Esto es que era el hijo de La Muerte que, admirado del respeto que su padre infundía y del porte aterrador que túnica y guadaña proyectaban, díjole a su atareado progenitor: «Padre, ¿cuándo podré yo matar como lo haces tú?». La Muerte, con una sonrisa esbozada en la profundidad del interior de la capucha, díjole con ternura: «Matar no es tan sencillo, hijo. Algún día heredaras mi responsabilidad. Cuando estés preparado». El hijo de La Muerte, con el fervor de la juventud calcificado en sus tiernos huesos, respondióle: «Pero padre, ya estoy preparado. Puedo matar como el mejor. Pruébeme». Y La Muerte, con la sabiduría de perro viejo, concedióle: «Séase pues que dispondrás de diez hectáreas
de las que deberás erradicar la vida en su totalidad.
Si lo consigues, heredarás mi puesto.»
El hijo de La Muerte, loco de alegría, dirijióse con premura hacia sus diez hectáreas e inspeccionolas. Vivían allí una familia de granjeros ―madre, padre, hija nonata y hermano bastardo―, perro labrador, manada de vacas, piara de cerdos, mula terca, gallinas ponedoras y gallo trasnochador. «Presas fáciles», pensose el hijo de La Muerte y, con destreza innata, a todos muerte dio, con limpia pasada de su guadaña de juguete por el gaznate de granjeros y animales. Tras el baño de sangre, quedáronse todos los cuerpos y trozos esparcidos y, de ellos, brotaron pronto gusanos y carroñeros. Amontonolos después, el hijo de La Muerte, en una pira grande de la que, con fuego, cuenta dio.
Preocupose, tras la purga, de flora y plantas; mala hierba la que arrancó, cultivos los que segó, setos y árboles los que taló y pequeño huerto el que arrasó. De toda aquella verdura y ramaje sobrante, a la hoguera alimentó y pudo ver, entonces, a legiones de insectos que cruzábanse impunes por el aura de las llamas. A todos y cada uno de ellos persiguió y a cada uno y a todos aplastó, en un arduo y longevo trabajo que, cuando hubo finalizado, llevole a exclamar con fastidio: «¡Oh, no! La mala hierba, de nuevo ha crecido».
Rastreóle, pues, a la tierra, la fuente de agua que a la flora traicionera sustentaba, y econtrola en un pozo profundo que en su fondo escondía, de vida, un nuevo mundo. Sapos y bacterias, lagartijas y topos, hongos y setas, musgo cavernoso y hasta algún crustáceo que vivía allí en el foso.
Con la rabia que despedía su esqueleto, el hijo de La Muerte, de las diez hectáreas el agua drenó. No dejó, ni por tierra ni por aire, de hache dos O, ni una sola molécula y, para su éxito asegurar, aquella decrépita tierra, con un manto negro cubrióla, sin permitir a luz del sol alumbrar esperanza ninguna. De nuevo, toda hierba arrancó, toda brizna de vida incendió y no hubo bicho ni insecto al que no diera fin, hasta que, el hijo de La Muerte, en la oscuridad seca y yerma de aquella extensión, extenuado de sudor y lágrimas, a contemplar su obra dipúsose.
Y fue al calor del charco que ese sudor y lágrimas formó, que de nuevo la mala hierba creció. Tras ellas, las ramas y follaje, insectos, bichos y una nueva familia de granjeros ―abuela, abuelo, hijo desviado y hermano fornido― que con su carreta, dos mulas, vaca y cabra a vivirse traían, junto a unas afiladas tijeras a las que uso dieron para abrir un hueco en el manto negro, que la oscuridad a todos confunde y no es bueno para las especies sucumbir a las tentaciones.
«¿Entiendes ahora, hijo mío ―díjole La Muerte a su derrotado sucesor― la dureza del trabajo de tu padre? La vida es una plaga, y sólo con tesón constante e infatigable trabajo se le puede poner fin».

Eso debe ser lo que le hace la reina Isabel al pobre principito de gales. Perdona la comparacion, despues de tan buen escrito.
ResponderEliminarComo se llama ese tiempo de verbo que usas?
Abrazos y que tengas felices fiestas.
No te sacaste nada del gordo? Yo un reintegro.
Suerte.
bego
Hola Bego!
ResponderEliminarEl tiempo verbal es el pretérito plusdescompuesto, que no aparece en los diccionarios de la RAE, por lo que consideraré mi texto como 'no oficial'.
Abrazos y felices fiestas también para ti y tu isla.
En cuanto al gordo, saqué lo mismo que metí: nada.
Interesante forma de ver la vida: como una plaga. De todos modos, que no se queje la Muerte que gracias a esto tiene sentido su existencia.
ResponderEliminarSaludos
Estoy de acuerdo contigo, Wambas. La muerte no se puede quejar, nunca le falta curro. Supongo que le ocurrirá lo mismo que a todos, que nos quejamos por vicio.
ResponderEliminarMuchas gracias por tu comentario.