
Fue jugando al escondite cuando él coincidió con ella pelirroja en aquel estrecho hueco. Pudo sentir el calor de su piel y la frescura de su aliento. Y esos labios tan cerca y a la vez tan lejos. Resultó la tentación de besarlos por primera vez, tan grande y tan hiriente que se prometió a sí mismo que nunca más dejaría pasar una oportunidad.
Era entonces un niño inexperto. Con el paso del tiempo se convirtió en todo un diestro. Un ladrón de besos de guante blanco.
Había evolucionado su propio método, que dividía en tres fases.
El acercamiento: Progresivo. Paciente. Era fundamental que el objetivo no tomase su presencia como una amenaza. Aparecía en su entorno, se mezclaba con él y esperaba a que dejase de verle como un extraño. Era la fase más laboriosa.
El robo: Rápido. Preciso. Si se había ganado la confianza del objetivo, ya no resultaría difícil esperar al momento adecuado en el que sus dos cuerpos se situasen a la reducida distancia necesaria. Cuando se encontraba en rango y enfilado, él lanzaba su ataque por sorpresa. Directo hacia su boca. Exigía de puntería y de voluntad para obedecer la única y más importante de las reglas que se había impuesto: No detenerse en sus labios más que un instante.
El alejamiento: Delicado. Humilde. Si había cumplido con pulcritud el proceso, era capaz de disculparse por la falta de control de su impulso y hacer creer al objetivo que había sido causa de la irresistible belleza que desprendía. Era totalmente imprescindible quedar bien para que el robo no fuese considerado un burdo atraco por la fuerza.
Después de cada golpe, guardaba su rutina, esperaba a que todo se calmase y desaparecía sin dejar rastro.
Había, así, reunido su extenso botín. Guardaba con mimo en la memoria su larga lista de preciados trofeos, una vasta sucesión de besos robados al más dispar repertorio de mujeres.
Hasta que en su camino volvió a cruzarse ella pelirroja. Su premio más ansiado.
Aquella vez no hizo falta ningún juego infantil. Desplegó todo su encanto y en tres cafés y dos citas ella pelirroja se expuso.
Fue la primera vez que se saltó su propia norma y, orgulloso de su triunfo, quiso saborear el placer del éxito. Volvió a sentir la delicia de su aliento y en un exceso de confianza se detuvo en sus labios.
En esta ocasión, fue ella pelirroja la que, tras devolverle el beso unos segundos, se retiró de él, sin dar opción a excusas o disculpas. Él trató de improvisar la retirada, pero era tarde, había perdido la iniciativa y estaba rodeado.
Todo ladrón sabe que le atraparán. Sólo es cuestión de tiempo.
A ella pelirroja le bastó dejarse robar un beso para robar, a cambio, un corazón. Ahora disfruta de su reducida pero selecta colección de órganos mutilados.
Él ve pasar el lento tiempo desde la cárcel de su soledad. No guarda ningún rencor a ella pelirroja, sabedor de que quien roba a un ladrón…
De la media docena que he leido tuyos, creo que hasta ahora ha sido el que más me ha gustado. Muy bien construido y un final coherente a esa buena construcción.
ResponderEliminarPor cierto, mírate esta página y hazme la competencia, busca en la sección de concursos de micro-relatos:
www.artgerust.com
Saludos
Gracias Wambas, por tu comentario y por la info. Le echaré un vistazo esta misma tarde.
ResponderEliminar¡Me ha encantado! ¡Es una monada! Ya sé que el comentario suena cursi, pero es pertinente...
ResponderEliminarElla pelirroja.
ResponderEliminarEso es un golpe maestro.
Y el final, otro.
(Tu blog, un descubrimiento. Pásate por el nuestro: lakarcomablog)
Gracias, Marieta, por tus comentarios.
ResponderEliminarYa conozco vuestro blog (La karcoma) y me paso de vez en cuando.