
Siempre se paraba al llegar a la Avenida. Siempre. No estaba más allá de dos manzanas de su casa; el cruce de caminos desde el que partía la interminable avenida, hacia quién sabe dónde, que nunca había recorrido. Se detenía en la esquina, junto a un quiosco que vendía golosinas, y esperaba, paciente, hora tras hora a que alguien se acercase y amablemente le dijese su propia edad. Cuando el anochecer tomaba las calles y la iluminación pública se encendía, regresaba, abatido, a su casa.
Hacía tiempo que el espejo había dejado de devolver su imagen. Él se sentía viejo, pero no podía comprobar cuánto. Tenía la impresión de que incluso el resto del mundo tampoco era capaz de verle. En las horas que pasaba en su esquina de la Avenida solía preguntar a los transeúntes: «Disculpe...» «Perdone...» «Sería tan amable...», pero nadie se inmutaba, como si se hubiera vuelto invisible. Ahora, ni siquiera se molestaba en intentar establecer contacto, se limitaba a observar las miradas con la vana esperanza de que alguna reparará en él.
No siempre fue así. Cierto que no recordaba el momento en el que el espejo dejó de devolver su imagen pero no tan alejado en el tiempo sí que conoció a alguien, una chica, que acudía a la misma esquina en busca de quien le dijera si su voz sonaba feliz.
Allí se conocieron, en su esquina, con la mirada puesta en la Avenida. «¿La has caminado alguna vez?», preguntó ella. «Nunca», contestó él. «Yo tampoco. Pero ya no me importa, porque te he encontrado». Él le aseguraba, sinceramente, que su dulce voz sonaba feliz. Ella lo miraba y con una tierna sonrisa le decía «tienes seis años». Él estuvo tentado en alguna ocasión de proponer un paseo por la Avenida. No lo hizo. Se quedaron en la esquina viéndose y escuchándose. Hasta que un día ella se olvido su sonrisa. Él, sinceramente, le dijo «hoy tu voz ya no suena feliz». Al día siguiente, ella no regresó. Ni nunca más.
Él quedó allí, todos los días en su esquina, sin nadie que le dijese su edad, con la falsa esperanza de que ella regresaría, con el rabillo del ojo puesto en la larga Avenida que nunca había recorrido y con la certeza de que cada día sería un poco más difícil hacerlo.
Un día, cuando el anochecer estaba a punto de tomar las calles y la iluminación pública amenazaba con encenderse, se dispuso a emprender el camino de regreso a casa, con la fortuna de que su pierna, la misma que últimamente le había comenzado a fallar, tropezó y en un traspiés le hizo dar varias zancadas hacia la Avenida, hasta apoyarse en el semáforo que la cruzaba. Estaba en verde.
Alguien a su lado le preguntó: «¿Se encuentra bien? ¿Quiere que le ayude a cruzar?».
«Por favor», respondió él.
Hacía tiempo que el espejo había dejado de devolver su imagen. Él se sentía viejo, pero no podía comprobar cuánto. Tenía la impresión de que incluso el resto del mundo tampoco era capaz de verle. En las horas que pasaba en su esquina de la Avenida solía preguntar a los transeúntes: «Disculpe...» «Perdone...» «Sería tan amable...», pero nadie se inmutaba, como si se hubiera vuelto invisible. Ahora, ni siquiera se molestaba en intentar establecer contacto, se limitaba a observar las miradas con la vana esperanza de que alguna reparará en él.
No siempre fue así. Cierto que no recordaba el momento en el que el espejo dejó de devolver su imagen pero no tan alejado en el tiempo sí que conoció a alguien, una chica, que acudía a la misma esquina en busca de quien le dijera si su voz sonaba feliz.
Allí se conocieron, en su esquina, con la mirada puesta en la Avenida. «¿La has caminado alguna vez?», preguntó ella. «Nunca», contestó él. «Yo tampoco. Pero ya no me importa, porque te he encontrado». Él le aseguraba, sinceramente, que su dulce voz sonaba feliz. Ella lo miraba y con una tierna sonrisa le decía «tienes seis años». Él estuvo tentado en alguna ocasión de proponer un paseo por la Avenida. No lo hizo. Se quedaron en la esquina viéndose y escuchándose. Hasta que un día ella se olvido su sonrisa. Él, sinceramente, le dijo «hoy tu voz ya no suena feliz». Al día siguiente, ella no regresó. Ni nunca más.
Él quedó allí, todos los días en su esquina, sin nadie que le dijese su edad, con la falsa esperanza de que ella regresaría, con el rabillo del ojo puesto en la larga Avenida que nunca había recorrido y con la certeza de que cada día sería un poco más difícil hacerlo.
Un día, cuando el anochecer estaba a punto de tomar las calles y la iluminación pública amenazaba con encenderse, se dispuso a emprender el camino de regreso a casa, con la fortuna de que su pierna, la misma que últimamente le había comenzado a fallar, tropezó y en un traspiés le hizo dar varias zancadas hacia la Avenida, hasta apoyarse en el semáforo que la cruzaba. Estaba en verde.
Alguien a su lado le preguntó: «¿Se encuentra bien? ¿Quiere que le ayude a cruzar?».
«Por favor», respondió él.
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