martes, 27 de octubre de 2009

¿Dónde la habré dejado?



Pero, ¿dónde...? Igual en este cajón...

...donde antes solía guardar la ropa interior, doblada y ordenada; calcetines de uso diario, de deporte y de ocasiones especiales; calzoncillos para cada día, de verano y de ¡hoy toca! Ahora, mi ropa interior está desordenada por números: el uno, el dos, el tres, el cuatro, el cinco, el uno, el dos... y cuando el tres se empieza a deshilachar por la costura o se agujerea por el dedo gordo, lo tiro y me compro otro tres. Ya no tiene un cajón propio, el de la ropa interior, ahora la guardo aquí, sin más.

No, aquí no está.

¿Será posible? Quizá en el desván...

...donde antes habitaban objetos arcanos y mágicos, reliquias de pasados ajenos, testigos de historias sorprendentes, de aventuras inacabadas y de sombras misteriosas y sugerentes. Ahora es el bendito lugar donde puedo subir aquella horrible vieja cómoda y olvidarme de ella a base de no verla. Donde desprenderme del mohoso colchón de muelles gastados, el que un día de junio del 93 soportó el peso de una pasión fugaz y que ahora aguarda, ingenuo, a ser útil para alguna pernocta imprevista.

No. Aquí tampoco está. Aunque cualquiera encuentra algo aquí.

¿Dónde coño la habré puesto? ¡En el zócalo!...

...donde guardaba mi tesoro. Aquél zócalo de cerámica granate desgastado que con un sutil toque en una punta se desprendía de la pared y revelaba el húmedo hueco en el que solía guardar una caja metálica de galletas. En su interior: los cromos de la liga del 81, una chapa de Zinzano lastrada con la cera de una vela, una figurita de Mazinger Z y la huella en un papel de los labios pintados de María. Tiempo después, junto a la caja, un paquete clandestino de tabaco y un mechero. Ahora, el hueco está relleno con un cemento de la cosecha del 2005, en pleno apogeo del boom inmobiliario, y el zócalo de cerámica granate desgastado ha sido sustituido por otro de madera color caoba neutra, comprado a peso en el Ikea e instalado por mí mismo.

¡Uf! Tendría que desmontarlo para mirar. No, ahí no estará.

¿Cómo puede ser que no aparezca? ¡Ya está! ¡Debajo de la cama!...

...donde antes nunca había nada y, sin embargo, era el lugar que más miedo me daba. Un hueco vacío que recogía todos esos mal sueños y pesadillas que por la noche se condensaban y filtraban a través del colchón (el que, con todo seguridad, reposa en el desván junto a la cómoda). Allí se reunían los monstruos. Debajo. Porque los buenos siempre estaban por encima. Y siempre triunfaban. Ahora, 'debajo de la cama' es un espacio confuso, llamado canapé, algo super práctico que está repleto de mantas de invierno en verano y de biquinis de mi mujer en invierno.

Casi mejor que aquí no esté... No, no está.

¿Dónde la habré dejado?
Bueno, ya aparecerá.
Quizá, cuando menos me lo espere.
Quizá, nunca más.

jueves, 22 de octubre de 2009

Nota abierta a H




Por lo que cuentan las habladurías, tu cama siempre ha estado poblada de hombres influyentes. Para mí, ese hecho, más que poner de manifiesto una falsa ansia de poder, revela tu inseguridad. Tú, que podrías ser musa de cualquiera que tuviese ojos y un dedo de frente para darse cuenta. Acercarme a tu lado débil, el que te hace real y tangible, me colma de ternura.

lunes, 5 de octubre de 2009

La Avenida


Siempre se paraba al llegar a la Avenida. Siempre. No estaba más allá de dos manzanas de su casa; el cruce de caminos desde el que partía la interminable avenida, hacia quién sabe dónde, que nunca había recorrido. Se detenía en la esquina, junto a un quiosco que vendía golosinas, y esperaba, paciente, hora tras hora a que alguien se acercase y amablemente le dijese su propia edad. Cuando el anochecer tomaba las calles y la iluminación pública se encendía, regresaba, abatido, a su casa.

Hacía tiempo que el espejo había dejado de devolver su imagen. Él se sentía viejo, pero no podía comprobar cuánto. Tenía la impresión de que incluso el resto del mundo tampoco era capaz de verle. En las horas que pasaba en su esquina de la Avenida solía preguntar a los transeúntes: «Disculpe...» «Perdone...» «Sería tan amable...», pero nadie se inmutaba, como si se hubiera vuelto invisible. Ahora, ni siquiera se molestaba en intentar establecer contacto, se limitaba a observar las miradas con la vana esperanza de que alguna reparará en él.

No siempre fue así. Cierto que no recordaba el momento en el que el espejo dejó de devolver su imagen pero no tan alejado en el tiempo sí que conoció a alguien, una chica, que acudía a la misma esquina en busca de quien le dijera si su voz sonaba feliz.

Allí se conocieron, en su esquina, con la mirada puesta en la Avenida. «¿La has caminado alguna vez?», preguntó ella. «Nunca», contestó él. «Yo tampoco. Pero ya no me importa, porque te he encontrado». Él le aseguraba, sinceramente, que su dulce voz sonaba feliz. Ella lo miraba y con una tierna sonrisa le decía «tienes seis años». Él estuvo tentado en alguna ocasión de proponer un paseo por la Avenida. No lo hizo. Se quedaron en la esquina viéndose y escuchándose. Hasta que un día ella se olvido su sonrisa. Él, sinceramente, le dijo «hoy tu voz ya no suena feliz». Al día siguiente, ella no regresó. Ni nunca más.

Él quedó allí, todos los días en su esquina, sin nadie que le dijese su edad, con la falsa esperanza de que ella regresaría, con el rabillo del ojo puesto en la larga Avenida que nunca había recorrido y con la certeza de que cada día sería un poco más difícil hacerlo.

Un día, cuando el anochecer estaba a punto de tomar las calles y la iluminación pública amenazaba con encenderse, se dispuso a emprender el camino de regreso a casa, con la fortuna de que su pierna, la misma que últimamente le había comenzado a fallar, tropezó y en un traspiés le hizo dar varias zancadas hacia la Avenida, hasta apoyarse en el semáforo que la cruzaba. Estaba en verde.

Alguien a su lado le preguntó: «¿Se encuentra bien? ¿Quiere que le ayude a cruzar?».

«Por favor», respondió él.