domingo, 2 de agosto de 2009

Tomás. O la grandeza de sentirse pequeño


Tomás, pese a sus doce años, nota perfectamente el nerviosismo de su padre en este día. No así su madre, que no cesa de repetir «estás loco. ¿Cómo vas a llevar al niño ahí?». El padre, ni caso.

Se acercan al estadio en autobús, muy pronto, para coger sitio en primera fila. Tomás es advertido: «nos tocará esperar mucho rato de pie, ¿te atreves?».

El padre cuelga a Tomás de la vaya de la primera fila y le protege con su cuerpo. «¿Estás bien?».

Pasan las horas. Todavía es de día cuando comienza. Tomás nota desde el primer momento que esto es especial. Ha visto por la televisión eventos de grandes magnitudes, con infinidad de parafernalia y pirotecnia. Aquí no hay nada de eso. Las pantallas gigantes se limitan a mostrar a los músicos. De cerca. Sus poros. Para los que están lejos. Él no conoce la historia del rock. Él no ha estudiado los contextos históricos que han abrazado a las grandes revoluciones musicales. No le hace falta. Tomás siente perfectamente que esto es especial.

Los músicos tocan y el Boss no tarda en acercarse a la gente. Canciones y canciones, que es de lo que se trata, y, en una de éstas, el Boss se viene hasta Tomás y le pone el micro en la boca. Tomás canta. En un correcto inglés. Porque se sabe las canciones que tantas veces le ha puesto su padre. El público sigue la acción en las pantallas gigantes y arranca a aplaudir.

Pasan más canciones y, en otra de éstas, el Boss saca su armónica y la toca. Acaba la canción y el Boss se baja nuevamente hasta el público y le da su armónica a Tomás mientras le guiña un ojo. El público observa la acción en las pantallas gigantes y rompe a gritar.

La banda toca. Tocan los instrumentos. Tocan a la gente. Todos sentimos sin rasgo de duda que esto es especial. Igual que Tomás. Porque todos nos hemos vuelto tan pequeños como él. Incluso el Boss, que lo sabe. Sabe que lo que ocurre ahí arriba, en el escenario, es tan grande que no tiene reparos en bajarse y quedarse con nosotros. Con Tomás. Conmigo.

Pasa el tiempo: tres horas y treinta mil vidas. Todos nos vamos. Pero el momento no pasa. Hemos comulgado y se quedará con nosotros. Para siempre. Tomás se lleva su armónica, estigmatizada con saliva y sudor, en una mano. Desde la otra, su padre lo observa orgulloso.

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