jueves, 13 de agosto de 2009

Viajar en avión


No se trataba de que le desagradasen los viajes en avión por un tema de seguridad. Cuando el avión botaba o bajaba, bruscamente, de altitud, se le encogía el estómago como a cualquier otro; pero eso no era más desagradable que toparse con un alocado al volante que adelantase en línea continua o un desconsiderado que apoyase los pies calzados sobre los asientos de enfrente, en el compartimento del tren. No. Lo que le desagradaba de los viajes en avión era el nombre.

Cuando, varias semanas atrás se encontraba parado en un semáforo, de camino al trabajo, se preguntaba sobre lo absurdo que sería morir en un accidente de tráfico. En un tiempo muerto en el que utilizas un vehículo para trasladarte de un sitio, donde has estado haciendo cosas, a otro en el que vas a hacer cosas. Pero entre medias: nada. O la muerte, con algo de mala suerte.

Un viaje no significaba eso. Cuando uno emprendía un viaje, una variable incierta pasaba a formar parte de la ecuación. No importaba que creyeses poder encerrar en un sustantivo el lugar al que te dirigías, porque el viaje iba mucho más allá: a lo desconocido. Generalmente y, al final, tan cercano a uno mismo que lo llevaba dentro sin saberlo.

Por ese motivo, no utilizaba nunca la expresión "viaje en avión". ¿Qué tenía de viaje el estar encerrado en un supositorio, rodeado de gente con prisa por llegar, donde el contacto humano se reducía a la mera practicidad de las palabras "abróchense los cinturones" y donde cualquier conversación coloquial estaba motivada por la ansiedad de no saberse hecho para volar?

No nos debe extrañar, entonces, que cuando el gerente del hotel le preguntó, con marcado acento oriental y sin más intención que la de ser cortés, si había viajado en avión desde España, se mostrase visiblemente molesto y contestase de mala gana: "No, no he viajado en avión. Me he desplazado en avión -enfatizó a la palabra "desplazado" con un tono didáctico despectivo-. El viaje comienza ahora".

domingo, 2 de agosto de 2009

Tomás. O la grandeza de sentirse pequeño


Tomás, pese a sus doce años, nota perfectamente el nerviosismo de su padre en este día. No así su madre, que no cesa de repetir «estás loco. ¿Cómo vas a llevar al niño ahí?». El padre, ni caso.

Se acercan al estadio en autobús, muy pronto, para coger sitio en primera fila. Tomás es advertido: «nos tocará esperar mucho rato de pie, ¿te atreves?».

El padre cuelga a Tomás de la vaya de la primera fila y le protege con su cuerpo. «¿Estás bien?».

Pasan las horas. Todavía es de día cuando comienza. Tomás nota desde el primer momento que esto es especial. Ha visto por la televisión eventos de grandes magnitudes, con infinidad de parafernalia y pirotecnia. Aquí no hay nada de eso. Las pantallas gigantes se limitan a mostrar a los músicos. De cerca. Sus poros. Para los que están lejos. Él no conoce la historia del rock. Él no ha estudiado los contextos históricos que han abrazado a las grandes revoluciones musicales. No le hace falta. Tomás siente perfectamente que esto es especial.

Los músicos tocan y el Boss no tarda en acercarse a la gente. Canciones y canciones, que es de lo que se trata, y, en una de éstas, el Boss se viene hasta Tomás y le pone el micro en la boca. Tomás canta. En un correcto inglés. Porque se sabe las canciones que tantas veces le ha puesto su padre. El público sigue la acción en las pantallas gigantes y arranca a aplaudir.

Pasan más canciones y, en otra de éstas, el Boss saca su armónica y la toca. Acaba la canción y el Boss se baja nuevamente hasta el público y le da su armónica a Tomás mientras le guiña un ojo. El público observa la acción en las pantallas gigantes y rompe a gritar.

La banda toca. Tocan los instrumentos. Tocan a la gente. Todos sentimos sin rasgo de duda que esto es especial. Igual que Tomás. Porque todos nos hemos vuelto tan pequeños como él. Incluso el Boss, que lo sabe. Sabe que lo que ocurre ahí arriba, en el escenario, es tan grande que no tiene reparos en bajarse y quedarse con nosotros. Con Tomás. Conmigo.

Pasa el tiempo: tres horas y treinta mil vidas. Todos nos vamos. Pero el momento no pasa. Hemos comulgado y se quedará con nosotros. Para siempre. Tomás se lleva su armónica, estigmatizada con saliva y sudor, en una mano. Desde la otra, su padre lo observa orgulloso.