lunes, 12 de julio de 2010

El lado oscuro



Nunca he llegado a entender del todo a la gente que, en algún momento de su vida, decidió pasarse al lado oscuro. Son aquellos que nadan contra corriente, no porque tengan una arraigada creencia en sus valores, sino porque es la forma fácil de sentirse diferente. Es el camino rápido hacia la auto-afirmación.

Son aquellos que se alegran cuando se rompe el coche de Fernando, o que adulteran la humanidad de Pep, o que devalúan la técnica de Rafael, o que consideran que la arrogancia de Jorge frente a la humildad de Daniel le desmerecen para el éxito, o que añoran arrogantes los tiempos de Miguel y afirman que Alberto no es rival para un tal Lance. Son aquellos que siempre tienen un pero en la boca cuando la selección de baloncesto se alza a la cumbre, que celebran más los fracasos ajenos que los triunfos propios, los que reniegan del espacio que ocupan los deportes en televisión ―cabría preguntarse cuándo una crónica política nos ha proporcionado una felicidad comparable, cuándo nos ha proporcionado felicidad alguna―. Son, también, aquellos que no tienen reparos en juzgar ―prejuzgar― a gente que pone lo que tiene para intentar alcanzar un objetivo ―dudar de su integridad y del trabajo de todos los anónimos que tienen detrás, es una gran falta de respeto―. Son, en definitiva, aquellos que no contemplan la felicidad como un estado social deseable sino como un triunfo individual y vanidoso. Una cura temporal para su inseguridad.

Ayer ―domingo, 11 de julio de 2010―, cuando Andrés marcó el gol, épico, el más importante de la historia del deporte de nuestro país, lo grité con el alma, igual que la gente que me rodeaba en aquel momento. Pero enseguida me recompuse. No había acabado, quedaban dos minutos. No fue hasta que pitó el final que respiré tranquilo. Entonces me di cuenta de lo que había pasado. Éramos campeones del mundo. Se dice pronto. ¡Campeones del mundo! Y entonces, algo inesperado me subió desde el estómago, una congoja de irremediable felicidad. Me brotaron las lágrimas y lloré como un niño. Todavía ahora me emociono sólo de pensarlo. No se trataba sólo de fútbol, de deporte. Hay mucho más. Está detrás, sobre la espalda, presiona en la nuca, y lo llevamos todos. Es nuestra historia, con sus tabúes y miradas desviadas, con la bandera secuestrada, con el escudo institucional escondido detrás del logotipo de una bebida alcohólica, con el mito de las dos españas, la identidad nacional y el estatut, la crisis, la caspa, las castañuelas y los lunares, la siesta y los demás tópicos… De repente, nada importaba. Miraba a mi alrededor y sólo veía amigos.

Entre tanta gente, me pregunté quién faltaba, y me acordé de los del lado oscuro. A la gran felicidad que sentía, se le sumó una ola de compasión. Por ellos. Porque habían decidido no asistir a una fiesta a la que estaban invitados. Porque se lo estaban perdiendo. Y hay cosas que nunca se vuelven a repetir.

viernes, 2 de julio de 2010

Cuando Paula me despierta



Paula abre la puerta con cuidado, no hace ruido, se acerca de puntillas y detiene el mundo en un instante de paz absoluta. Luego se deja caer encima de mí, se impulsa y rebota en el colchón, se hinca de rodillas, se pone a horcajadas, me azota, zozobra mi sueño, mientras grita «despierta, despierta, dormilón, que ya es hora. Hace un día espléndido».

Yo me doy la vuelta, despacio. Despego mis legañosos párpados y la oscuridad de la habitación me recibe compañera. «¿Qué hora es?», musito. Pero ella ya se ha incorporado y con desprecio empuja las cortinas: «Que no se interpongan, que se aparten de mi camino. Fuera…».

Fuera, está totalmente nublado y llueve a cántaros. Escucho el constante gorgoteo de las gotas al caer. Parecen golpear los hogares, me las imagino arremetiendo contra los tejados, invadiendo el trance soporífero del despertar. La débil luz del sol que entra por la ventana es suficiente como para herir mis hinchados párpados.

Paula vuelve sobre la cama, salta, bota, me da patadas en el culo y continua hablando. «Desayunaremos e iremos a pasear. Hoy vamos a hacer un montón de cosas». Me muerde por detrás de las rodillas. «Incorpórate». Me empuja desde los hombros. «Tienes que hacer estiramientos. Tus músculos se relajan demasiado mientras dormitas». Se pone de pie, agarra mis muñecas y las estira hacia arriba. Crujen mis huesos. Siento el frío de fuera.

«Está lloviendo», me quejo. «No pienso ir a ningún lado». Me escurro de ella, regreso al colchón y con un gesto perezoso recuperó la sábana y me oculto bajo ella. Cierro los ojos para que nadie pueda verme.

Ella se resiste a rendirse. Vuelve a rebotar, me zarandea. «Despierta. Despierta. Hay muchas cosas que hacer».

Algo murmuro. Un siseo débil e ininteligible que apenas llegas más allá de mis labios. Ya no estoy con ella. Regreso al onírico mundo, al abrazo de Morfeo, a la levedad. A la morfina del sueño.

Paula abre la ventana, deja que que el aire arrastre las frías gotas al interior de la habitación. Fuera, el cielo es de un oscuro azul. Truenos retumban. «Es tan hermoso», dice. «Te lo vas a perder».

«No te duermas».

Pero para mí, es demasiado tarde.

«Por favor, no te duermas».