miércoles, 24 de junio de 2009

Mi campana rosa oxidada


Como todo buen óxido que se precie, el de la mía comenzó por el badajo. Se notó sutilmente cuando los tañidos dejaron de ser armónicos y regulares. Nunca fue una gran campana, todo sea dicho, ni sus repiques tuvieron repercusión más allá de la jurisdicción conocida. No impresionó a visitantes ni fue reclamo para turistas ocasionales. Pero cuando tocó a fiesta, cumplió.

Ya no recuerdo el porqué de su color: rosa. Supongo que cuando sonaba, la vida se veía de ese color y en algún momento se me ocurrió pintarla de tal. Ahora, que el óxido se ha extendido, el rosa se desconcha de su copa. En su ánima se ha vuelto negro y sucio.

El caso es que, cuando se acciona el mecanismo, la Rosita, como la llamo cariñosamente, reacciona y se voltea y revoltea como siempre, descontando algún chirrido de bisagras y poleas, amén de su tañido, que se escucha triste; supongo yo, por el ruido del óxido que se acumula en su superficie.

Consulté al doctor de campanas. Su diagnóstico fue claro: "tenemos que bajarla de la torre. Habrá que lijar sus paredes hasta pulirlas de nuevo. Lo del badajo… presenta un principio de fatiga de la pieza, pero no es grave. Una vez tratada, la izaremos con esmero a lo alto de la torre. Antes, le daremos una nueva capa de pintura. ¿Querría usted cambiarle el color?". "Por supuesto que no", contesté yo. "Que vuelva a ser rosa entonces. Lo que no puedo asegurarle es que dentro de un tiempo no reaparezca el óxido". "¿No habría algún tratamiento o cuidado para evitarlo?", pregunté preocupado. "¡Claro que lo hay! Debe usted corregir las inclemencias a las que su campana se ha visto expuesta en los últimos tiempos. Al fin y al cabo, su campana no es especial, y lo único que necesita es lo mismo que necesitan todas las demás: que alguien la toque".

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