jueves, 25 de junio de 2009

Reurbanizando el cementerio

La gente ya no se muere. Simplemente, se apaga. Así que aquí estoy, solo, en el limbo de este pequeño cementerio, muerto de aburrimiento, literalmente, a la espera de que alguien la palme y se deje caer por aquí. Pero eso no va a durar, porque he tenido una idea, una gran idea: voy a reurbanizar el cementerio, y voy a construir un gran hotel, allí, en la zona de los nichos, con la firme esperanza de reactivar el turismo por estos lares.

Lo primero que se encontrarán los nuevos fiambres al llegar, será una gran sala de recepción, donde los inquilinos los recibiremos entre vítores y aplausos, con collares de flores hechos con las coronas que robaremos de las tumbas de aquellos que no llegaron, los que se apagaron. A los que les quede el cuerpo más presentable se pondrán delante, el resto nos quedaremos detrás.

Una vez inscritos en el registro de difuntos, les acompañaré en una visita guiada por las instalaciones; les mostraré las habitaciones, de lujo, con magníficas vistas sobre la tapia, al mundo de los vivos, baños individuales y amplias camas donde dar con los huesos, nada de ataúdes ni clichés, solo calidad; les llevaré a ver la gran piscina cubierta, que levantaré allí, en la zona de los panteones, ahora vacíos, ya que los cadáveres que los habitaron no tardaron en bajar al infierno; les mostraré el gimnasio, donde retardar los efectos de la putrefacción para estar presentable el día del juicio final, y les entregaré unos folletos explicativos con toda una larga lista de las actividades diversas que organizaré, todas al aire libre, a pleno sol, aunque, eso sí, sin salir del recinto del cementerio, no conviene meterse en problemas con la jurisdicción de los vivos; finalmente, les mostraré la discoteca, que construiré allá, en la medio derruida cripta, y en la que habrá fiestas temáticas todos los días, barra libre y todo tipo de músicas.

Y lo mejor de todo, cuando salga su sentencia en el juicio y pidan la cuenta en recepción, les diré, orgulloso, que es gratis, que el precio ya lo pagaron antes de morirse: "por elegir la vida, por gastarla, por no conformarse con hacer zapping frente a su devenir, por ser activos, por tomar decisiones, por involucrarse, por haber sufrido y disfrutado, por no haber dejado que su alma se apagase, distraída con placeres banales de pan y circo, y, en definitiva: por haber muerto; por todo ello, el Hotel Más Allá -les diré-, ha estado encantado de acogerles y haber tratado de hacer agradable su estancia por el limbo a la espera de su sentencia, sea ésta cual haya sido. El Hotel Más Allá les desea que descansen en paz".

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