sábado, 20 de junio de 2009

Ese sabor agridulce...


...se queda como flotando cuando termino un libro que me ha gustado.

Las noches anteriores he tenido esos sentimientos antagónicos: el que me lleva a querer leer sin parar para saber cómo acabará esto y el que me retiene la mano a la hora de pasar la página, de deslizar la mirada por la líneas. La emoción de disfrutar con lo que estás haciendo y la melancolía anticipada de saber que se va a acabar.

Y cuando por fin se acaba te sientes exhausto. Y vacío. Y exhausto. Pero vacío. Y cierras las tapas y vuelves a leer la solapa. Dejas el libro sobre la mesita, cierras los ojos sin apagar la lamparilla y te preguntas: ¿ahora qué? La vida sigue.

Pero en el París de los 80, para Agnes y Paul, la vida se ha acabado. La he matado yo, por la espalda, con la contraportada. Porque su mundo, el de ellos, está delimitado por otro tipo de dimensión: la ficticia. Es sólo a través de nuestra conciencia, la de los vivos y reales, que Agnes y Paul existen. Hablan para mí, se mueven para mí, hacen el amor para mí, se quieren y se odian para mí, se engañan para mí.

Yo les correspondo. Es lo único que puedo hacer.

Por eso quiero honrar su memoria con este pequeño comentario.

Quizá vosotros no conozcáis a Agnes y Paul. Baste decir que Agnes fue hermosa, pero vivió su sexualidad como algo que no tenía que ver con los flujos de su cuerpo, sino con la semántica de las palabras que susurraba. Paul fue un tipo práctico, de los que miran de frente y no conservan las fotos de su infancia. Yo me enamoré de Agnes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario