martes, 24 de noviembre de 2009

Where the wild things are


A todos los niños se les asigna un monstruo que vive dentro de su armario. A mí me tocó uno que hablaba en inglés. No tenía unos grandes ojos inyectados en sangre, sino unos 'bloody eyes'. Su boca no eran unas enormes fauces, sino unas 'big jaws'. De sus brazos no salían unas poderosas garras, sino unas 'long claws'. Y no hablaba con una voz tenebrosa, sino con una 'creepy voice'.

Cuando aparecía por el armario, no lo hacía por sorpresa, sino 'suddenly'. No gritaba ¡Uhhh!, sino 'Uhhh!' y, claro, como yo no lo entendía, no me asustaba.

Un día, apareció 'quietly' desde dentro del 'closet' y me dijo 'I've been fired'. Después, 'he left'.

No le he vuelto a ver. Since he's gone, I can't stop being scared.

Sin sentido


Mi primera vez siempre fue a escondidas. En ocasiones a oscuras, en ocasiones detrás de mis párpados. A veces contigo, a veces yo solo. Nunca con nadie más. De todas ellas, hubo una especial: la última.

La última vez fue la única primera vez que nunca llegó a consumarse. Fue en la que me obligaste a abrir los ojos.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Quique e Inés



QUIQUE
El tragaluz. Lo cierra. Los asiduos olores del lugar parecen flotar perennes en los lavabos públicos de la facultad. No importa. El joven Quique respira por la boca. Comprueba los habitáculos. Vacíos. Las puertas, cerradas. Cruza los dedos y espera tener tiempo antes de que alguien aparezca y ponga en evidencia su vergüenza. Rápido. Se acerca al espejo. Se mira. Ahí está, enorme. Lo rodea con sus índices y aprieta con el alma. Vete. Desaparece. Una sorda y minúscula explosión. La bolita de pus impacta en el espejo, mientras de la pequeña herida surge un punto de sangre. Ya está. Dentro de poco se formará la costra. Mira a la puerta: cerrada. El tragaluz: cerrado. Con papel higiénico, borra los rastros del espejo. Ya está. El mal menor. Sabe que será el detonante. «Peláez, ¿qué tienes en la nariz?». Estúpido Pedro, siempre viendo la paja en el ojo ajeno. «Sabes de qué salen, ¿no?». Neil, el graciosillo. ¿Cómo mentir? Si no sabe. Se pondrá colorado, lo que evidenciará que es verdad. Que sabe de qué salen. Y que le ha salido por eso. Ella andará por allí. Sus ojos rasgados lo verán. Se dará cuenta. Le rechazará. Vergüenza. Alguien entra. Reacciona mal. Vuelve a abrir el tragaluz. Pedro pregunta. «Peláez, ¿de qué te escondes?». Estúpido Pedro. Quique decide: debe aprender a mentir. Hoy tampoco se declarará.

INÉS
Quién se lo iba a decir, teniendo en cuenta que, durante todo el tiempo que había pasado en la facultad apenas había intercambiado más de dos palabras con sus compañeros (y ¿qué?), que ella —la pobre Inés, hija adoptiva de un fracasado solterón, cargado de deudas y sin un miserable bocado que llevarse a la boca— acabaría siendo toda una especialista en «aritmética aplicada a la "ciencia" de saber sacar, a cada uno, lo mejor de sí mismo»; eso sí, admitámoslo, con una excepción: no acababa de conseguir lo que más ansiaba, que alguien tan cerrado como el empollón, despistado, distante, frío y sexy Quique Peláez, apodado por todos el «alemanitas», desde aquella horrible noche de la fiesta de la facultad (¿por qué no le propuso nada?, si ella sabía que le gustaba; bastaría un parpadeo de sus exóticos ojos orientales para que cayese rendido a sus pies), se decidiese de una vez por todas a besarla (¡por favor!).