya aparecerá.
Quizá, cuando menos me lo espere.
Quizá, nunca más.

