
En dicho experimento, Erwin Schrödinger nos planteaba crear un sistema cerrado en el interior de una caja. En ella colocamos una partícula radioactiva que tiene un 50% de posibilidades de desintegrarse, un frasco con un gas venenoso, un dispositivo que detecta la suerte de la partícula y, por supuesto, un gato. Si la partícula se desintegra, el dispositivo romperá el frasco y el gas liberado matará al gato. Puesto que todo el sistema depende del comportamiento de una sola partícula que se rige por las leyes de la mecánica cuántica, el destino del gato dependerá también de ella, por lo que se podrá concluir que, una vez iniciado el experimento, el gato estará en un estado de superposición cuántica en el que está vivo y muerto a la vez, sin que podamos definirlo con seguridad. No es hasta que abrimos la caja y comprobamos su estado, que nuestra conciencia determina si está vivo o muerto.
En el programa han adaptado un poco el sistema, han sustituido la partícula radioactiva por un fotón que puede tomar dos caminos diferentes. Si toma el camino B no pasará nada, pero si toma el camino A un dispositivo dejará caer un martillo que romperá el frasco con gas venenoso. Una morena maciza coloca el gatito en la caja, la cierra y, tras una música de misterio, acciona el mecanismo que dispara el fotón.
El público se queda en silencio, se bajan las luces y se prolonga el suspense. El presentador pone su cara de póker y, con el tonillo de voz que le ha hecho tan famoso, dice: «Y el gato está...». Suena un redoble, la morena maciza abre la caja y la muestra al público. «...¡Muertooooo!». Se encienden las luces y un asistente muestra el cartel al público, el cual, obediente, aplaude.
Sin cuestionar la probada certeza de las leyes cuánticas, Erwin Schrödinger tuvo la poca consideración de no considerar a la conciencia del infortunado gato lo suficientemente 'consciente' como para determinar su propio estado. Por eso, en «La ciencia al alcance del encefalograma plano», han querido ir un paso más allá y sustituir al gato por el concursante de esta semana. La morena maciza retira el cadáver del gatito y sustituye la caja por otra tamaño persona. El presentador clama: «Damos la bienvenida a... ¡Pringadillo Pérez!». Nuevo cartel, nuevos aplausos y, a la señal del regidor, salgo a escena.
―¡Buenas noches, Pringadillo!
―Buenas noches ―contesto.
―¿Certificas que vienes por propia voluntad y que no has sido coaccionado en manera alguna?
―Por supuesto. Vengo encantado por poder salir en la tele.
―Bien, Pringadillo, pues ya te han informado de lo que tienes que hacer. Te meterás en la caja, nuestra querida Morena Maciza accionará el disparador de fotones y te dejaremos unos minutos ahí dentro. Lo que queremos que hagas es que dejes constancia de tu estado vivo-muerto, para lo que te damos este kit de papel, bolígrafo y linterna. ¿Ok?
―Ok ―respondo.
La morena maciza me coge suavemente del brazo y me acompaña hasta la caja. Me ayuda a introducirme en ella, me entrega el kit con ternura y me guiña el ojo al tiempo que cierra la caja.
Se hace la oscuridad. Escribo.
Pienso en la morena maciza.
Me siento extraño.
¿Estoy vivo?
¿Estoy muerto?
¿Estoy? ¿Existo?
Existir. Curiosa palabra.
René Descartes dudó de su propia existencia, hasta que formuló el 'cogito'.
Cogito ergo sum.
Pienso, luego existo; en una popular e imprecisa traducción.
Yo estoy pensando, luego debo existir.
Pero, ¿importa realmente? Porque, ¿cuál es el sentido de existir si lo haces dentro de una caja?
Queda reducido a una variable booleana. Cero o uno. Más allá: nada.
Se me antoja, entonces, que el mero acto de pensar no es suficiente para existir.
Necesito un testigo que certifique mi existencia.
Un alguien en el que proyectarme y poder verme reflejado.
Un 'otro' que dé sentido a la soledad de esta caja.
Pienso en Morena Maciza.
Ojalá estuviese conmigo, aquí dentro, y pudiésemos practicar juntos el cogito.
Me siento extraño.
¿Estoy vivo?
¿Estoy muerto?
¿Estoy? ¿Existo?
Existir. Curiosa palabra.
René Descartes dudó de su propia existencia, hasta que formuló el 'cogito'.
Cogito ergo sum.
Pienso, luego existo; en una popular e imprecisa traducción.
Yo estoy pensando, luego debo existir.
Pero, ¿importa realmente? Porque, ¿cuál es el sentido de existir si lo haces dentro de una caja?
Queda reducido a una variable booleana. Cero o uno. Más allá: nada.
Se me antoja, entonces, que el mero acto de pensar no es suficiente para existir.
Necesito un testigo que certifique mi existencia.
Un alguien en el que proyectarme y poder verme reflejado.
Un 'otro' que dé sentido a la soledad de esta caja.
Pienso en Morena Maciza.
Ojalá estuviese conmigo, aquí dentro, y pudiésemos practicar juntos el cogito.
Tras un redoble de tambores, Morena Maciza, con su sonrisa perpetua, abre la caja y retira mi cadáver.
Más información:
YouTube: Mecánica cuantica: el gato de Schrodinger
http://es.wikipedia.org/wiki/Gato_de_Schrödinger
http://es.wikipedia.org/wiki/Cogito_ergo_sum
Más información:
YouTube: Mecánica cuantica: el gato de Schrodinger
http://es.wikipedia.org/wiki/Gato_de_Schrödinger
http://es.wikipedia.org/wiki/Cogito_ergo_sum
¡Cuantica mecánica!
ResponderEliminarNi en cierta-fricción me metía ahí para salir por la tele. Encima sin la morena encima.
Encuentro que hay que dar más detalles de la morena (¿mulata o de cabello negro?)y de la cara del "pringao"; supongo que se apellida "del quince".
Joan
En realidad no se llama Morena Maciza, sólo es su nombre artístico. Pero si te interesa, te puedo pasar una foto y su número de móvil.
ResponderEliminarEs una prima mía, así que yo no tengo nada que hacer, por lo de la consanguinidad. Jejeje.