domingo, 27 de diciembre de 2009

¿Existir? Sí, por favor.



Suena la sintonía y arranca una nueva edición de «La ciencia al alcance del encefalograma plano», el nuevo reality show de éxito del canal doce. El programa tiene como telón de fondo las teorías científicas más relevantes del último milenio, simplificadas en lo posible para llegar al público de masas y sazonadas con un buen montón de silicona y melodías pegadizas para deglutirlas con mayor facilidad. Hoy le ha tocado el turno al poco afortunado experimento mental de El Gato de Schrödinger, con el que Erwin ídem pretendió ilustrar la superposición cuántica, propiedad física de la mecánica ídem.

En dicho experimento, Erwin Schrödinger nos planteaba crear un sistema cerrado en el interior de una caja. En ella colocamos una partícula radioactiva que tiene un 50% de posibilidades de desintegrarse, un frasco con un gas venenoso, un dispositivo que detecta la suerte de la partícula y, por supuesto, un gato. Si la partícula se desintegra, el dispositivo romperá el frasco y el gas liberado matará al gato. Puesto que todo el sistema depende del comportamiento de una sola partícula que se rige por las leyes de la mecánica cuántica, el destino del gato dependerá también de ella, por lo que se podrá concluir que, una vez iniciado el experimento, el gato estará en un estado de superposición cuántica en el que está vivo y muerto a la vez, sin que podamos definirlo con seguridad. No es hasta que abrimos la caja y comprobamos su estado, que nuestra conciencia determina si está vivo o muerto.

En el programa han adaptado un poco el sistema, han sustituido la partícula radioactiva por un fotón que puede tomar dos caminos diferentes. Si toma el camino B no pasará nada, pero si toma el camino A un dispositivo dejará caer un martillo que romperá el frasco con gas venenoso. Una morena maciza coloca el gatito en la caja, la cierra y, tras una música de misterio, acciona el mecanismo que dispara el fotón.

El público se queda en silencio, se bajan las luces y se prolonga el suspense. El presentador pone su cara de póker y, con el tonillo de voz que le ha hecho tan famoso, dice: «Y el gato está...». Suena un redoble, la morena maciza abre la caja y la muestra al público. «...¡Muertooooo!». Se encienden las luces y un asistente muestra el cartel al público, el cual, obediente, aplaude.

Sin cuestionar la probada certeza de las leyes cuánticas, Erwin Schrödinger tuvo la poca consideración de no considerar a la conciencia del infortunado gato lo suficientemente 'consciente' como para determinar su propio estado. Por eso, en «La ciencia al alcance del encefalograma plano», han querido ir un paso más allá y sustituir al gato por el concursante de esta semana. La morena maciza retira el cadáver del gatito y sustituye la caja por otra tamaño persona. El presentador clama: «Damos la bienvenida a... ¡Pringadillo Pérez!». Nuevo cartel, nuevos aplausos y, a la señal del regidor, salgo a escena.

―¡Buenas noches, Pringadillo!
―Buenas noches ―contesto.
―¿Certificas que vienes por propia voluntad y que no has sido coaccionado en manera alguna?
―Por supuesto. Vengo encantado por poder salir en la tele.
―Bien, Pringadillo, pues ya te han informado de lo que tienes que hacer. Te meterás en la caja, nuestra querida Morena Maciza accionará el disparador de fotones y te dejaremos unos minutos ahí dentro. Lo que queremos que hagas es que dejes constancia de tu estado vivo-muerto, para lo que te damos este kit de papel, bolígrafo y linterna. ¿Ok?
―Ok ―respondo.

La morena maciza me coge suavemente del brazo y me acompaña hasta la caja. Me ayuda a introducirme en ella, me entrega el kit con ternura y me guiña el ojo al tiempo que cierra la caja.

Se hace la oscuridad. Escribo.

Pienso en la morena maciza.
Me siento extraño.
¿Estoy vivo?
¿Estoy muerto?
¿Estoy? ¿Existo?
Existir. Curiosa palabra.
René Descartes dudó de su propia existencia, hasta que formuló el 'cogito'.
Cogito ergo sum.
Pienso, luego existo; en una popular e imprecisa traducción.
Yo estoy pensando, luego debo existir.
Pero, ¿importa realmente? Porque, ¿cuál es el sentido de existir si lo haces dentro de una caja?
Queda reducido a una variable booleana. Cero o uno. Más allá: nada.
Se me antoja, entonces, que el mero acto de pensar no es suficiente para existir.
Necesito un testigo que certifique mi existencia.
Un alguien en el que proyectarme y poder verme reflejado.
Un 'otro' que dé sentido a la soledad de esta caja.
Pienso en Morena Maciza.
Ojalá estuviese conmigo, aquí dentro, y pudiésemos practicar juntos el cogito.

Tras un redoble de tambores, Morena Maciza, con su sonrisa perpetua, abre la caja y retira mi cadáver.



Más información:
YouTube: Mecánica cuantica: el gato de Schrodinger
http://es.wikipedia.org/wiki/Gato_de_Schrödinger
http://es.wikipedia.org/wiki/Cogito_ergo_sum

miércoles, 23 de diciembre de 2009

cARta a la directora



Mis muy respetados ustedes:

Ya no es solo el hecho de que no hayan publicado ninguna de mis ciento veintisiete cartas al director, sino que no hayan tenido la educación de responder a los repetidos e injustos insultos y descalificaciones que les he proferido con puntual constancia. Entiendo que encontrar un hueco en su tabloide para publicar las expresiones soeces de mis misivas no es tarea fácil, que no sería justificable para sus lectores, el incluir en sus páginas unos motivos tan claramente ofensivos. Entiendo, incluso, que sientan una ferviente hostilidad hacia mi persona y tengan decidido, de antemano, que ninguna de mis palabras verá la luz en su medio. Pero lo que no quiero entender es que no tengan el detalle moral de hacerme llegar una mínima, minúscula, testimonial, aunque sea, respuesta a mis improperios. ¿Acaso no se dan cuenta del porqué de mis ganas de llamar la atención? Necesito amor, ¡coño! —Con perdón—. Creo que eso no es tan difícil de entender.

¿Por qué no lo han hecho? Yo se lo diré: porque no son ustedes muy diferentes a los personajillos que sacan en portada. ¡Cuánto echo de menos los desaparecidos tiempos en los que esto —me estoy llevando la mano al corazón, no a los genitales— era capaz de mover el mundo!

Tengo setenta y ocho años. He sacado a bailar a preciosas mujeres en desaparecidos guateques. He llorado el rechazo en trece ocasiones. Dos veces viudo. Tengo dos hijos y una hija. Guardo, con cariño, un mechón de pelo de mi primer amor. Conservo un cofre con quinientas setenta y una fotografías en blanco y negro. Estuve en París, cuando París era París. Y de vacaciones en Roma. Nunca he permitido que una señorita pagase la cuenta. He pasado más tiempo soñando que dormido. Poseo, cuidadosamente clasificadas por fecha, más de mil quinientas facturas de hotel; ninguna, de habitación simple. Y ustedes, que se hacen llamar prensa del corazón y que pretenden llevar hasta nuestras casas lecturas que ensalcen la grandiosidad del amor, ustedes… no hacen más que publicar tonterías y cotilleos de pseudofamosos que se mueven por esto —me estoy llevando la mano a la cartera, no al corazón— y que son capaces de hipotecar sus vidas, sin conocer el valor del precio de lo que sacrifican. Ustedes, discúlpenme, son los hijos bastardos del amor.

Quizá me he hecho viejo. Pertenezco a una generación en la que la esperanza era lo último que se perdía. Por ese motivo, espero impaciente su respuesta.

Sinceramente suyo.

martes, 22 de diciembre de 2009

La vida es una plaga

Esto es que era el hijo de La Muerte que, admirado del respeto que su padre infundía y del porte aterrador que túnica y guadaña proyectaban, díjole a su atareado progenitor: «Padre, ¿cuándo podré yo matar como lo haces tú?». La Muerte, con una sonrisa esbozada en la profundidad del interior de la capucha, díjole con ternura: «Matar no es tan sencillo, hijo. Algún día heredaras mi responsabilidad. Cuando estés preparado». El hijo de La Muerte, con el fervor de la juventud calcificado en sus tiernos huesos, respondióle: «Pero padre, ya estoy preparado. Puedo matar como el mejor. Pruébeme». Y La Muerte, con la sabiduría de perro viejo, concedióle:

«Séase pues que dispondrás de diez hectáreas

de las que deberás erradicar la vida en su totalidad.

Si lo consigues, heredarás mi puesto.»

El hijo de La Muerte, loco de alegría, dirijióse con premura hacia sus diez hectáreas e inspeccionolas. Vivían allí una familia de granjeros ―madre, padre, hija nonata y hermano bastardo―, perro labrador, manada de vacas, piara de cerdos, mula terca, gallinas ponedoras y gallo trasnochador. «Presas fáciles», pensose el hijo de La Muerte y, con destreza innata, a todos muerte dio, con limpia pasada de su guadaña de juguete por el gaznate de granjeros y animales. Tras el baño de sangre, quedáronse todos los cuerpos y trozos esparcidos y, de ellos, brotaron pronto gusanos y carroñeros. Amontonolos después, el hijo de La Muerte, en una pira grande de la que, con fuego, cuenta dio.

Preocupose, tras la purga, de flora y plantas; mala hierba la que arrancó, cultivos los que segó, setos y árboles los que taló y pequeño huerto el que arrasó. De toda aquella verdura y ramaje sobrante, a la hoguera alimentó y pudo ver, entonces, a legiones de insectos que cruzábanse impunes por el aura de las llamas. A todos y cada uno de ellos persiguió y a cada uno y a todos aplastó, en un arduo y longevo trabajo que, cuando hubo finalizado, llevole a exclamar con fastidio: «¡Oh, no! La mala hierba, de nuevo ha crecido».

Rastreóle, pues, a la tierra, la fuente de agua que a la flora traicionera sustentaba, y econtrola en un pozo profundo que en su fondo escondía, de vida, un nuevo mundo. Sapos y bacterias, lagartijas y topos, hongos y setas, musgo cavernoso y hasta algún crustáceo que vivía allí en el foso.

Con la rabia que despedía su esqueleto, el hijo de La Muerte, de las diez hectáreas el agua drenó. No dejó, ni por tierra ni por aire, de hache dos O, ni una sola molécula y, para su éxito asegurar, aquella decrépita tierra, con un manto negro cubrióla, sin permitir a luz del sol alumbrar esperanza ninguna. De nuevo, toda hierba arrancó, toda brizna de vida incendió y no hubo bicho ni insecto al que no diera fin, hasta que, el hijo de La Muerte, en la oscuridad seca y yerma de aquella extensión, extenuado de sudor y lágrimas, a contemplar su obra dipúsose.

Y fue al calor del charco que ese sudor y lágrimas formó, que de nuevo la mala hierba creció. Tras ellas, las ramas y follaje, insectos, bichos y una nueva familia de granjeros ―abuela, abuelo, hijo desviado y hermano fornido― que con su carreta, dos mulas, vaca y cabra a vivirse traían, junto a unas afiladas tijeras a las que uso dieron para abrir un hueco en el manto negro, que la oscuridad a todos confunde y no es bueno para las especies sucumbir a las tentaciones.

«¿Entiendes ahora, hijo mío ―díjole La Muerte a su derrotado sucesor― la dureza del trabajo de tu padre? La vida es una plaga, y sólo con tesón constante e infatigable trabajo se le puede poner fin».


martes, 15 de diciembre de 2009

Siete cosas que no sé y una que sí



Lunes
no sé levantarme.
No es hasta que la cama se pudre
y cae hecha pedazos
cuando debo erguirme
y con la ayuda de mis débiles brazos
aprisionar mi cabeza
y girarla ciento ochenta grados
para mirar de frente

Martes
no sé qué hago aquí.
Olvidé dónde estaba la puerta de entrada,
el motivo de mi visita,
los papeles que necesitaba
y la hora del café.
Esclavo de la inercia.

Miércoles
no sé dónde para.
La metí en el bolsillo cuando me la diste,
en una cajita al llegar a casa,
la saqué para rememorar el día 15,
la pegué con dos tiritas en mi costado,
la dejé caer cuando atardeció,
la seguí con la mirada por la mañana,
cuando la brisa nueva se la llevó
para no volver,
no volver,
no volver otra vez.

Jueves
no sé dar media vuelta
un número impar de veces.
Y huyo siempre hacia delante,
siempre mirando hacia atrás,
con los puños cerrados, tenso,
a la espera de estrellarme con la pared.

No sé qué día es hoy.

Sábado
no sé sentirme culpable.
Por haber perdido el tren,
por dejar pasar el momento,
por no tenerlas todas conmigo,
por no haber bebido de la misma copa,
por apostar a la carta más baja,
por no haberte hecho caso,
por pedirte perdón.

Lunes
no sé por qué perdí el domingo
escribiendo tonterías sobre las que no sé
cuando sólo hay una cosa sobre la que sé.
Te sé a ti.

martes, 24 de noviembre de 2009

Where the wild things are


A todos los niños se les asigna un monstruo que vive dentro de su armario. A mí me tocó uno que hablaba en inglés. No tenía unos grandes ojos inyectados en sangre, sino unos 'bloody eyes'. Su boca no eran unas enormes fauces, sino unas 'big jaws'. De sus brazos no salían unas poderosas garras, sino unas 'long claws'. Y no hablaba con una voz tenebrosa, sino con una 'creepy voice'.

Cuando aparecía por el armario, no lo hacía por sorpresa, sino 'suddenly'. No gritaba ¡Uhhh!, sino 'Uhhh!' y, claro, como yo no lo entendía, no me asustaba.

Un día, apareció 'quietly' desde dentro del 'closet' y me dijo 'I've been fired'. Después, 'he left'.

No le he vuelto a ver. Since he's gone, I can't stop being scared.

Sin sentido


Mi primera vez siempre fue a escondidas. En ocasiones a oscuras, en ocasiones detrás de mis párpados. A veces contigo, a veces yo solo. Nunca con nadie más. De todas ellas, hubo una especial: la última.

La última vez fue la única primera vez que nunca llegó a consumarse. Fue en la que me obligaste a abrir los ojos.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Quique e Inés



QUIQUE
El tragaluz. Lo cierra. Los asiduos olores del lugar parecen flotar perennes en los lavabos públicos de la facultad. No importa. El joven Quique respira por la boca. Comprueba los habitáculos. Vacíos. Las puertas, cerradas. Cruza los dedos y espera tener tiempo antes de que alguien aparezca y ponga en evidencia su vergüenza. Rápido. Se acerca al espejo. Se mira. Ahí está, enorme. Lo rodea con sus índices y aprieta con el alma. Vete. Desaparece. Una sorda y minúscula explosión. La bolita de pus impacta en el espejo, mientras de la pequeña herida surge un punto de sangre. Ya está. Dentro de poco se formará la costra. Mira a la puerta: cerrada. El tragaluz: cerrado. Con papel higiénico, borra los rastros del espejo. Ya está. El mal menor. Sabe que será el detonante. «Peláez, ¿qué tienes en la nariz?». Estúpido Pedro, siempre viendo la paja en el ojo ajeno. «Sabes de qué salen, ¿no?». Neil, el graciosillo. ¿Cómo mentir? Si no sabe. Se pondrá colorado, lo que evidenciará que es verdad. Que sabe de qué salen. Y que le ha salido por eso. Ella andará por allí. Sus ojos rasgados lo verán. Se dará cuenta. Le rechazará. Vergüenza. Alguien entra. Reacciona mal. Vuelve a abrir el tragaluz. Pedro pregunta. «Peláez, ¿de qué te escondes?». Estúpido Pedro. Quique decide: debe aprender a mentir. Hoy tampoco se declarará.

INÉS
Quién se lo iba a decir, teniendo en cuenta que, durante todo el tiempo que había pasado en la facultad apenas había intercambiado más de dos palabras con sus compañeros (y ¿qué?), que ella —la pobre Inés, hija adoptiva de un fracasado solterón, cargado de deudas y sin un miserable bocado que llevarse a la boca— acabaría siendo toda una especialista en «aritmética aplicada a la "ciencia" de saber sacar, a cada uno, lo mejor de sí mismo»; eso sí, admitámoslo, con una excepción: no acababa de conseguir lo que más ansiaba, que alguien tan cerrado como el empollón, despistado, distante, frío y sexy Quique Peláez, apodado por todos el «alemanitas», desde aquella horrible noche de la fiesta de la facultad (¿por qué no le propuso nada?, si ella sabía que le gustaba; bastaría un parpadeo de sus exóticos ojos orientales para que cayese rendido a sus pies), se decidiese de una vez por todas a besarla (¡por favor!).

martes, 27 de octubre de 2009

¿Dónde la habré dejado?



Pero, ¿dónde...? Igual en este cajón...

...donde antes solía guardar la ropa interior, doblada y ordenada; calcetines de uso diario, de deporte y de ocasiones especiales; calzoncillos para cada día, de verano y de ¡hoy toca! Ahora, mi ropa interior está desordenada por números: el uno, el dos, el tres, el cuatro, el cinco, el uno, el dos... y cuando el tres se empieza a deshilachar por la costura o se agujerea por el dedo gordo, lo tiro y me compro otro tres. Ya no tiene un cajón propio, el de la ropa interior, ahora la guardo aquí, sin más.

No, aquí no está.

¿Será posible? Quizá en el desván...

...donde antes habitaban objetos arcanos y mágicos, reliquias de pasados ajenos, testigos de historias sorprendentes, de aventuras inacabadas y de sombras misteriosas y sugerentes. Ahora es el bendito lugar donde puedo subir aquella horrible vieja cómoda y olvidarme de ella a base de no verla. Donde desprenderme del mohoso colchón de muelles gastados, el que un día de junio del 93 soportó el peso de una pasión fugaz y que ahora aguarda, ingenuo, a ser útil para alguna pernocta imprevista.

No. Aquí tampoco está. Aunque cualquiera encuentra algo aquí.

¿Dónde coño la habré puesto? ¡En el zócalo!...

...donde guardaba mi tesoro. Aquél zócalo de cerámica granate desgastado que con un sutil toque en una punta se desprendía de la pared y revelaba el húmedo hueco en el que solía guardar una caja metálica de galletas. En su interior: los cromos de la liga del 81, una chapa de Zinzano lastrada con la cera de una vela, una figurita de Mazinger Z y la huella en un papel de los labios pintados de María. Tiempo después, junto a la caja, un paquete clandestino de tabaco y un mechero. Ahora, el hueco está relleno con un cemento de la cosecha del 2005, en pleno apogeo del boom inmobiliario, y el zócalo de cerámica granate desgastado ha sido sustituido por otro de madera color caoba neutra, comprado a peso en el Ikea e instalado por mí mismo.

¡Uf! Tendría que desmontarlo para mirar. No, ahí no estará.

¿Cómo puede ser que no aparezca? ¡Ya está! ¡Debajo de la cama!...

...donde antes nunca había nada y, sin embargo, era el lugar que más miedo me daba. Un hueco vacío que recogía todos esos mal sueños y pesadillas que por la noche se condensaban y filtraban a través del colchón (el que, con todo seguridad, reposa en el desván junto a la cómoda). Allí se reunían los monstruos. Debajo. Porque los buenos siempre estaban por encima. Y siempre triunfaban. Ahora, 'debajo de la cama' es un espacio confuso, llamado canapé, algo super práctico que está repleto de mantas de invierno en verano y de biquinis de mi mujer en invierno.

Casi mejor que aquí no esté... No, no está.

¿Dónde la habré dejado?
Bueno, ya aparecerá.
Quizá, cuando menos me lo espere.
Quizá, nunca más.

jueves, 22 de octubre de 2009

Nota abierta a H




Por lo que cuentan las habladurías, tu cama siempre ha estado poblada de hombres influyentes. Para mí, ese hecho, más que poner de manifiesto una falsa ansia de poder, revela tu inseguridad. Tú, que podrías ser musa de cualquiera que tuviese ojos y un dedo de frente para darse cuenta. Acercarme a tu lado débil, el que te hace real y tangible, me colma de ternura.

lunes, 5 de octubre de 2009

La Avenida


Siempre se paraba al llegar a la Avenida. Siempre. No estaba más allá de dos manzanas de su casa; el cruce de caminos desde el que partía la interminable avenida, hacia quién sabe dónde, que nunca había recorrido. Se detenía en la esquina, junto a un quiosco que vendía golosinas, y esperaba, paciente, hora tras hora a que alguien se acercase y amablemente le dijese su propia edad. Cuando el anochecer tomaba las calles y la iluminación pública se encendía, regresaba, abatido, a su casa.

Hacía tiempo que el espejo había dejado de devolver su imagen. Él se sentía viejo, pero no podía comprobar cuánto. Tenía la impresión de que incluso el resto del mundo tampoco era capaz de verle. En las horas que pasaba en su esquina de la Avenida solía preguntar a los transeúntes: «Disculpe...» «Perdone...» «Sería tan amable...», pero nadie se inmutaba, como si se hubiera vuelto invisible. Ahora, ni siquiera se molestaba en intentar establecer contacto, se limitaba a observar las miradas con la vana esperanza de que alguna reparará en él.

No siempre fue así. Cierto que no recordaba el momento en el que el espejo dejó de devolver su imagen pero no tan alejado en el tiempo sí que conoció a alguien, una chica, que acudía a la misma esquina en busca de quien le dijera si su voz sonaba feliz.

Allí se conocieron, en su esquina, con la mirada puesta en la Avenida. «¿La has caminado alguna vez?», preguntó ella. «Nunca», contestó él. «Yo tampoco. Pero ya no me importa, porque te he encontrado». Él le aseguraba, sinceramente, que su dulce voz sonaba feliz. Ella lo miraba y con una tierna sonrisa le decía «tienes seis años». Él estuvo tentado en alguna ocasión de proponer un paseo por la Avenida. No lo hizo. Se quedaron en la esquina viéndose y escuchándose. Hasta que un día ella se olvido su sonrisa. Él, sinceramente, le dijo «hoy tu voz ya no suena feliz». Al día siguiente, ella no regresó. Ni nunca más.

Él quedó allí, todos los días en su esquina, sin nadie que le dijese su edad, con la falsa esperanza de que ella regresaría, con el rabillo del ojo puesto en la larga Avenida que nunca había recorrido y con la certeza de que cada día sería un poco más difícil hacerlo.

Un día, cuando el anochecer estaba a punto de tomar las calles y la iluminación pública amenazaba con encenderse, se dispuso a emprender el camino de regreso a casa, con la fortuna de que su pierna, la misma que últimamente le había comenzado a fallar, tropezó y en un traspiés le hizo dar varias zancadas hacia la Avenida, hasta apoyarse en el semáforo que la cruzaba. Estaba en verde.

Alguien a su lado le preguntó: «¿Se encuentra bien? ¿Quiere que le ayude a cruzar?».

«Por favor», respondió él.

jueves, 3 de septiembre de 2009

La grassa, la dotta e la rossa

Bologna, Jueves 03 de Septiembre de 2009


Hoy no me he cambiado de calcetines.

Sé que no dice mucho a favor del cuidado de mi higiene, pero esta mañana todavía estaban calientes, del adoquinado de la calle, del polvo de la taberna, por ello me los he vuelto a poner y los voy a llevar hasta Florencia. Es un regalo.

jueves, 13 de agosto de 2009

Viajar en avión


No se trataba de que le desagradasen los viajes en avión por un tema de seguridad. Cuando el avión botaba o bajaba, bruscamente, de altitud, se le encogía el estómago como a cualquier otro; pero eso no era más desagradable que toparse con un alocado al volante que adelantase en línea continua o un desconsiderado que apoyase los pies calzados sobre los asientos de enfrente, en el compartimento del tren. No. Lo que le desagradaba de los viajes en avión era el nombre.

Cuando, varias semanas atrás se encontraba parado en un semáforo, de camino al trabajo, se preguntaba sobre lo absurdo que sería morir en un accidente de tráfico. En un tiempo muerto en el que utilizas un vehículo para trasladarte de un sitio, donde has estado haciendo cosas, a otro en el que vas a hacer cosas. Pero entre medias: nada. O la muerte, con algo de mala suerte.

Un viaje no significaba eso. Cuando uno emprendía un viaje, una variable incierta pasaba a formar parte de la ecuación. No importaba que creyeses poder encerrar en un sustantivo el lugar al que te dirigías, porque el viaje iba mucho más allá: a lo desconocido. Generalmente y, al final, tan cercano a uno mismo que lo llevaba dentro sin saberlo.

Por ese motivo, no utilizaba nunca la expresión "viaje en avión". ¿Qué tenía de viaje el estar encerrado en un supositorio, rodeado de gente con prisa por llegar, donde el contacto humano se reducía a la mera practicidad de las palabras "abróchense los cinturones" y donde cualquier conversación coloquial estaba motivada por la ansiedad de no saberse hecho para volar?

No nos debe extrañar, entonces, que cuando el gerente del hotel le preguntó, con marcado acento oriental y sin más intención que la de ser cortés, si había viajado en avión desde España, se mostrase visiblemente molesto y contestase de mala gana: "No, no he viajado en avión. Me he desplazado en avión -enfatizó a la palabra "desplazado" con un tono didáctico despectivo-. El viaje comienza ahora".

domingo, 2 de agosto de 2009

Tomás. O la grandeza de sentirse pequeño


Tomás, pese a sus doce años, nota perfectamente el nerviosismo de su padre en este día. No así su madre, que no cesa de repetir «estás loco. ¿Cómo vas a llevar al niño ahí?». El padre, ni caso.

Se acercan al estadio en autobús, muy pronto, para coger sitio en primera fila. Tomás es advertido: «nos tocará esperar mucho rato de pie, ¿te atreves?».

El padre cuelga a Tomás de la vaya de la primera fila y le protege con su cuerpo. «¿Estás bien?».

Pasan las horas. Todavía es de día cuando comienza. Tomás nota desde el primer momento que esto es especial. Ha visto por la televisión eventos de grandes magnitudes, con infinidad de parafernalia y pirotecnia. Aquí no hay nada de eso. Las pantallas gigantes se limitan a mostrar a los músicos. De cerca. Sus poros. Para los que están lejos. Él no conoce la historia del rock. Él no ha estudiado los contextos históricos que han abrazado a las grandes revoluciones musicales. No le hace falta. Tomás siente perfectamente que esto es especial.

Los músicos tocan y el Boss no tarda en acercarse a la gente. Canciones y canciones, que es de lo que se trata, y, en una de éstas, el Boss se viene hasta Tomás y le pone el micro en la boca. Tomás canta. En un correcto inglés. Porque se sabe las canciones que tantas veces le ha puesto su padre. El público sigue la acción en las pantallas gigantes y arranca a aplaudir.

Pasan más canciones y, en otra de éstas, el Boss saca su armónica y la toca. Acaba la canción y el Boss se baja nuevamente hasta el público y le da su armónica a Tomás mientras le guiña un ojo. El público observa la acción en las pantallas gigantes y rompe a gritar.

La banda toca. Tocan los instrumentos. Tocan a la gente. Todos sentimos sin rasgo de duda que esto es especial. Igual que Tomás. Porque todos nos hemos vuelto tan pequeños como él. Incluso el Boss, que lo sabe. Sabe que lo que ocurre ahí arriba, en el escenario, es tan grande que no tiene reparos en bajarse y quedarse con nosotros. Con Tomás. Conmigo.

Pasa el tiempo: tres horas y treinta mil vidas. Todos nos vamos. Pero el momento no pasa. Hemos comulgado y se quedará con nosotros. Para siempre. Tomás se lleva su armónica, estigmatizada con saliva y sudor, en una mano. Desde la otra, su padre lo observa orgulloso.

domingo, 19 de julio de 2009

40 años en la luna

En el 69 subí por primera vez a la luna. Allí me quedé.

Desde entonces me han dicho que la guerra fría acabó, que la revolución en las telecomunicaciones dio paso a un fenómeno llamado globalización, que los buenos han cambiado de istas, de los comun a los terror, que todo va cada vez más y más deprisa y que se está produciendo un cambio climático que se va a cargar el planeta. Y ante tal avalancha de acontecimientos, yo me pregunto: ¿será verdad? Y me propongo buscar aquí, en la luna, los restos del módulo lunar y la bandera ondeante; a ver si es cierto que los americanos llegaron a la Luna y que la Tierra se va a ir al carajo.

Llego al mar de la tranquilidad y no encuentro nada. Bueno, el Mare Tranquillitatis tiene casi 900 kilómetros de diámetro, quizá no sea tan fácil encontrarlos. Me siento sobre el polvo lunar y miro al cielo. Entonces, lo entiendo todo.

No hace falta subir a la Luna para estar en la luna. Poco importa si el Apollo 11 alunizó realmente, porque los que estábamos destinados a ello sí lo hicimos. Ahora, ante la majestuosa vista que tengo delante, me siento tan hermosamente insignificante que tomo una decisión: voy a dejar de buscar el módulo lunar. Será un paso insignificante para la humanidad pero un gran paso para mí.

jueves, 16 de julio de 2009

Hola, ¿hay alguien ahí?

¿Hay vida extraterrestre?

Puede parecer una pregunta más cercana a la ciencia-ficción que a nuestra realidad cotidiana. Nosotros, los ciudadanos de consumo, la asociamos rápidamente con alguna de las muchas películas sobre el tema, y solemos contestar con un sí o un no basándonos más en una creencia especulativa que en un fundamento científico. Sin embargo para los que se dedican a ello, los científicos, no es una pregunta que se discuta tras una cerveza a la salida de un cine, sino una incógnita que flota detrás de sus fórmulas matemáticas, una cuestión que se intenta abordar desde la base empírica pero que encierra en sí misma multitud de cuestiones morales y filosóficas. Intentemos acercarnos un poquito más a ella. Sólo un poquito.

Principio de Mediocridad

Copérnico fue uno de los artífices en desplazar la Tierra del centro del Universo y colocarla en órbita en torno al Sol. El Principio de Mediocridad expande la teoría de Copérnico, afirmando no sólo que no estamos en una posición privilegiada en el cosmos, sino que la Tierra es un planeta de tantos, orbitando alrededor de una estrella de tantas, que ni siquiera está en el centro de una galaxia sino a medio camino de uno de sus brazos, formando parte de un cúmulo indeterminado de galaxias. Nosotros, como sus pobladores, tampoco tendríamos nada de particular, y por probabilidad debe haber vida en otros de los miles de planetas que deben existir con condiciones similares a las nuestras.

Hipótesis de la Tierra Rara

Por contra, los hay que sostienen que nuestro planeta es en realidad un privilegiado. Son tantas las condiciones que se deben cumplir para que en un planeta se dé la posibilidad de que surja vida, condiciones de carácter geofísico, geoquímico y astrofísico, que la coincidencia de todos ellos nos tienta a creer en los milagros. Algunas de las condiciones más características serían orbitar a una distancia adecuada (llamada zona habitable) de una estrella de tamaño y luminosidad adecuada, para no ser una roca demasiado irradiada o congelada. Tener una riqueza en componentes y agua suficiente para ofrecer un caldo de cultivo a organismos unicelulares. Disponer de una masa suficiente como para retener, por la acción de la gravedad, su propia atmósfera. Mantener un movimiento de rotación y traslación estable y de duración razonable para que la sucesión del día, la noche y las estaciones no provoque altibajos de temperatura demasiado pronunciados. No estar rodeado de cuerpos celestes demasiado masivos que perturben su órbita, así como disponer de algún satélite de suficiente masa como para que controle las mareas y el desplazamiento de los ejes del planeta.

¿Podemos saberlo?

Pero no queremos quedarnos ahí. No sólo buscamos vida unicelular, sino pluricelular, y más concretamente seres vivos inteligentes, capaces de desarrollar una cultura y tecnología avanzada. Un posible acercamiento a una respuesta vendría de una forma fiable para rastrear la existencia de planetas extrasolares, es decir planetas de fuera de nuestro sistema solar. Podemos estudiar gran cantidad de estrellas, determinar la distancia que nos separa de ellas, si son sistemas binarios (2 estrellas orbitando la una en torno a la otra) o su tamaño y luminosidad. Pero encontrar planetas entraña mucha más dificultad ya que no son objetos luminosos. Una existencia masiva de planetas orbitando en las estrellas que podemos observar implicaría dificultades para la hipótesis de la Tierra Rara y favorecer el Principio de Mediocridad.

La Paradoja de Fermi

Surgió como contraposición a la creencia de que si existen innumerables sistemas planetarios la probabilidad de la existencia de vida es muy alta. Afirma que si existe vida tecnológicamente avanzada en algún lugar del universo visible, debería ser relativamente fácil encontrar alguna evidencia de ello, por ejemplo emisiones de radio. El proyecto SETI se dedicó al rastreo de ondas de radio en el cielo, sin encontrar prueba alguna.

Ecuación de Drake

El presidente del Instituto SETI, Frank Drake, desarrolló una fórmula para calcular la cantidad de civilizaciones en nuestra galaxia con vida inteligente y capaces de emitir emisiones de radio detectables. Dicha ecuación está basada en una serie de factores y supuestos, pero es capaz de llegar a una conclusión: la cantidad de civilizaciones con capacidad de comunicarse en nuestra galaxia es igual a la cantidad de años que dura una civilización. Es decir: una civilización que logra no ser autodestruida por su propia tecnología sería capaz de sobrevivir durante mucho tiempo y encontrar numerosas civilizaciones extraterrestres. En nuestro caso concreto, la cantidad de civilizaciones que podríamos detectar en nuestra galaxia sería de 50, que son los años que llevamos intentando comunicarnos.

Alguna conclusión

La búsqueda y consideraciones sobre la vida extraterrestre no se queda aquí. Existen otras teorías variadas, algunas más estrambóticas que se plantean la existencia de una vida radicalmente diferente a cómo la conocemos, basadas en el silicio en vez de en el carbono, o con una fuente de vida originada en el amoníaco en vez del agua. Una de las más interesantes es la Hipótesis de Gaia, que sugiere que es la propia vida, una vez creada, la que forma un sistema retroalimentado con su hábitat, y fomenta y mantiene las condiciones necesarias para la vida.

jueves, 25 de junio de 2009

Reurbanizando el cementerio

La gente ya no se muere. Simplemente, se apaga. Así que aquí estoy, solo, en el limbo de este pequeño cementerio, muerto de aburrimiento, literalmente, a la espera de que alguien la palme y se deje caer por aquí. Pero eso no va a durar, porque he tenido una idea, una gran idea: voy a reurbanizar el cementerio, y voy a construir un gran hotel, allí, en la zona de los nichos, con la firme esperanza de reactivar el turismo por estos lares.

Lo primero que se encontrarán los nuevos fiambres al llegar, será una gran sala de recepción, donde los inquilinos los recibiremos entre vítores y aplausos, con collares de flores hechos con las coronas que robaremos de las tumbas de aquellos que no llegaron, los que se apagaron. A los que les quede el cuerpo más presentable se pondrán delante, el resto nos quedaremos detrás.

Una vez inscritos en el registro de difuntos, les acompañaré en una visita guiada por las instalaciones; les mostraré las habitaciones, de lujo, con magníficas vistas sobre la tapia, al mundo de los vivos, baños individuales y amplias camas donde dar con los huesos, nada de ataúdes ni clichés, solo calidad; les llevaré a ver la gran piscina cubierta, que levantaré allí, en la zona de los panteones, ahora vacíos, ya que los cadáveres que los habitaron no tardaron en bajar al infierno; les mostraré el gimnasio, donde retardar los efectos de la putrefacción para estar presentable el día del juicio final, y les entregaré unos folletos explicativos con toda una larga lista de las actividades diversas que organizaré, todas al aire libre, a pleno sol, aunque, eso sí, sin salir del recinto del cementerio, no conviene meterse en problemas con la jurisdicción de los vivos; finalmente, les mostraré la discoteca, que construiré allá, en la medio derruida cripta, y en la que habrá fiestas temáticas todos los días, barra libre y todo tipo de músicas.

Y lo mejor de todo, cuando salga su sentencia en el juicio y pidan la cuenta en recepción, les diré, orgulloso, que es gratis, que el precio ya lo pagaron antes de morirse: "por elegir la vida, por gastarla, por no conformarse con hacer zapping frente a su devenir, por ser activos, por tomar decisiones, por involucrarse, por haber sufrido y disfrutado, por no haber dejado que su alma se apagase, distraída con placeres banales de pan y circo, y, en definitiva: por haber muerto; por todo ello, el Hotel Más Allá -les diré-, ha estado encantado de acogerles y haber tratado de hacer agradable su estancia por el limbo a la espera de su sentencia, sea ésta cual haya sido. El Hotel Más Allá les desea que descansen en paz".

miércoles, 24 de junio de 2009

Mi campana rosa oxidada


Como todo buen óxido que se precie, el de la mía comenzó por el badajo. Se notó sutilmente cuando los tañidos dejaron de ser armónicos y regulares. Nunca fue una gran campana, todo sea dicho, ni sus repiques tuvieron repercusión más allá de la jurisdicción conocida. No impresionó a visitantes ni fue reclamo para turistas ocasionales. Pero cuando tocó a fiesta, cumplió.

Ya no recuerdo el porqué de su color: rosa. Supongo que cuando sonaba, la vida se veía de ese color y en algún momento se me ocurrió pintarla de tal. Ahora, que el óxido se ha extendido, el rosa se desconcha de su copa. En su ánima se ha vuelto negro y sucio.

El caso es que, cuando se acciona el mecanismo, la Rosita, como la llamo cariñosamente, reacciona y se voltea y revoltea como siempre, descontando algún chirrido de bisagras y poleas, amén de su tañido, que se escucha triste; supongo yo, por el ruido del óxido que se acumula en su superficie.

Consulté al doctor de campanas. Su diagnóstico fue claro: "tenemos que bajarla de la torre. Habrá que lijar sus paredes hasta pulirlas de nuevo. Lo del badajo… presenta un principio de fatiga de la pieza, pero no es grave. Una vez tratada, la izaremos con esmero a lo alto de la torre. Antes, le daremos una nueva capa de pintura. ¿Querría usted cambiarle el color?". "Por supuesto que no", contesté yo. "Que vuelva a ser rosa entonces. Lo que no puedo asegurarle es que dentro de un tiempo no reaparezca el óxido". "¿No habría algún tratamiento o cuidado para evitarlo?", pregunté preocupado. "¡Claro que lo hay! Debe usted corregir las inclemencias a las que su campana se ha visto expuesta en los últimos tiempos. Al fin y al cabo, su campana no es especial, y lo único que necesita es lo mismo que necesitan todas las demás: que alguien la toque".

sábado, 20 de junio de 2009

Ese sabor agridulce...


...se queda como flotando cuando termino un libro que me ha gustado.

Las noches anteriores he tenido esos sentimientos antagónicos: el que me lleva a querer leer sin parar para saber cómo acabará esto y el que me retiene la mano a la hora de pasar la página, de deslizar la mirada por la líneas. La emoción de disfrutar con lo que estás haciendo y la melancolía anticipada de saber que se va a acabar.

Y cuando por fin se acaba te sientes exhausto. Y vacío. Y exhausto. Pero vacío. Y cierras las tapas y vuelves a leer la solapa. Dejas el libro sobre la mesita, cierras los ojos sin apagar la lamparilla y te preguntas: ¿ahora qué? La vida sigue.

Pero en el París de los 80, para Agnes y Paul, la vida se ha acabado. La he matado yo, por la espalda, con la contraportada. Porque su mundo, el de ellos, está delimitado por otro tipo de dimensión: la ficticia. Es sólo a través de nuestra conciencia, la de los vivos y reales, que Agnes y Paul existen. Hablan para mí, se mueven para mí, hacen el amor para mí, se quieren y se odian para mí, se engañan para mí.

Yo les correspondo. Es lo único que puedo hacer.

Por eso quiero honrar su memoria con este pequeño comentario.

Quizá vosotros no conozcáis a Agnes y Paul. Baste decir que Agnes fue hermosa, pero vivió su sexualidad como algo que no tenía que ver con los flujos de su cuerpo, sino con la semántica de las palabras que susurraba. Paul fue un tipo práctico, de los que miran de frente y no conservan las fotos de su infancia. Yo me enamoré de Agnes.

viernes, 19 de junio de 2009

Dudar? Quizás!

La vida nos pone a todos, tarde o temprano, frente a una encrucijada: tomar una decisión ante un abanico de posibilidades. Y no me refiero simplemente a decidir qué camisa me pongo hoy. Estoy hablando de las decisiones importantes, las que te cambian la vida. En ese punto, el del inicio de la duda (izquierda o derecha, blanco o negro, verdad, acción o beso), la seguridad de nuestro anterior estado de ignorancia se esfuma, y se plantea ante nosotros el imperativo de la acción: tenemos que tomar una decisión. La toma de decisiones es un acto digno de estudio. Por un lado implica desestimar una serie de opciones, perdiendo la sensación de libertad que nos ofrece el estado de duda (mientras no escojamos todo es posible). Escoger es renunciar. Pero lo contrario es permanecer en la inacción. Sólo podemos crecer renunciando a nuestra libertad. Y, por supuesto, comprometiéndonos con nuestra decisión. Quizá sea ese miedo al compromiso el que nos haga dubitativos, porque, por otro lado, tomar una decisión tiene un carácter temporal que en la mayoría de casos es irreversible. No pocas suelen ser las veces en las que, de tanto dudar y dar vueltas, el tiempo se nos echa encima y nos vemos obligados a decidir (de forma apresurada y casi siempre por la tangente). Quiero reconocer que, desde mi propia experiencia, la mayoría de las veces que he dudado, he acabado tomando una decisión que, por increíble que parezca, ya sabía que iba a tomar. Y es que las primeras sensaciones (o llámese intuición para el que lo prefiera) a la hora de plantearse algo, tienen un nosequé de quéseyo, que las conecta con la Verdad (si es que existe algo así). Y el acto de dudar y pensar no viene a ser más que el miedo a reconocer lo que ya sabes. Hay veces en que la razón está en clara desventaja frente al corazón. Ante eso sólo me puedo armar de valor recordándome que la peor decisión es la que no se toma.