lunes, 5 de abril de 2010

La Camisaacuadros roja




«Ve directo a casa de la señora Granny. La pobre mujer es vieja y nunca se sabe cuándo puede necesitar que le echen una mano. Y, sobre todo, no te entretengas en el bosque», le había dicho su enorme padre. «Por supuesto», contestó él antes de partir con su camisa a cuadros roja abrochada hasta el medio pecho y con su desgastada hacha echada a un hombro.
Tomó el camino de siempre, el que bordea el bosque y alarga la distancia, que no el tiempo, y al poco, se topó con el lobo que, corriendo como venía, se paró en seco e, intrigado, le preguntó «¿a dónde vas con paso tan resuelto?», a lo que él respondió «a ver cómo sigue la vieja señora Granny».

No notó los sudores que le venían al lobo, ya que con tanto pelo no eran visibles, pero sí debió apreciar el temblor y la falta de fuelle en su voz al decir «¿por qué no atajas por el bosque? Seguro que llegas antes hasta la casa de la vieja Granny quien, por cierto, creo que está pasando un invierno horrible con este frío». El lobo hizo una calculada pausa dramática antes de proseguir «y sin nadie que le encienda la chimenea». «Tienes razón», contestó él y reemprendió la marcha por el medio del bosque.

Poco más adelante, descubrió un hermoso tronco que parecía gritar «tálame». «De aquí sacaré unas magníficas astillas para la vieja», se dijo, sin reparar en que desoía los sabios consejos de su padre, el leñador jefe. Tomó el mango de su chizona, como había bautizado a su hacha, y de ciento veintitrés golpes certeros derribó el árbol. Después remangó los cuadros rojos de sus mangas y, con dedicación profesional, redujo el tronco caído a prácticas cuñas que amontonó en un saco y se echó a la espalda antes de continuar su camino.

Al llegar a la casa, llamó un par de veces en la puerta y entró. «Esta vieja siempre deja la puerta abierta, un día va a ocurrir una desgracia», se dijo en voz baja y «señora Granny, le traigo astillas para la chimenea» a grito pelado. Como respuesta, sólo obtuvo un profundo eructo que provenía de la habitación. Se acercó extrañado y allí, sobre la cama, espanzurrado bajo una profusa barriga, el lobo relamía un tierno fémur. En el suelo, sobre la colcha y en las paredes por doquier, abundantes manchas de sangre escurrían. Hasta una de las esquinas, habían rodado las cabezas de la vieja Granny y de su nieta, todavía dentro de una caperuza roja con la que solía protegerse de la fría brisa invernal. Al pie de la cama se amontonaban vísceras y órganos varios, en torno a los que las moscas habían comenzado a darse cita. No pudo evitar una nausea y una cara de asco, en la cual, por fin, el lobo reparó. «Llegas tarde, leñador», dijo con evidente mofa y, tras una carcajada, quebró el fémur de la niña y lo usó de mondadientes.