La profesora Gertrudis se dirigió al niño de gafas de la pizarra. «Cuenta los votos, por favor», le dijo, y el niño se subió las lentes con el dedo índice y comenzó a garabatear palitos. Lo cierto era que a la profesora le costaba recordar el nombre de aquel niño. Sabía que era de los más pequeños, probablemente, nacido el mes de diciembre, que apenas hablaba en clase, quizás acobardado por el griterío de los más mayores, que no era popular entre las niñas, casi con seguridad, por las muchas dioptrías que se acumulaban en las gruesas gafas, y que era nuevo, acababa de llegar al colegio aquel año. Sin embargo, era aplicado, listo y responsable. Por eso lo escogía para las tareas delicadas en cuanto tenía ocasión.
—El resultado de la votación ha sido —dijo finalmente el niño—, 12 votos para Alfredín y 11 para Carmiña.
La profesora hizo un gesto de fastidio muy mal disimulado. Alfredín era el repetidor de la clase, el más grande y el mejor jugador de fútbol en el recreo. Carmiña era habitual colaboradora en el periódico de la escuela y buena estudiante, aunque algo repipi. Durante el curso anterior, también habían sido los únicos en presentarse para delegado y subdelegado. El resultado fue desastroso. Ninguno de los dos fue capaz mantener el orden de la clase durante las ausencias de la profesora, cada niño acababa hablando por su cuenta y el aula se convertía en una jaula de grillos.
—¡No se vale! —Gritó Carmiña—. Seguro que ese tonto no sabe ni contar. Quiero un recuento.
—Contar es lo único que sabe —replicó Alfredín—, porque pintar, no pinta nada. Lo que te pasa es que no sabes perder.
Y en ese momento, la clase estalló en acusaciones entre partidarios de uno y de otro. La profesora Gertrudis se llevó la mano a la cabeza mientras murmuraba «qué año me espera. Otra vez igual». Intentó poner orden, levantó la voz, golpeó varias veces la mesa con el borrador, pero los niños seguían revolucionados. Instintivamente, volvió la cabeza hacia el niño de la pizarra. Era el único que permanecía en su puesto, callado y firme. Ninguna de las acusaciones que le acababan de lanzar públicamente, parecían haberle afectado lo más mínimo. «Quizás…».
—¿Por qué no te presentas tú para delegado? —Preguntó la profesora.
El niño de las gafas volvió la cabeza lentamente hacia la profesora, y con una total parsimonia, señaló a la clase que berreaba delante de él y dijo:
—No tengo ninguna posibilidad.

¿El niño de la pizarra no se llamará Patxi? Creo que pronto le toca a él, porque Alfredín y Carmiña son pasto de buitres, y si no tiempo al tiempo.
ResponderEliminarBonita historia, triste final. Un saludo
Pues la verdad es que no estoy muy seguro de si su nombre sería Patxi, pero estoy convencido que tiene que haber por ahí algún niño o niña, con o sin gafas, capaz de dirigir la clase. Gracias por tu comentario :)
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