QUIQUE
El tragaluz. Lo cierra. Los asiduos olores del lugar parecen flotar perennes en los lavabos públicos de la facultad. No importa. El joven Quique respira por la boca. Comprueba los habitáculos. Vacíos. Las puertas, cerradas. Cruza los dedos y espera tener tiempo antes de que alguien aparezca y ponga en evidencia su vergüenza. Rápido. Se acerca al espejo. Se mira. Ahí está, enorme. Lo rodea con sus índices y aprieta con el alma. Vete. Desaparece. Una sorda y minúscula explosión. La bolita de pus impacta en el espejo, mientras de la pequeña herida surge un punto de sangre. Ya está. Dentro de poco se formará la costra. Mira a la puerta: cerrada. El tragaluz: cerrado. Con papel higiénico, borra los rastros del espejo. Ya está. El mal menor. Sabe que será el detonante. «Peláez, ¿qué tienes en la nariz?». Estúpido Pedro, siempre viendo la paja en el ojo ajeno. «Sabes de qué salen, ¿no?». Neil, el graciosillo. ¿Cómo mentir? Si no sabe. Se pondrá colorado, lo que evidenciará que es verdad. Que sabe de qué salen. Y que le ha salido por eso. Ella andará por allí. Sus ojos rasgados lo verán. Se dará cuenta. Le rechazará. Vergüenza. Alguien entra. Reacciona mal. Vuelve a abrir el tragaluz. Pedro pregunta. «Peláez, ¿de qué te escondes?». Estúpido Pedro. Quique decide: debe aprender a mentir. Hoy tampoco se declarará.
INÉS
Quién se lo iba a decir, teniendo en cuenta que, durante todo el tiempo que había pasado en la facultad apenas había intercambiado más de dos palabras con sus compañeros (y ¿qué?), que ella —la pobre Inés, hija adoptiva de un fracasado solterón, cargado de deudas y sin un miserable bocado que llevarse a la boca— acabaría siendo toda una especialista en «aritmética aplicada a la "ciencia" de saber sacar, a cada uno, lo mejor de sí mismo»; eso sí, admitámoslo, con una excepción: no acababa de conseguir lo que más ansiaba, que alguien tan cerrado como el empollón, despistado, distante, frío y sexy Quique Peláez, apodado por todos el «alemanitas», desde aquella horrible noche de la fiesta de la facultad (¿por qué no le propuso nada?, si ella sabía que le gustaba; bastaría un parpadeo de sus exóticos ojos orientales para que cayese rendido a sus pies), se decidiese de una vez por todas a besarla (¡por favor!).
El tragaluz. Lo cierra. Los asiduos olores del lugar parecen flotar perennes en los lavabos públicos de la facultad. No importa. El joven Quique respira por la boca. Comprueba los habitáculos. Vacíos. Las puertas, cerradas. Cruza los dedos y espera tener tiempo antes de que alguien aparezca y ponga en evidencia su vergüenza. Rápido. Se acerca al espejo. Se mira. Ahí está, enorme. Lo rodea con sus índices y aprieta con el alma. Vete. Desaparece. Una sorda y minúscula explosión. La bolita de pus impacta en el espejo, mientras de la pequeña herida surge un punto de sangre. Ya está. Dentro de poco se formará la costra. Mira a la puerta: cerrada. El tragaluz: cerrado. Con papel higiénico, borra los rastros del espejo. Ya está. El mal menor. Sabe que será el detonante. «Peláez, ¿qué tienes en la nariz?». Estúpido Pedro, siempre viendo la paja en el ojo ajeno. «Sabes de qué salen, ¿no?». Neil, el graciosillo. ¿Cómo mentir? Si no sabe. Se pondrá colorado, lo que evidenciará que es verdad. Que sabe de qué salen. Y que le ha salido por eso. Ella andará por allí. Sus ojos rasgados lo verán. Se dará cuenta. Le rechazará. Vergüenza. Alguien entra. Reacciona mal. Vuelve a abrir el tragaluz. Pedro pregunta. «Peláez, ¿de qué te escondes?». Estúpido Pedro. Quique decide: debe aprender a mentir. Hoy tampoco se declarará.
INÉS
Quién se lo iba a decir, teniendo en cuenta que, durante todo el tiempo que había pasado en la facultad apenas había intercambiado más de dos palabras con sus compañeros (y ¿qué?), que ella —la pobre Inés, hija adoptiva de un fracasado solterón, cargado de deudas y sin un miserable bocado que llevarse a la boca— acabaría siendo toda una especialista en «aritmética aplicada a la "ciencia" de saber sacar, a cada uno, lo mejor de sí mismo»; eso sí, admitámoslo, con una excepción: no acababa de conseguir lo que más ansiaba, que alguien tan cerrado como el empollón, despistado, distante, frío y sexy Quique Peláez, apodado por todos el «alemanitas», desde aquella horrible noche de la fiesta de la facultad (¿por qué no le propuso nada?, si ella sabía que le gustaba; bastaría un parpadeo de sus exóticos ojos orientales para que cayese rendido a sus pies), se decidiese de una vez por todas a besarla (¡por favor!).

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