
Nunca he llegado a entender del todo a la gente que, en algún momento de su vida, decidió pasarse al lado oscuro. Son aquellos que nadan contra corriente, no porque tengan una arraigada creencia en sus valores, sino porque es la forma fácil de sentirse diferente. Es el camino rápido hacia la auto-afirmación.
Son aquellos que se alegran cuando se rompe el coche de Fernando, o que adulteran la humanidad de Pep, o que devalúan la técnica de Rafael, o que consideran que la arrogancia de Jorge frente a la humildad de Daniel le desmerecen para el éxito, o que añoran arrogantes los tiempos de Miguel y afirman que Alberto no es rival para un tal Lance. Son aquellos que siempre tienen un pero en la boca cuando la selección de baloncesto se alza a la cumbre, que celebran más los fracasos ajenos que los triunfos propios, los que reniegan del espacio que ocupan los deportes en televisión ―cabría preguntarse cuándo una crónica política nos ha proporcionado una felicidad comparable, cuándo nos ha proporcionado felicidad alguna―. Son, también, aquellos que no tienen reparos en juzgar ―prejuzgar― a gente que pone lo que tiene para intentar alcanzar un objetivo ―dudar de su integridad y del trabajo de todos los anónimos que tienen detrás, es una gran falta de respeto―. Son, en definitiva, aquellos que no contemplan la felicidad como un estado social deseable sino como un triunfo individual y vanidoso. Una cura temporal para su inseguridad.
Ayer ―domingo, 11 de julio de 2010―, cuando Andrés marcó el gol, épico, el más importante de la historia del deporte de nuestro país, lo grité con el alma, igual que la gente que me rodeaba en aquel momento. Pero enseguida me recompuse. No había acabado, quedaban dos minutos. No fue hasta que pitó el final que respiré tranquilo. Entonces me di cuenta de lo que había pasado. Éramos campeones del mundo. Se dice pronto. ¡Campeones del mundo! Y entonces, algo inesperado me subió desde el estómago, una congoja de irremediable felicidad. Me brotaron las lágrimas y lloré como un niño. Todavía ahora me emociono sólo de pensarlo. No se trataba sólo de fútbol, de deporte. Hay mucho más. Está detrás, sobre la espalda, presiona en la nuca, y lo llevamos todos. Es nuestra historia, con sus tabúes y miradas desviadas, con la bandera secuestrada, con el escudo institucional escondido detrás del logotipo de una bebida alcohólica, con el mito de las dos españas, la identidad nacional y el estatut, la crisis, la caspa, las castañuelas y los lunares, la siesta y los demás tópicos… De repente, nada importaba. Miraba a mi alrededor y sólo veía amigos.
Entre tanta gente, me pregunté quién faltaba, y me acordé de los del lado oscuro. A la gran felicidad que sentía, se le sumó una ola de compasión. Por ellos. Porque habían decidido no asistir a una fiesta a la que estaban invitados. Porque se lo estaban perdiendo. Y hay cosas que nunca se vuelven a repetir.
Son aquellos que se alegran cuando se rompe el coche de Fernando, o que adulteran la humanidad de Pep, o que devalúan la técnica de Rafael, o que consideran que la arrogancia de Jorge frente a la humildad de Daniel le desmerecen para el éxito, o que añoran arrogantes los tiempos de Miguel y afirman que Alberto no es rival para un tal Lance. Son aquellos que siempre tienen un pero en la boca cuando la selección de baloncesto se alza a la cumbre, que celebran más los fracasos ajenos que los triunfos propios, los que reniegan del espacio que ocupan los deportes en televisión ―cabría preguntarse cuándo una crónica política nos ha proporcionado una felicidad comparable, cuándo nos ha proporcionado felicidad alguna―. Son, también, aquellos que no tienen reparos en juzgar ―prejuzgar― a gente que pone lo que tiene para intentar alcanzar un objetivo ―dudar de su integridad y del trabajo de todos los anónimos que tienen detrás, es una gran falta de respeto―. Son, en definitiva, aquellos que no contemplan la felicidad como un estado social deseable sino como un triunfo individual y vanidoso. Una cura temporal para su inseguridad.
Ayer ―domingo, 11 de julio de 2010―, cuando Andrés marcó el gol, épico, el más importante de la historia del deporte de nuestro país, lo grité con el alma, igual que la gente que me rodeaba en aquel momento. Pero enseguida me recompuse. No había acabado, quedaban dos minutos. No fue hasta que pitó el final que respiré tranquilo. Entonces me di cuenta de lo que había pasado. Éramos campeones del mundo. Se dice pronto. ¡Campeones del mundo! Y entonces, algo inesperado me subió desde el estómago, una congoja de irremediable felicidad. Me brotaron las lágrimas y lloré como un niño. Todavía ahora me emociono sólo de pensarlo. No se trataba sólo de fútbol, de deporte. Hay mucho más. Está detrás, sobre la espalda, presiona en la nuca, y lo llevamos todos. Es nuestra historia, con sus tabúes y miradas desviadas, con la bandera secuestrada, con el escudo institucional escondido detrás del logotipo de una bebida alcohólica, con el mito de las dos españas, la identidad nacional y el estatut, la crisis, la caspa, las castañuelas y los lunares, la siesta y los demás tópicos… De repente, nada importaba. Miraba a mi alrededor y sólo veía amigos.
Entre tanta gente, me pregunté quién faltaba, y me acordé de los del lado oscuro. A la gran felicidad que sentía, se le sumó una ola de compasión. Por ellos. Porque habían decidido no asistir a una fiesta a la que estaban invitados. Porque se lo estaban perdiendo. Y hay cosas que nunca se vuelven a repetir.
Interesante reflexión, muy parecida a la mía en mi último relato.
ResponderEliminarYo soy un poco ese lado oscuro, pero sin negro ni blanco, matices grises. Cuando Iniesta metió el gol me alegré de corazón y grité en el bar como el que más. Pero, incluso cuando el Barça de mi corazón gana, siempre existe algo dentro de mí que amarga un poco el sabor de la victoria, y suele ser la manipulación que se realiza de esa victoria para uno u otro interés, es decir, no consigo identificarme al 100% con ninguna causa pues desconfío de la utilización que se va a hacer de ella. Por eso no fui a la manifestación el sábado, y por eso tampoco me sentí completamente feliz el domingo.
Respeto por completo tu sentimiento, y ojalá yo lo tuviera también, pero mi sentido arácnido me alerta siempre de que nada es gratis, y me pregunto cuál será el precio a pagar por esos momentos de felicidad.
De todos modos, tampoco soy de los que demonizan a los exitosos...no tengo nada en contra de Alonso ni de Nadal, y admiro a Contador, pero no me preguntes por Lorenzo porque no lo acabo de tragar, soy de Pedrosa, jejeje.
Un saludo
Quizá, Wambas, sea una cuestión de perspectiva, de saber situarse. Yo reconozco que fallo en muchos aspectos cotidianos, como por ejemplo: no soy capaz de disfrutar de un buen banquete. Sé que me lo pierdo, pero me puede la condición, la gula será el último de mis pecados. Sin embargo, en el plano deportivo no es el caso. Me siento increíblemente afortunado de disfrutar esta época dorada del deporte español. Y hablar de deporte catalán, madrileño, vasco, latino o del equipo del barrio sólo es hacer subconjuntos. Desde donde estoy lo veo todo y me identifico plenamente.
ResponderEliminarMe alegro de que Pepe perdiera la porra. Como dijo el caballero del grial a Indiana Jones: Eligió mal.
jajaja, Pepe perdió la porra pero su equipo ganó el partido. Lo tenías que ver saltando con la botella de cerveza en una mano y con la otra señalándose el dorsal de su camiseta de Stamford Bridge, el mismo de aquella noche mágica para los culés. ¿Acertó en la sensación agridulce?, pues un poco. Pero creo que con el tiempo está aprendiendo a reconocer que todo el mundo intentará manipular las victorias y las cagadas, y lo importante son las experiencias vividas, más allá de los putos análisis de esas experiencias.
ResponderEliminarSaludos
Tengo 2 disfraces con los mismos colores y al ponérmelos me parece el lado oscuro en ambos casos.
ResponderEliminarCelebre la victoria de España como el español más casposo. Me alegre de todo corazón. No estoy seguro del motivo de tan gran alegría, dejando a tras, la gran hazaña de ser campeones del mundo, quizás el motivo fue que más del 50% eran catalanes o que forman un grupo de amigos de todos lados y eso es lo más grande. Da igual, me sentí feliz.
Del mismo modo que me sentí, en la manifestación contra la sentencia del "estatut". Tantas banderas catalanas juntas y acentos de diferentes rincones de catalunya, también me sentí del mismo modo.
Estoy en el lado más oscuro de todos. Me siento el más traidor de todos. Alguien hace tiempo, me decía : "Esquirol". Doctor, Doctor. Estaré enfermo ?
Destruiré todas y cada una de tus naves. no tienes derecho al éxito ya que aún continuo esperando el cumplimiento de tu promesa... Qué placer militar en el Lado Oscuro, aunque más tarde llore desesperado porque no entiendo que hago en él.
ResponderEliminarLord Rodwar dixit.
Oh, no! Mi archienemigo, Lord Rodwar. ¡Ríndete, truán! Jamás derrotarás a las fuerzas de la luz.
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