
lunes, 20 de diciembre de 2010
Homeleaks

domingo, 5 de diciembre de 2010
Su prejuicio, gracias.

lunes, 12 de julio de 2010
El lado oscuro

Son aquellos que se alegran cuando se rompe el coche de Fernando, o que adulteran la humanidad de Pep, o que devalúan la técnica de Rafael, o que consideran que la arrogancia de Jorge frente a la humildad de Daniel le desmerecen para el éxito, o que añoran arrogantes los tiempos de Miguel y afirman que Alberto no es rival para un tal Lance. Son aquellos que siempre tienen un pero en la boca cuando la selección de baloncesto se alza a la cumbre, que celebran más los fracasos ajenos que los triunfos propios, los que reniegan del espacio que ocupan los deportes en televisión ―cabría preguntarse cuándo una crónica política nos ha proporcionado una felicidad comparable, cuándo nos ha proporcionado felicidad alguna―. Son, también, aquellos que no tienen reparos en juzgar ―prejuzgar― a gente que pone lo que tiene para intentar alcanzar un objetivo ―dudar de su integridad y del trabajo de todos los anónimos que tienen detrás, es una gran falta de respeto―. Son, en definitiva, aquellos que no contemplan la felicidad como un estado social deseable sino como un triunfo individual y vanidoso. Una cura temporal para su inseguridad.
Ayer ―domingo, 11 de julio de 2010―, cuando Andrés marcó el gol, épico, el más importante de la historia del deporte de nuestro país, lo grité con el alma, igual que la gente que me rodeaba en aquel momento. Pero enseguida me recompuse. No había acabado, quedaban dos minutos. No fue hasta que pitó el final que respiré tranquilo. Entonces me di cuenta de lo que había pasado. Éramos campeones del mundo. Se dice pronto. ¡Campeones del mundo! Y entonces, algo inesperado me subió desde el estómago, una congoja de irremediable felicidad. Me brotaron las lágrimas y lloré como un niño. Todavía ahora me emociono sólo de pensarlo. No se trataba sólo de fútbol, de deporte. Hay mucho más. Está detrás, sobre la espalda, presiona en la nuca, y lo llevamos todos. Es nuestra historia, con sus tabúes y miradas desviadas, con la bandera secuestrada, con el escudo institucional escondido detrás del logotipo de una bebida alcohólica, con el mito de las dos españas, la identidad nacional y el estatut, la crisis, la caspa, las castañuelas y los lunares, la siesta y los demás tópicos… De repente, nada importaba. Miraba a mi alrededor y sólo veía amigos.
Entre tanta gente, me pregunté quién faltaba, y me acordé de los del lado oscuro. A la gran felicidad que sentía, se le sumó una ola de compasión. Por ellos. Porque habían decidido no asistir a una fiesta a la que estaban invitados. Porque se lo estaban perdiendo. Y hay cosas que nunca se vuelven a repetir.
viernes, 2 de julio de 2010
Cuando Paula me despierta

Yo me doy la vuelta, despacio. Despego mis legañosos párpados y la oscuridad de la habitación me recibe compañera. «¿Qué hora es?», musito. Pero ella ya se ha incorporado y con desprecio empuja las cortinas: «Que no se interpongan, que se aparten de mi camino. Fuera…».
Fuera, está totalmente nublado y llueve a cántaros. Escucho el constante gorgoteo de las gotas al caer. Parecen golpear los hogares, me las imagino arremetiendo contra los tejados, invadiendo el trance soporífero del despertar. La débil luz del sol que entra por la ventana es suficiente como para herir mis hinchados párpados.
Paula vuelve sobre la cama, salta, bota, me da patadas en el culo y continua hablando. «Desayunaremos e iremos a pasear. Hoy vamos a hacer un montón de cosas». Me muerde por detrás de las rodillas. «Incorpórate». Me empuja desde los hombros. «Tienes que hacer estiramientos. Tus músculos se relajan demasiado mientras dormitas». Se pone de pie, agarra mis muñecas y las estira hacia arriba. Crujen mis huesos. Siento el frío de fuera.
«Está lloviendo», me quejo. «No pienso ir a ningún lado». Me escurro de ella, regreso al colchón y con un gesto perezoso recuperó la sábana y me oculto bajo ella. Cierro los ojos para que nadie pueda verme.
Ella se resiste a rendirse. Vuelve a rebotar, me zarandea. «Despierta. Despierta. Hay muchas cosas que hacer».
Algo murmuro. Un siseo débil e ininteligible que apenas llegas más allá de mis labios. Ya no estoy con ella. Regreso al onírico mundo, al abrazo de Morfeo, a la levedad. A la morfina del sueño.
Paula abre la ventana, deja que que el aire arrastre las frías gotas al interior de la habitación. Fuera, el cielo es de un oscuro azul. Truenos retumban. «Es tan hermoso», dice. «Te lo vas a perder».
«No te duermas».
Pero para mí, es demasiado tarde.
«Por favor, no te duermas».
domingo, 16 de mayo de 2010
Taza y tetera

lunes, 3 de mayo de 2010
Semáforo en verde

El semáforo cambió. Se puso verde, sin que ello conllevase cambio alguno para el resto de gente que pasaba por allí. Alguno volvió la mirada extrañado de ver a alguien tan quieto, que no pasaba ni siquiera cuando no estaba en rojo, pero fueron los menos y acto seguido volvieron a sus asuntos: Caminar deprisa y mirar de no atropellar algún excremento del suelo.
Así pasó un ciclo, pero al observar que nada de interés había ocurrido por desaprovechar su oportunidad de paso, se dijo: ¿Por qué no esperar de nuevo? Total, no iba a ningún sitio importante.
El segundo ciclo del semáforo no supuso nada nuevo, por lo que decidió esperar un tercero, un cuarto, un quinto… Hasta que perdió la cuenta.
La gente que varias horas atrás había cruzado por allí, quizá en dirección al trabajo, ahora volvía en sentido contrario. Seguían sin respetar la señal y cruzaban si más cuidado que constatar que ningún loco del volante se acercaba a imprudente velocidad, pero al reparar en el extraño que estaba plantado al pie de la calzada recordaban haberlo visto en el mismo sitio cuando ellos iban. Ahora que volvían y que una parte del día de una parte del año de una parte de sus vidas había pasado, probablemente con la misma trascendencia con la que lo había hecho para el sujeto que ni se había movido de allí, pese a las sucesivas oportunidades que el semáforo le había dado, no podían evitar preguntarse por el sentido de aquello. Los más extrovertidos se acercaban y preguntaban: ¿Se encuentra usted bien? ¿Quiere que le ayude a cruzar? Pero la respuesta era siempre la misma: No ocurre nada, estoy bien, sólo espero a ver qué pasa.
Y parecía que no pasaba nada. Pero después de tantas horas a la espera, después de lo invertido en aquella pregunta estúpida: ¿Cómo dejarlo ya? ¿Y si ocurría algo ahora, precisamente un ciclo después de haber dejado de esperar?
No, no podía abandonar. Esperaría allí a ver qué ocurría. Aunque su tiempo se fuese en ello.

lunes, 5 de abril de 2010
La Camisaacuadros roja

«Ve directo a casa de la señora Granny. La pobre mujer es vieja y nunca se sabe cuándo puede necesitar que le echen una mano. Y, sobre todo, no te entretengas en el bosque», le había dicho su enorme padre. «Por supuesto», contestó él antes de partir con su camisa a cuadros roja abrochada hasta el medio pecho y con su desgastada hacha echada a un hombro.
Tomó el camino de siempre, el que bordea el bosque y alarga la distancia, que no el tiempo, y al poco, se topó con el lobo que, corriendo como venía, se paró en seco e, intrigado, le preguntó «¿a dónde vas con paso tan resuelto?», a lo que él respondió «a ver cómo sigue la vieja señora Granny».
No notó los sudores que le venían al lobo, ya que con tanto pelo no eran visibles, pero sí debió apreciar el temblor y la falta de fuelle en su voz al decir «¿por qué no atajas por el bosque? Seguro que llegas antes hasta la casa de la vieja Granny quien, por cierto, creo que está pasando un invierno horrible con este frío». El lobo hizo una calculada pausa dramática antes de proseguir «y sin nadie que le encienda la chimenea». «Tienes razón», contestó él y reemprendió la marcha por el medio del bosque.
Poco más adelante, descubrió un hermoso tronco que parecía gritar «tálame». «De aquí sacaré unas magníficas astillas para la vieja», se dijo, sin reparar en que desoía los sabios consejos de su padre, el leñador jefe. Tomó el mango de su chizona, como había bautizado a su hacha, y de ciento veintitrés golpes certeros derribó el árbol. Después remangó los cuadros rojos de sus mangas y, con dedicación profesional, redujo el tronco caído a prácticas cuñas que amontonó en un saco y se echó a la espalda antes de continuar su camino.
Al llegar a la casa, llamó un par de veces en la puerta y entró. «Esta vieja siempre deja la puerta abierta, un día va a ocurrir una desgracia», se dijo en voz baja y «señora Granny, le traigo astillas para la chimenea» a grito pelado. Como respuesta, sólo obtuvo un profundo eructo que provenía de la habitación. Se acercó extrañado y allí, sobre la cama, espanzurrado bajo una profusa barriga, el lobo relamía un tierno fémur. En el suelo, sobre la colcha y en las paredes por doquier, abundantes manchas de sangre escurrían. Hasta una de las esquinas, habían rodado las cabezas de la vieja Granny y de su nieta, todavía dentro de una caperuza roja con la que solía protegerse de la fría brisa invernal. Al pie de la cama se amontonaban vísceras y órganos varios, en torno a los que las moscas habían comenzado a darse cita. No pudo evitar una nausea y una cara de asco, en la cual, por fin, el lobo reparó. «Llegas tarde, leñador», dijo con evidente mofa y, tras una carcajada, quebró el fémur de la niña y lo usó de mondadientes.
lunes, 8 de marzo de 2010
Besos robados

Fue jugando al escondite cuando él coincidió con ella pelirroja en aquel estrecho hueco. Pudo sentir el calor de su piel y la frescura de su aliento. Y esos labios tan cerca y a la vez tan lejos. Resultó la tentación de besarlos por primera vez, tan grande y tan hiriente que se prometió a sí mismo que nunca más dejaría pasar una oportunidad.
Era entonces un niño inexperto. Con el paso del tiempo se convirtió en todo un diestro. Un ladrón de besos de guante blanco.
Había evolucionado su propio método, que dividía en tres fases.
El acercamiento: Progresivo. Paciente. Era fundamental que el objetivo no tomase su presencia como una amenaza. Aparecía en su entorno, se mezclaba con él y esperaba a que dejase de verle como un extraño. Era la fase más laboriosa.
El robo: Rápido. Preciso. Si se había ganado la confianza del objetivo, ya no resultaría difícil esperar al momento adecuado en el que sus dos cuerpos se situasen a la reducida distancia necesaria. Cuando se encontraba en rango y enfilado, él lanzaba su ataque por sorpresa. Directo hacia su boca. Exigía de puntería y de voluntad para obedecer la única y más importante de las reglas que se había impuesto: No detenerse en sus labios más que un instante.
El alejamiento: Delicado. Humilde. Si había cumplido con pulcritud el proceso, era capaz de disculparse por la falta de control de su impulso y hacer creer al objetivo que había sido causa de la irresistible belleza que desprendía. Era totalmente imprescindible quedar bien para que el robo no fuese considerado un burdo atraco por la fuerza.
Después de cada golpe, guardaba su rutina, esperaba a que todo se calmase y desaparecía sin dejar rastro.
Había, así, reunido su extenso botín. Guardaba con mimo en la memoria su larga lista de preciados trofeos, una vasta sucesión de besos robados al más dispar repertorio de mujeres.
Hasta que en su camino volvió a cruzarse ella pelirroja. Su premio más ansiado.
Aquella vez no hizo falta ningún juego infantil. Desplegó todo su encanto y en tres cafés y dos citas ella pelirroja se expuso.
Fue la primera vez que se saltó su propia norma y, orgulloso de su triunfo, quiso saborear el placer del éxito. Volvió a sentir la delicia de su aliento y en un exceso de confianza se detuvo en sus labios.
En esta ocasión, fue ella pelirroja la que, tras devolverle el beso unos segundos, se retiró de él, sin dar opción a excusas o disculpas. Él trató de improvisar la retirada, pero era tarde, había perdido la iniciativa y estaba rodeado.
Todo ladrón sabe que le atraparán. Sólo es cuestión de tiempo.
A ella pelirroja le bastó dejarse robar un beso para robar, a cambio, un corazón. Ahora disfruta de su reducida pero selecta colección de órganos mutilados.
Él ve pasar el lento tiempo desde la cárcel de su soledad. No guarda ningún rencor a ella pelirroja, sabedor de que quien roba a un ladrón…
jueves, 11 de febrero de 2010
Descanse en paz

Mariano, con expresión confusa, tartamudeó un par de veces antes de conseguir articular palabra. «Pero cómo me voy a morir, si estoy aquí». Su mujer, tras un suspiro de hastío, replicó: «Mariano, tú con tal de llevarme la contraria eres capaz de todo hasta en estos momentos de dolor. Ay, qué descansada se quedó tu madre cuando te casaste. Como me voy a quedar yo cuando te enterremos. Venga, que vamos a llegar tarde a tu misa».
Mariano, visiblemente irritado, grito: «¿Pero qué misa? Si yo no quiero ver un cura a menos de dos kilómetros. Además, que estoy vivo, coño, ¿es que no me ves? Si estuviese muerto me habría dado cuenta». Su mujer, cansada de discutir, sentenció: «Anda, calla la boca, que no dices más que tonterías. Si no te has dado cuenta es precisamente porque estás muerto. Y de la misa no te permito que me lo eches en cara, que ya sabes que yo soy muy creyente en estos temas y me he gastado nuestros ahorros en el funeral. Además, cuando vaya yo para el cielo, que Dios me espere muchos años, te quiero allí quieto conmigo. Y ahora arrea, que estarán todos tus amigotes ya en la iglesia».
Mariano, fuera de sí, accedió a ir a la iglesia para aclarar todo el malentendido. Cuando entró por la puerta, pudo ver al fondo su ataúd, expuesto y a la espera de que se metiese en él. A lo largo del pasillo, todos sus familiares y amigos salían a despedirse a medida que avanzaba hacia el altar. «Cuánto lo siento, Mariano, siempre te tuve en gran estima». «Te echaremos de menos, amigo». «¿Por qué te habrá llamado Dios tan pronto? ¿Por qué?». «Ay, Mariano. Con lo que tú has sido». «No somos nada». A lo que, Mariano, sin acabar de creérselo, dijo en voz alta: «¿Os habéis puesto todos de acuerdo?». Y su mujer, que no se separaba de su lado, replicó entre sollozos: «No seas tan maleducado. ¿No ves lo que todo el mundo te quería?» Uno de sus amigos más cercanos, le puso una mano en el hombro y le consoló: «Qué cabezón has sido siempre, Mariano. Ni a tu propia muerte haces caso».
Tras el altar, el cura dio comienzo a la misa, con un Mariano estupefacto que balbuceaba de forma entrecortada: «Pero si estoy aquí». «Efectivamente ―continuó el cura―, Mariano sigue aquí. Entre nosotros. Y siempre lo estará. Lo guardaremos en el corazón como esa maravillosa persona que ha sido. Un poco incrédula, todo sea dicho, pero buena gente al fin y al cabo. Además, quién somos nosotros para juzgar la carencia de fe de nadie. Esa tarea sólo le corresponde a Dios, con quien Mariano va a reunirse en breves momentos».
La comitiva abandonó la iglesia en procesión. Los hombres más fornidos portaron el ataúd sobre los hombros y Mariano, los siguió, junto a su esposa, con la mirada perdida y sin entender absolutamente nada. Cuando llegaron al cementerio, sus más allegados le cogieron suavemente de los brazos y le invitaron a entrar en el féretro. «Vas a un lugar mejor». «Polvo al polvo». Mariano, ido, se dejó llevar, a la espera de que alguien o algo pusiera fin a aquella farsa. Se metió en el ataúd y vio cómo la luz se desvanecía a medida que la tapa se cerraba.
Los sepultureros bajaron la caja al agujero mientras el cura pronunciaba unas últimas palabras. «Querido Mariano, ya estás en el cielo. Descanse en paz». La viuda se enjugó las lágrimas y suspiró de tristeza.
miércoles, 6 de enero de 2010
Donde van los paraguas olvidados

Míster Umbrella quedó allí solo, en medio de la oscuridad, dentro en un viejo paragüero. Las luces se apagaron y los empleados abandonaron el centro comercial. Fueron largas horas con la única compañía de los lejanos pasos del guarda que rebotaban en los arcos del atrio y el eventual zumbido de la máquina de café.
Fue a la mañana siguiente cuando una simpática empleada lo recogió y lo depositó en una caja de cartón rotulada como 'objetos perdidos'. Allí compartió espacio con varios juegos de llaves, un bloc de notas, una pila gastada, dos teléfonos móviles y un guante de colores de la mano izquierda. Durante dos semanas.
Pasado ese tiempo, la simpática empleada regresó y se lo llevó consigo, a un confortable armario surtido de chaquetas, vestidos, toreras y trapitos, en el que descansó entre vapores de alcanfor hasta la siguiente lluvia de abril.
Vientos del noroeste, de suaves a moderados, nuboso o muy nuboso, con probabilidades de chubascos ocasionales que tenderán a desaparecer a lo largo de la jornada. Míster Umbrella recobra su protagonismo y vuelve a abrir sus estilosas varillas en un despliegue de su estampada tela impermeable. Siempre sujeto por la delicada mano de la simpática empleada.
Una tarde maravillosa, de tienda en tienda, que finaliza en una cafetería del centro junto a otro montón de paraguas que llegan y van. Llegan y van.
Hasta que Míster Umbrella queda allí solo, en medio de la oscuridad, dentro de un práctico paragüero. Las luces se apagan y los camareros abandonan la cafetería.