domingo, 27 de diciembre de 2009

¿Existir? Sí, por favor.



Suena la sintonía y arranca una nueva edición de «La ciencia al alcance del encefalograma plano», el nuevo reality show de éxito del canal doce. El programa tiene como telón de fondo las teorías científicas más relevantes del último milenio, simplificadas en lo posible para llegar al público de masas y sazonadas con un buen montón de silicona y melodías pegadizas para deglutirlas con mayor facilidad. Hoy le ha tocado el turno al poco afortunado experimento mental de El Gato de Schrödinger, con el que Erwin ídem pretendió ilustrar la superposición cuántica, propiedad física de la mecánica ídem.

En dicho experimento, Erwin Schrödinger nos planteaba crear un sistema cerrado en el interior de una caja. En ella colocamos una partícula radioactiva que tiene un 50% de posibilidades de desintegrarse, un frasco con un gas venenoso, un dispositivo que detecta la suerte de la partícula y, por supuesto, un gato. Si la partícula se desintegra, el dispositivo romperá el frasco y el gas liberado matará al gato. Puesto que todo el sistema depende del comportamiento de una sola partícula que se rige por las leyes de la mecánica cuántica, el destino del gato dependerá también de ella, por lo que se podrá concluir que, una vez iniciado el experimento, el gato estará en un estado de superposición cuántica en el que está vivo y muerto a la vez, sin que podamos definirlo con seguridad. No es hasta que abrimos la caja y comprobamos su estado, que nuestra conciencia determina si está vivo o muerto.

En el programa han adaptado un poco el sistema, han sustituido la partícula radioactiva por un fotón que puede tomar dos caminos diferentes. Si toma el camino B no pasará nada, pero si toma el camino A un dispositivo dejará caer un martillo que romperá el frasco con gas venenoso. Una morena maciza coloca el gatito en la caja, la cierra y, tras una música de misterio, acciona el mecanismo que dispara el fotón.

El público se queda en silencio, se bajan las luces y se prolonga el suspense. El presentador pone su cara de póker y, con el tonillo de voz que le ha hecho tan famoso, dice: «Y el gato está...». Suena un redoble, la morena maciza abre la caja y la muestra al público. «...¡Muertooooo!». Se encienden las luces y un asistente muestra el cartel al público, el cual, obediente, aplaude.

Sin cuestionar la probada certeza de las leyes cuánticas, Erwin Schrödinger tuvo la poca consideración de no considerar a la conciencia del infortunado gato lo suficientemente 'consciente' como para determinar su propio estado. Por eso, en «La ciencia al alcance del encefalograma plano», han querido ir un paso más allá y sustituir al gato por el concursante de esta semana. La morena maciza retira el cadáver del gatito y sustituye la caja por otra tamaño persona. El presentador clama: «Damos la bienvenida a... ¡Pringadillo Pérez!». Nuevo cartel, nuevos aplausos y, a la señal del regidor, salgo a escena.

―¡Buenas noches, Pringadillo!
―Buenas noches ―contesto.
―¿Certificas que vienes por propia voluntad y que no has sido coaccionado en manera alguna?
―Por supuesto. Vengo encantado por poder salir en la tele.
―Bien, Pringadillo, pues ya te han informado de lo que tienes que hacer. Te meterás en la caja, nuestra querida Morena Maciza accionará el disparador de fotones y te dejaremos unos minutos ahí dentro. Lo que queremos que hagas es que dejes constancia de tu estado vivo-muerto, para lo que te damos este kit de papel, bolígrafo y linterna. ¿Ok?
―Ok ―respondo.

La morena maciza me coge suavemente del brazo y me acompaña hasta la caja. Me ayuda a introducirme en ella, me entrega el kit con ternura y me guiña el ojo al tiempo que cierra la caja.

Se hace la oscuridad. Escribo.

Pienso en la morena maciza.
Me siento extraño.
¿Estoy vivo?
¿Estoy muerto?
¿Estoy? ¿Existo?
Existir. Curiosa palabra.
René Descartes dudó de su propia existencia, hasta que formuló el 'cogito'.
Cogito ergo sum.
Pienso, luego existo; en una popular e imprecisa traducción.
Yo estoy pensando, luego debo existir.
Pero, ¿importa realmente? Porque, ¿cuál es el sentido de existir si lo haces dentro de una caja?
Queda reducido a una variable booleana. Cero o uno. Más allá: nada.
Se me antoja, entonces, que el mero acto de pensar no es suficiente para existir.
Necesito un testigo que certifique mi existencia.
Un alguien en el que proyectarme y poder verme reflejado.
Un 'otro' que dé sentido a la soledad de esta caja.
Pienso en Morena Maciza.
Ojalá estuviese conmigo, aquí dentro, y pudiésemos practicar juntos el cogito.

Tras un redoble de tambores, Morena Maciza, con su sonrisa perpetua, abre la caja y retira mi cadáver.



Más información:
YouTube: Mecánica cuantica: el gato de Schrodinger
http://es.wikipedia.org/wiki/Gato_de_Schrödinger
http://es.wikipedia.org/wiki/Cogito_ergo_sum

miércoles, 23 de diciembre de 2009

cARta a la directora



Mis muy respetados ustedes:

Ya no es solo el hecho de que no hayan publicado ninguna de mis ciento veintisiete cartas al director, sino que no hayan tenido la educación de responder a los repetidos e injustos insultos y descalificaciones que les he proferido con puntual constancia. Entiendo que encontrar un hueco en su tabloide para publicar las expresiones soeces de mis misivas no es tarea fácil, que no sería justificable para sus lectores, el incluir en sus páginas unos motivos tan claramente ofensivos. Entiendo, incluso, que sientan una ferviente hostilidad hacia mi persona y tengan decidido, de antemano, que ninguna de mis palabras verá la luz en su medio. Pero lo que no quiero entender es que no tengan el detalle moral de hacerme llegar una mínima, minúscula, testimonial, aunque sea, respuesta a mis improperios. ¿Acaso no se dan cuenta del porqué de mis ganas de llamar la atención? Necesito amor, ¡coño! —Con perdón—. Creo que eso no es tan difícil de entender.

¿Por qué no lo han hecho? Yo se lo diré: porque no son ustedes muy diferentes a los personajillos que sacan en portada. ¡Cuánto echo de menos los desaparecidos tiempos en los que esto —me estoy llevando la mano al corazón, no a los genitales— era capaz de mover el mundo!

Tengo setenta y ocho años. He sacado a bailar a preciosas mujeres en desaparecidos guateques. He llorado el rechazo en trece ocasiones. Dos veces viudo. Tengo dos hijos y una hija. Guardo, con cariño, un mechón de pelo de mi primer amor. Conservo un cofre con quinientas setenta y una fotografías en blanco y negro. Estuve en París, cuando París era París. Y de vacaciones en Roma. Nunca he permitido que una señorita pagase la cuenta. He pasado más tiempo soñando que dormido. Poseo, cuidadosamente clasificadas por fecha, más de mil quinientas facturas de hotel; ninguna, de habitación simple. Y ustedes, que se hacen llamar prensa del corazón y que pretenden llevar hasta nuestras casas lecturas que ensalcen la grandiosidad del amor, ustedes… no hacen más que publicar tonterías y cotilleos de pseudofamosos que se mueven por esto —me estoy llevando la mano a la cartera, no al corazón— y que son capaces de hipotecar sus vidas, sin conocer el valor del precio de lo que sacrifican. Ustedes, discúlpenme, son los hijos bastardos del amor.

Quizá me he hecho viejo. Pertenezco a una generación en la que la esperanza era lo último que se perdía. Por ese motivo, espero impaciente su respuesta.

Sinceramente suyo.

martes, 22 de diciembre de 2009

La vida es una plaga

Esto es que era el hijo de La Muerte que, admirado del respeto que su padre infundía y del porte aterrador que túnica y guadaña proyectaban, díjole a su atareado progenitor: «Padre, ¿cuándo podré yo matar como lo haces tú?». La Muerte, con una sonrisa esbozada en la profundidad del interior de la capucha, díjole con ternura: «Matar no es tan sencillo, hijo. Algún día heredaras mi responsabilidad. Cuando estés preparado». El hijo de La Muerte, con el fervor de la juventud calcificado en sus tiernos huesos, respondióle: «Pero padre, ya estoy preparado. Puedo matar como el mejor. Pruébeme». Y La Muerte, con la sabiduría de perro viejo, concedióle:

«Séase pues que dispondrás de diez hectáreas

de las que deberás erradicar la vida en su totalidad.

Si lo consigues, heredarás mi puesto.»

El hijo de La Muerte, loco de alegría, dirijióse con premura hacia sus diez hectáreas e inspeccionolas. Vivían allí una familia de granjeros ―madre, padre, hija nonata y hermano bastardo―, perro labrador, manada de vacas, piara de cerdos, mula terca, gallinas ponedoras y gallo trasnochador. «Presas fáciles», pensose el hijo de La Muerte y, con destreza innata, a todos muerte dio, con limpia pasada de su guadaña de juguete por el gaznate de granjeros y animales. Tras el baño de sangre, quedáronse todos los cuerpos y trozos esparcidos y, de ellos, brotaron pronto gusanos y carroñeros. Amontonolos después, el hijo de La Muerte, en una pira grande de la que, con fuego, cuenta dio.

Preocupose, tras la purga, de flora y plantas; mala hierba la que arrancó, cultivos los que segó, setos y árboles los que taló y pequeño huerto el que arrasó. De toda aquella verdura y ramaje sobrante, a la hoguera alimentó y pudo ver, entonces, a legiones de insectos que cruzábanse impunes por el aura de las llamas. A todos y cada uno de ellos persiguió y a cada uno y a todos aplastó, en un arduo y longevo trabajo que, cuando hubo finalizado, llevole a exclamar con fastidio: «¡Oh, no! La mala hierba, de nuevo ha crecido».

Rastreóle, pues, a la tierra, la fuente de agua que a la flora traicionera sustentaba, y econtrola en un pozo profundo que en su fondo escondía, de vida, un nuevo mundo. Sapos y bacterias, lagartijas y topos, hongos y setas, musgo cavernoso y hasta algún crustáceo que vivía allí en el foso.

Con la rabia que despedía su esqueleto, el hijo de La Muerte, de las diez hectáreas el agua drenó. No dejó, ni por tierra ni por aire, de hache dos O, ni una sola molécula y, para su éxito asegurar, aquella decrépita tierra, con un manto negro cubrióla, sin permitir a luz del sol alumbrar esperanza ninguna. De nuevo, toda hierba arrancó, toda brizna de vida incendió y no hubo bicho ni insecto al que no diera fin, hasta que, el hijo de La Muerte, en la oscuridad seca y yerma de aquella extensión, extenuado de sudor y lágrimas, a contemplar su obra dipúsose.

Y fue al calor del charco que ese sudor y lágrimas formó, que de nuevo la mala hierba creció. Tras ellas, las ramas y follaje, insectos, bichos y una nueva familia de granjeros ―abuela, abuelo, hijo desviado y hermano fornido― que con su carreta, dos mulas, vaca y cabra a vivirse traían, junto a unas afiladas tijeras a las que uso dieron para abrir un hueco en el manto negro, que la oscuridad a todos confunde y no es bueno para las especies sucumbir a las tentaciones.

«¿Entiendes ahora, hijo mío ―díjole La Muerte a su derrotado sucesor― la dureza del trabajo de tu padre? La vida es una plaga, y sólo con tesón constante e infatigable trabajo se le puede poner fin».


martes, 15 de diciembre de 2009

Siete cosas que no sé y una que sí



Lunes
no sé levantarme.
No es hasta que la cama se pudre
y cae hecha pedazos
cuando debo erguirme
y con la ayuda de mis débiles brazos
aprisionar mi cabeza
y girarla ciento ochenta grados
para mirar de frente

Martes
no sé qué hago aquí.
Olvidé dónde estaba la puerta de entrada,
el motivo de mi visita,
los papeles que necesitaba
y la hora del café.
Esclavo de la inercia.

Miércoles
no sé dónde para.
La metí en el bolsillo cuando me la diste,
en una cajita al llegar a casa,
la saqué para rememorar el día 15,
la pegué con dos tiritas en mi costado,
la dejé caer cuando atardeció,
la seguí con la mirada por la mañana,
cuando la brisa nueva se la llevó
para no volver,
no volver,
no volver otra vez.

Jueves
no sé dar media vuelta
un número impar de veces.
Y huyo siempre hacia delante,
siempre mirando hacia atrás,
con los puños cerrados, tenso,
a la espera de estrellarme con la pared.

No sé qué día es hoy.

Sábado
no sé sentirme culpable.
Por haber perdido el tren,
por dejar pasar el momento,
por no tenerlas todas conmigo,
por no haber bebido de la misma copa,
por apostar a la carta más baja,
por no haberte hecho caso,
por pedirte perdón.

Lunes
no sé por qué perdí el domingo
escribiendo tonterías sobre las que no sé
cuando sólo hay una cosa sobre la que sé.
Te sé a ti.