domingo, 29 de enero de 2012

Limonair, negocio insostenible




Joanic y Jordiet babeaban en el escaparate de la tienda de videojuegos. El nuevo Super Mortal Fight VII: sin escrúpulos ni censura acababa de salir al módico precio de 69,99 €. Al llegar a casa, rompieron el cerdito que compartían como buenos hermanos y constataron que los ahorros de su vida ascendían a 13,28 €. «¿Sabes?», dijo Jordiet, «que si los invertimos en preparar limonada y la vendemos el domingo a la salida de misa, podemos ganar para comprarnos el juego». Joanic respondió ilusionado. «Sí, limonada con gas. Y la llamaremos Limonair».

El papá de Joanic y Jordiet, orgulloso ante la iniciativa de sus hijos y de lo que iba a fardar ante sus compañeros en el club de golf, los acompañó al supermercado a comprar las garrafas de agua, los limones, el azúcar y el bicarbonato. Cuando la cajera expendió el ticket por un importe de 32,50 €, el papá guiñó un ojo a sus hijitos y se hizo cargo de la cuenta.

La mamá de Joanic y Jordiet, emocionada ante el servicio que sus hijos iban a ofrecer a los feligreses a la salida de la liturgia, los llevó a la sección de manualidades de unos grandes almacenes e hizo acopio de cartulinas, papel charol en varias tonalidades de azul, rotuladores, tijeras, grapadora, pegamento, purpurina y varias pegatinas con forma de estrella, todo por un importe de 72,80 €.

La tarde del sábado, la pasaron, el papá, serrando varias tablas viejas que tenía por el garaje, para montar un pequeño tenderete con ellas, la mamá, exprimiendo limones y preparando la limonada en garrafas, y Joanic y Jordiet, pintarrajeando en las cartulinas «bendemos limonair a 1 euro» y desperdiciando purpurina y estrellas. Pero todo dio su fruto el domingo, cuando los devotos guardaron cola para comprar la limonada de los niños.

De regreso a casa, hicieron cuentas. Habían sacado 62,00 €, que sumados a los 13,28 € que todavía guardaban del cerdito, daban un total de 75,28 €. «¡Suficiente para el videojuego!», exclamó Jordiet. «¡Sí! ¡Y nos sobra! ¡Qué bien lo hemos hecho!», corroboró Joanic, «mañana nos lo compramos».

«¿Sabes? El mes que viene sale el Supreme Violence III: ahora es global. Si conseguimos ahorrar otros 10,00 € y vendemos galletas en el club de golf de papá, nos lo podremos comprar».

«Seguro».




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jueves, 26 de enero de 2012

Paquito, no culpable




El profesor trató de recordar la escena: Baltasarín señalaba acusatoriamente a Paquito. «Se ha comido mi bollicao», decía. Mientras tanto, Paquito se relamía los labios; tenía restos de chocolate en el hocico y en las manos. Con una, sostenía el cromo, con la otra, el envoltorio. Cuando el profesor llegó hasta él, le dijo con la soltura propia de un crío: «yo no he sido».

¿Tenía Paquito las manos sucias? El profesor no tenía duda alguna al respecto. Pero esa no había sido la pregunta del director. La pregunta había sido «¿Vio o no vio usted a Paquito comerse el bollicao de otro niño?». A su derecha, en el mismo despacho, los papás de Paquito esperaban la respuesta con la barbilla levantada. El profesor no pudo dejar de notar la caspa depositada en los hombros del padre y la colorida peineta con la que la madre adornaba sus cabellos. El niño había afirmado por activa y por pasiva que él no había sido.

—No. No lo vi —reconoció el profesor.

A la izquierda del despacho, los padres de Baltasarín exclamaban indignados «pero si tenía los resto del chocolate en los morros», a lo que el director respondió con mirada condescendiente. «Pero si tenía el cromo en la mano», insistían.

—Lo lamento —concluyó el director—. No tenemos pruebas concluyentes de que Paquito sea culpable.

El profesor abandonó el despacho con un extraño sentimiento de impotencia. Fuera, los dos niños esperaban sentados en un banquillo. Pudo escuchar como Paquito le decía a Baltasarín «me las vas a pagar, chivato».





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viernes, 20 de enero de 2012

Y de postre... SOPA





A finales del S.XV, durante un frío invierno, el gremio de copistas, encabezado por Fray Warner, se reunió en las cercanías de Milán  para discutir sobre la nueva tecnología que se estaba extendiendo por Europa, eso que llamaban imprenta. «Están utilizando este invento del dominio para realizar copias de libros», argumentaba Warner. «Copias, más baratas», continuó sobre las exclamaciones indignadas del resto del gremio, «que además distribuyen sin nuestro consentimiento. ¿Os dais cuenta de lo que esto puede significar? ¿De lo que podría pasar si todo el mundo supiese leer y tuviese acceso a los libros?».

—¡A la hoguera! —Exclamó Fray Lamar—. ¡Quemémosles a todos!

«No, mi querido amigo», respondió Fray Warner con parsimonia. «Ése no es nuestro estilo. Lo que haremos es dictar una ley para prohibir su uso».

El resto del gremio asintió satisfecho. Tachar aquella nueva tecnología que dejaría obsoleta la magnífica labor llevada a cabo por los monjes y frailes copistas desde hacía varios siglos, como un invento del demonio y castigar su uso en nombre de Dios, era una buena estrategia.

—Pero.. ¿Y si alguien la utiliza para imprimir sus propios manuscritos? —Apuntó Fray Anonymous—. ¿No estaremos coartando su libertad?

Tras un breve instante de silencio, la sala estalló en carcajadas. «¿Quién va a tener algo que escribir más interesante que la Biblia?», dijo Fray Warner, todavía con lágrimas en los ojos. «Mi joven aprendiz, todavía tienes mucho camino que recorrer».

—Pero… Pero… —Quiso insistir Fray Anonymous—. ¿No podríamos nosotros utilizar la imprenta también?

El resto del gremio saltó como un resorte, de pie, totalmente indignados ante la blasfemia del joven. Echaron al infiel a patadas. «¡No eres digno de estar entre nosotros!», le gritó Fray Warner. Cuando el traidor hubo abandonado la sala y se calmaron los nervios, los copistas se sentaron en torno a la mesa para cenar.

—¿Y cómo vamos a llamar a la ley? —Preguntó Fray Lamar.

«Ya lo pensaremos. Quizás se nos ocurra algo después de comer la SOPA».



Fuera, en las calles más oscuras y frías que Milán recordaba haber vivido en lustros, Fray Anonymous se alejaba convencido de que más pronto que tarde la tecnología de la imprenta se impondría y el gremio de copistas reconocería su error. O no. Quizás para ellos, ese momento llegaría demasiado tarde.

—Perdónalos porque no saben lo que hacen —dijo mirando al cielo.




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lunes, 16 de enero de 2012

Familia de rocas condenada por provocar hundimiento de crucero




Una familia de rocas al completo, que residía en la costa italiana desde el siglo XVI, ha sido condenada por no apartarse para dejar paso libre a un crucero repleto de turistas. El capitán fue el primero en apearse del buque y acercarse hasta la comisaría más cercana para denunciar los hechos. «Yo ya me olía que no se iban a apartar», ha declarado, «este tipo de rocas gastan una cara muy dura».

La sentencia, hecha pública esta mañana, condena a toda la familia de rocas a convertirse en gravilla. Para ejecutar la sentencia, ya ha sido concedida una partida de algo más de 4 millones de euros del erario público, para dragar toda la zona de costa y transportar la roca hasta la cantera más lejana. «Tenemos el deber indiscutible de hacer efectiva la ley», ha declarado el Ministro del Interior, satisfecho con la resolución.

Por su parte, las rocas han preferido mostrar su indignación con la sentencia ocupando sus respectivos puestos en la costa con normalidad y guardando silencio.




Referencias:


2 formas de orinar sobre el trabajo propio



McClane

A McClane, 23 años, marine en Afganistán, se le ocurrió que la ruta más probable de escape de los supuestos talibanes, sería por el callejón. Así que se enfiló hasta la azotea de un edificio adyacente, montó su fusil de francotirador y esperó pacientemente a que apareciese alguien con turbante. En ese momento, alfa llamó a bravo y tras el intercambio de mensajes y el permiso ordinario, descerrajó tres tiros, uno por cada turbante que asomó.

Una vez abajo, McClane se reunió con otros cuatro compañeros, en torno a los cadáveres. Alguien dijo «good job, bro», sacó una lata de un famoso refresco y se la ofreció. McClane la bebió entera de un largo trago antes de eructar y darse cuenta de que llevaba horas sin mear. Miró los cadáveres ensangrentados, se bajó la bragueta de camuflaje y mientras orinaba sobre el trabajo que acababa de realizar, invitó a sus compañeros a hacer lo mismo. «Join me, dudes», les dijo. Tres de ellos lo imitaron. El cuarto exclamó «wait, wait, this is awesome, yo», al tiempo que sacaba su móvil para grabarlo en vídeo.


Jean-Pierre

A Jean-Pierre, 17 años, sobreviviente del terremoto de Haití, se le ocurrió  que podía utilizar las ruedas de lo que algún día fueron carritos en un supermercado, para transportar las heces y orines hasta la fosa séptica más cercana, a apenas un par de horas de caminata desde allí, y así ayudar a frenar los continuos brotes de cólera. Recogiendo material de los escombros, construyó una plataforma con cuatro agujeros, improvisó con planchas de desechos unos separadores que dieran cierta intimidad y debajo, situó los cuatro cubos más grandes que pudo encontrar. Ató los carritos como si de vagones de tren se tratasen, y se ofreció para hacer el primer viaje hasta la fosa séptica a vaciar los cubos.

Los vecinos que malvivían por la zona, se acercaron a ver las nuevas letrinas. Jean-Pierre los invitó a utilizarlas, pero todos convinieron que debía ser él quien las estrenase. Por si ayudaba a estimularlo, alguien le ofreció un abollado cazo metálico con algo de agua en su interior, agua que seguramente le había costado una caminata de más de seis horas. Jean-Pierre la tomó agradecido, se acercó hasta el segundo agujero y tras descubrirse y hacer algo de fuerza, orinó sobre el trabajo que acababa de realizar.


Referencias:


lunes, 9 de enero de 2012

Los recortes de la Sastrería Soberano




Vicente era el propietario de la Sastrería Soberano desde hacía poco más de treinta años. Anteriormente, había pertenecido a un viejuno que dedicó la mayor parte de su vida a confeccionar sotanas para la santa iglesia, pero Vicente supo dar la vuelta a aquel negocio en decadencia y encontrar nuevos mercados en el sector del espectáculo. Su mejor cliente, El Circo del Bienestar, era una compañía de ámbito nacional de gran prestigio y proyección, cuyo número estrella era una serie de ejercicios de equilibrismos imposibles. Cada año renovaban por completo su vestuario, lo que suponía grandes beneficios para Vicente.

Sin embargo, aquella época eran tiempos duros para la Sastrería Soberano. Las partidas textiles de la lycra que se utilizaba para la confección de las prendas más delicadas, las de los equilibristas, se habían visto asaltadas reiteradamente en su viaje desde occidente por un grupo de piratas que decían llamarse Los Rompedores de la Calle Muro. La consecuencia era una alarmante escasez de materia prima y Vicente había confiado a José y a Pepe, sus principales capataces en la sastrería, la solución al problema.

José había sido el encargado de la confección para El Circo del Bienestar durante los últimos años. Ya llevaba avisando desde hacía meses del problema de falta de lycra, y su solución pasaba por un «rediseño de los patrones de confección para un mejor aprovechamiento de la escasa tela con la que contaban». En otras palabras, y según Pepe, firme opositor a esta medida: en aplicar recortes a la calidad de las prendas que producían. Los modelos que surgieron bajo la supervisión de José no gustaron nada al cliente, que se quejó ante lo extravagante del material. ¿Cómo pretendían que los equilibristas se enfundaran una malla con la pernera izquierda más larga que la derecha? Vicente no tuvo más remedio que suspender a José de su responsabilidad y nombrar a Pepe como nuevo encargado de su principal cliente.

Tras varios días de relativo trabajo, Vicente volvió a reunirse con sus dos capataces y preguntó: «¿Y bien? ¿Cuál es la solución?». Pepe desplegó los nuevos bocetos que había diseñado y trató de explicar con difusas palabras que la falta de lycra era más aguda de lo que había imaginado y que la solución pasaba por un «rediseño de los patrones de confección para un mejor aprovechamiento de la escasa tela con la que contaban». «Pero si es lo que propuse yo», protestó José. «No», respondió Pepe, «tu propuesta tenía la pernera izquierda más larga que la derecha, lo cuál no gusta al cliente, y como puedes ver aquí, en mi modelo, es la pernera derecha la que es más larga». Vicente se llevó la mano a la cabeza y con la mirada baja, se preguntó si no debería despedir a los dos.

«Quizás algún día lo haga», dijo. «Quizás, algún día…»

miércoles, 4 de enero de 2012

Las piruletas de Iñaki



El padre de Iñaki era el tendero del barrio. De entre toda la variedad de productos que exponía en su colmado, había uno que llamaba especialmente la atención, sobre todo a los ojos de los niños que asomaban sus narices por encima del mostrador: un enorme cubo de plástico transparente repleto de piruletas. Iñaki tampoco era inmune a tan dulce reclamo y, pese a que su padre le había dicho «siempre que quieras una, sólo tienes que pedírmela», se le hacía la boca agua cada vez que regresaba de la escuela y pasaba por el lado del tentador cubo.

Una tarde, tras las clases, regresaba con su amigo Eltrepa y al despedirse frente al colmado, éste le dijo: «Oye, Iñaki, ¿te atreverías a meter la mano en el cubo de las piruletas?» Lo cierto era que Iñaki siempre había sido un niño echado para adelante, competitivo en los partidillos de fútbol en el recreo y que gustaba de considerarse valiente. No se paró a pensar en la necesidad que tenía de agarrar unas cuantas piruletas, sino en el desafío que Eltrepa le acababa de proponer. «Pues claro que me atrevo», respondió, «tú distrae a mi padre». Pocos minutos más tarde, los dos niños estaban a la vuelta de la esquina, repartiéndose el botín. Cinco piruletas para Iñaki y tres para Eltrepa, las que le habían entrado en el puño.

Aquella misma tarde, Iñaki estaba en su habitación, intentando justificar lo que había hecho. Su padre le daba una piruleta cada vez que la pedía, por tanto, reunir cinco era tan sólo una cuestión de tiempo. Meter la mano en el cubo sólo había adelantado acontecimientos, no le había dado nada que tarde o temprano no pudiese conseguir. De la misma forma, si en vez de un puño, cogía dos, tampoco supondría una gran diferencia. Incluso, pensó, si proponía a su padre ayudarlo a rellenar el cubo con las cajas que había en el almacén, podría apartar alguna de vez en cuando. Además, argumentó, podría vender parte de esa caja en clase. Total, no se iba a comer una caja entera de piruletas él solo, y así podría sacar algo de dinero que ya no tendría que pedir a su padre. Aunque para eso, decidió, iba a necesitar ayuda para distribuir las piruletas. Tenía que contarle la idea a Eltrepa.