miércoles, 13 de abril de 2011

Tecnologías de la Desinformación



Antón Pirulero llevaba varias horas conduciendo cuando por fin llegó a casa. Era ya de madrugada y al día siguiente se levantaba temprano para ir al trabajo. Había invertido todo el fin de semana en asistir a una comunión del hijo de un pariente lejano, el mismo domingo que se disputaba la final de la Champions. ¿Cómo se permitía que nadie celebrase cualquier tipo de evento en un día tan señalado? Afortunadamente, lo tenía todo previsto. Había programado su estupendo dispositivo de almacenamiento multimedia para grabar el partido. Sin embargo, era tarde y se le cerraban los ojos, no podría verlo hasta regresar del trabajo al día siguiente, por lo que le quedaba la tarea más difícil: permanecer desinformado y conseguir salvar una jornada laboral sin enterarse de quién había ganado.

Ya había tomado las primeras medidas. Nada más abandonar el restaurante, tras la comida, apagó el móvil y no tenía intención de volver a encenderlo hasta que hubiese visto el partido en diferido.

El día siguiente comenzó con el escandaloso timbre de un viejo reloj despertador de manecillas, recuperado para la ocasión, que sustituía a la habitual radio con la que solía amanecer. Nada de noticias. Toda precaución sería poca. De hecho, se había levantado una hora antes de lo normal. Tenía intención de llegar el primero al trabajo y evitar cualquier contacto con los compañeros. El transporte público, descartado. Bastaría una mirada a los rostros de los transeúntes para tener pistas indeseadas. Cogería el coche, se dirigiría directo al parking de la empresa y de allí a su pequeña oficina. Como hombre previsor que era, ya se había encargado de planificarse las tareas de aquel lunes: una montaña de trabajo administrativo y tedioso, una excusa perfecta para permanecer diez horas frente a la pantalla, archivando y sin el más mínimo contacto humano. Para aquella tarea no sería necesario acudir a la web a consultar cualquier información, no fuese el caso de que la página recogiese información sobre el resultado. Por supuesto, nada de comprobar el correo electrónico ni de entrar en las múltiples redes sociales que frecuentaba.

El momento más delicado sería el de la comida. Pero también había pensado en ello. Ya llevaba en la cartera un bocadillo frío. Esperaría hasta las cuatro para comer, momento en el que todos los compañeros ya habrían regresado a sus puestos, y él podría acercarse en una rápida incursión hasta la máquina de café y llevarse un cortado a la mesa para pasar las migas.

Acabada la jornada, debería asegurarse de ser el último en salir, lo cuál sería tedioso debido a la tendencia masiva de realizar horas extra. Él aguantaría firme en su puesto y en cuanto se hiciese el silencio, saldría disparado a recoger el coche del parking y regresar a casita a toda velocidad, donde le esperarían dos cervezas, palomitas y la gran final de la Champions desde su sofá.

Aquel era su plan. Difícil, era consciente de ello, pero se sentía con fuerzas para esquivar a los medios de información durante diez horas. Resuelto, recogió la cartera, se puso la americana y salió de casa. En cuanto abrió la puerta, pudo ver en el suelo un panfleto de propaganda del Pizza Fast. En él, se leía en grandes letras ‘Triste por la derrota de la Champions? Nosotros te ayudamos a olvidarte de ello. Hoy, 50% de descuento en todas nuestras pizzas individuales’.

miércoles, 9 de marzo de 2011

@piador y la #redcoral


A @piador no le gustaban las clases de canto. ¿Para qué necesitaba aprender solfeo? Cantar era cantar y él podía hacerlo mejor que nadie. El problema era que no le dejaban. En el bosque del valle, los pájaros grandes ocupaban las ramas más altas, en las que el sonido se conseguía proyectar hacia todos lados. Cualquier intento por posicionarse en alguna de ellas acababa irremediablemente con una reprimenda y el desalojo inmediato. @piador, como el resto de polluelos, debía contentarse con cantar en el frío suelo, desde donde sus voces no ascendían más allá de unos tristes metros, silenciadas por las frondosas copas de los árboles. ¡Y para colmo debía perder el tiempo en la escuela!

Aquel día de primavera, los mayores piaban desde lo alto y su melodía se extendía por toda la #redcoral que recorría el bosque de rama en rama. @piador, cansado de sentirse ignorado, decidió hacer novillos en clase de canto y se alejó volando hasta los límites del valle, donde descubrió una solitaria carretera, con el firme agrietado y una montaña de viejo material de obra junto a la cuneta. Entre toda aquella chatarra, a @piador le llamó la atención un montón de conos con brillantes franjas blancas y anaranjadas. No tardó en descubrir que cuando piaba desde el agujerito que había en la punta, por el otro extremo, su canto salía amplificado. Enseguida comprendió la utilidad de aquel nuevo artefacto y con gran esfuerzo se las arregló para transportarlo hasta el bosque.

A la mañana siguiente, se levantó temprano para probar su nuevo juguete. Volvió a hacer novillos en la escuela y esperó hasta que los mayores se encontrasen en lo alto, cantando desde sus privilegiadas ramas al unísono. Entonces, llevó su pico hasta la punta del cono y apuntando hacia el cielo, cantó con todas sus fuerzas.

Pocos minutos después, el resto de polluelos, sus compañeros de clase, habían abandonado la escuela y se habían acercado hasta donde se encontraba. También los mayores habían descendido desde las ramas altas para investigar de donde venía aquella joven voz inexperta que cantaba por encima de ellos. @piador estaba rodeado por todos los pájaros del bosque que le miraban curiosos y asombrados. ¡Nunca antes se había sentido mejor! Continuó cantando con todas sus fuerzas sin preocuparse siquiera de fallar alguna nota o de que se le escapase algún gallo. Los mayores negaron con la cabeza y regresaron a sus ramas en las alturas. Sólo algunos de ellos permanecieron abajo, sorprendidos ante las posibilidades que tenía aquel artefacto. Cuando @piador terminó su recital, contestó con gusto a las preguntas de todos los que se habían quedado a escucharlo. ¡Cómo le gustaba la fama que acababa de conseguir! ¡Y qué bien que durmió aquella noche!

Al día siguiente se permitió el lujo de levantarse algo más tarde. Tranquilamente, pasó de largo la escuela y se dirigió hacia su cono mientras calentaba la voz y se imaginaba los grandes días de gloria que estaban por llegar. ¡Iba a ser el mejor cantante de la historia! Una vez junto al cono, esperó de nuevo paciente a que los mayores iniciasen su recital desde las alturas. Cuando así ocurrió, volvió a meter su pequeño pico en el extremo del cono y cantó con todas sus fuerzas.

Su voz, amplificada por el cono, ascendió a través de las copas de los árboles y se unió a la armónica melodía de los mayores. Pero de pronto, una nueva voz inexperta se unió al coro. Y otra más. Y otra. @piador vio como en un momento, cientos de voces se unían al canto, una por encima de la otra, todas pisándose mutuamente, luchando por destacar, cada vez más fuerte, convirtiendo lo que instantes antes había sido una compacta música en una horrible cacofonía.

Los mayores bajaron de nuevo desde las ramas altas y se situaron junto a @piador. Mientras lo miraban con reprobación, se acercó volando el profesor de la escuela de canto. Todos sus alumnos habían faltado a clase, explicó. Los pequeños polluelos se habían acercado hasta la carretera y cada uno de ellos se había hecho con su propio cono. Ahora, todos cantaban a su aire, desde el suelo, sin orden ni ritmo alguno, y gracias a los conos, sus voces retumbaban por todo el valle y convertían la #redcoral en una #marañacoral.

Desconcertados, los mayores no regresaron a las ramas altas. Ya no tenía sentido. El pequeño ecosistema de aquel tranquilo bosque del valle había cambiado para siempre.

Notas de producción

El anterior texto surge de plantearme los usos y abusos que en mi limitada experiencia he encontrado en la red de Twitter. Desde mi humilde opinión, ha quedado probada su utilidad en casos tan conocidos como la reciente revolución en Egipto o el terrible terremoto de Haití del pasado año. Pero cuando me dispongo a realizar una búsqueda de un tema que me interesa a través de sus posibles hashtags, me encuentro irremediablemente con un altísimo porcentaje de información repetida o que no aporta nada, lo que me lleva a a plantearme preguntas del tipo: ¿Compensa el poco espacio que ocupa la información útil con la inmensidad que desaprovecha la que es inútil? ¿Hasta dónde es legítima la libertad de exposición que nos proporciona este nuevo tipo de comunicación y cuál es su precio? En todas las hipotéticas respuestas que se me ocurren, siempre aparece la palabra ‘responsable’.

jueves, 3 de febrero de 2011

El pirata Sind y los gamusinos



El pirata Sind se sonrió. Mientras oteaba la línea del horizonte desde la proa de su bergantín, revivió el abordaje del galeón de la Compañía. Había sido una gran operación y regresaba con la bodega repleta de gamusinos.

A la gente le gustaban los gamusinos, sobre todo a la hora del té, pero la Compañía contaba con el monopolio de su distribución. Era la Compañía la que se encargaba de comprar la producción de gamusinos a los granjeros locales, por una miseria, para luego transportarlos hasta las islas cercanas, donde los metían, uno por uno, en una bonita caja con un lazo. Después, regresaban con el gamusino empaquetado y se lo vendían a la gente a precios elevados. Era durante el trayecto de ida cuando el pirata Sind aprovechaba para asaltar las embarcaciones y hacerse con el botín. Gamusinos frescos que devolvía a la gente a precios más razonables, sin cajas, lazos ni aspavientos. Sólo gamusinos.

«Al pueblo, lo que es del pueblo», se dijo desde la proa, y agrandó su torcida sonrisa a la vista de tierra en la línea del mar. Por supuesto, lo hacía por el dinero, pero gustaba de considerarse un justiciero popular.

Una vez hubo atracado en la bahía, se descolgó hasta el pequeño bote y se acercó hasta la orilla, donde montó el improvisado tenderete. Nunca bajaba los gamusinos a tierra, la gente que se acercaba a por ellos realizaba su pedido desde la playa. Luego, el pirata Sind se acercaba hasta su bergantín con el bote y regresaba con el pedido. Un proceso algo tedioso para los clientes que esperaban en la arena. Era el pequeño inconveniente a pagar por sus reducidos precios. Al tratarse de una actividad ilegal, tenía que estar preparado para recoger con rapidez y trasladarse a una nueva bahía antes de ser atrapado. Aunque tenía margen de maniobra, la Compañía solía tardar bastante en rastrear desde dónde se estaban distribuyendo los gamusinos robados y, para cuando lo hacían, ya solía haber vaciado la bodega.

Sin embargo, aquel día, nadie se acercó hasta la playa y, tras largas horas de espera, el pirata Sind decidió dejarse caer por el pueblo para descubrir el motivo. No tardó en encontrar a toda la gente reunida en la plaza, departiendo alegremente, cantando, o simplemente tomando un té en las mesas dispuestas para la ocasión. Todos llevaban un gamusino en la mano.

—¿Qué ocurre aquí? —Preguntó el pirata Sind a Ramón, un chupatintas de la Compañía que curiosamente era uno de sus mejores clientes. Llevaba cinco gamusinos en una bolsa.

—¿No te has enterado? —Le indicó—. Los granjeros se han unido a una nueva iniciativa, han formado una cooperativa y ahora venden sus gamusinos directamente al pueblo. ¡Por una cuota mensual! ¿Te lo puedes creer? A granel, sin cajas, sin intermediarios. ¡Sólo gamusinos! Justo lo que la gente quiere.

—¿Y de cuánto es esa cuota? —Quiso saber el pirata.

Ramón, el chupatintas, se lo dijo.

—Pero eso es algo más caro que mi precio —dijo el pirata balbuceando. Era cierto, el precio era muy barato si lo comparaba con las cajas enlazadas que vendía la Compañía pero, aún así, superior al suyo. No entendía por qué nadie había acudido a la playa.

El chupatintas pareció darse cuenta de la decepción del pirata.

—Así no me tengo que preocupar en bajar a buscarlo a la bahía y esperar a que lo descargues del barco —dijo con cierto tono consolador—, me lo traen a casa. Además, si se me gasta durante el mes, me dan otro. Me aseguro de tener siempre un gamusino disponible.

El pirata Sind entendió que aquello representaba el fin de su negocio. Con aquella nueva forma de comercio no iba a poder competir, los granjeros por fin se habían dado cuenta de que las cosas podían hacerse de otra manera. Desplegó su torcida sonrisa al darse cuenta de que aquello también iba a suponer el fin del monopolio de la Compañía y silbando la canción del grumete feliz se acercó hasta el centro de la plaza a pagar por su gamusino.


martes, 11 de enero de 2011

Gran Hipocresía del Centro Nacrobiótico Nacional




Marta y sus amigas eran aún adolescentes cuando inauguraron la hamburguesería. Esa tarde, algunas de ellas se maquillaron y pusieron tacones por primera vez. Acudieron emocionadas a la inauguración junto con más de la mitad del pueblo y vieron encenderse el cartel luminoso amarillo y rojo que aún a día de hoy no ha dejado de parpadear. Hoy, que Marta ya es mamá, sigue quedando con algunas de sus amigas cada domingo por la tarde en la misma mesa en la que se sentaron aquel primer día. Los cotilleos, los coqueteos con los chicos de la mesa de al lado, su primer beso y el de muchos... Multitud de recuerdos han quedado ligados a ese local.

A pesar del aluvión de críticas recibidas, el negocio sigue dando beneficios. Son muchos sus detractores, pero quien más o quien menos ha pasado por allí "sólo una vez", "al principio sí pero ahora nunca", "simplemente porque a fulanito le gusta y yo le acompaño" o "por curiosidad, para saber qué tal es".

La apertura del Centro Nacrobiótico tuvo en cambio una crítica inmejorable, aunque con mucho menos bombo. Algunas de las amigas de Marta alabaron todas sus bondades rápidamente. Ya hacía tiempo que se sentían avergonzadas de tantas tardes en el fast-food y no se cortaron en pregonar a los cuatro vientos que eran fieles clientes del nuevo local, pese a que, discretamente, seguían citándose cada domingo en la mesa de siempre. Pertenecían a ese 50% de ciudadanos que afirmaba comprar en Nacrobiotic con regularidad y al 90% que lo situaba como su opción favorita al salir a comer fuera de casa.

Cuando Nacrobiotic cerró y fue sustituido por un servicio 24h de comida rápida, el pueblo entero se indignó. "Parece mentira, qué vergüenza, qué gentuza, no sé quién lo habrá decidido", comentaban mientras untaban una patata en ketchup.