
Al llegar al pie del bordillo, el semáforo estaba en rojo, por lo que, como ciudadano educado que se consideraba, se detuvo a la espera de su tiempo, pese a que no se veía venir ningún vehículo por la calzada. A su alrededor, los viandantes hacían caso omiso de la prohibición y cruzaban sin más. Entonces, una idea tonta le vino a la cabeza: ¿Qué pasaría si no cruzo? Y como estatua desafiante, se plantó donde estaba a la espera de dar respuesta a su estúpida pregunta.
El semáforo cambió. Se puso verde, sin que ello conllevase cambio alguno para el resto de gente que pasaba por allí. Alguno volvió la mirada extrañado de ver a alguien tan quieto, que no pasaba ni siquiera cuando no estaba en rojo, pero fueron los menos y acto seguido volvieron a sus asuntos: Caminar deprisa y mirar de no atropellar algún excremento del suelo.
Así pasó un ciclo, pero al observar que nada de interés había ocurrido por desaprovechar su oportunidad de paso, se dijo: ¿Por qué no esperar de nuevo? Total, no iba a ningún sitio importante.
El segundo ciclo del semáforo no supuso nada nuevo, por lo que decidió esperar un tercero, un cuarto, un quinto… Hasta que perdió la cuenta.
La gente que varias horas atrás había cruzado por allí, quizá en dirección al trabajo, ahora volvía en sentido contrario. Seguían sin respetar la señal y cruzaban si más cuidado que constatar que ningún loco del volante se acercaba a imprudente velocidad, pero al reparar en el extraño que estaba plantado al pie de la calzada recordaban haberlo visto en el mismo sitio cuando ellos iban. Ahora que volvían y que una parte del día de una parte del año de una parte de sus vidas había pasado, probablemente con la misma trascendencia con la que lo había hecho para el sujeto que ni se había movido de allí, pese a las sucesivas oportunidades que el semáforo le había dado, no podían evitar preguntarse por el sentido de aquello. Los más extrovertidos se acercaban y preguntaban: ¿Se encuentra usted bien? ¿Quiere que le ayude a cruzar? Pero la respuesta era siempre la misma: No ocurre nada, estoy bien, sólo espero a ver qué pasa.
Y parecía que no pasaba nada. Pero después de tantas horas a la espera, después de lo invertido en aquella pregunta estúpida: ¿Cómo dejarlo ya? ¿Y si ocurría algo ahora, precisamente un ciclo después de haber dejado de esperar?
No, no podía abandonar. Esperaría allí a ver qué ocurría. Aunque su tiempo se fuese en ello.
El semáforo cambió. Se puso verde, sin que ello conllevase cambio alguno para el resto de gente que pasaba por allí. Alguno volvió la mirada extrañado de ver a alguien tan quieto, que no pasaba ni siquiera cuando no estaba en rojo, pero fueron los menos y acto seguido volvieron a sus asuntos: Caminar deprisa y mirar de no atropellar algún excremento del suelo.
Así pasó un ciclo, pero al observar que nada de interés había ocurrido por desaprovechar su oportunidad de paso, se dijo: ¿Por qué no esperar de nuevo? Total, no iba a ningún sitio importante.
El segundo ciclo del semáforo no supuso nada nuevo, por lo que decidió esperar un tercero, un cuarto, un quinto… Hasta que perdió la cuenta.
La gente que varias horas atrás había cruzado por allí, quizá en dirección al trabajo, ahora volvía en sentido contrario. Seguían sin respetar la señal y cruzaban si más cuidado que constatar que ningún loco del volante se acercaba a imprudente velocidad, pero al reparar en el extraño que estaba plantado al pie de la calzada recordaban haberlo visto en el mismo sitio cuando ellos iban. Ahora que volvían y que una parte del día de una parte del año de una parte de sus vidas había pasado, probablemente con la misma trascendencia con la que lo había hecho para el sujeto que ni se había movido de allí, pese a las sucesivas oportunidades que el semáforo le había dado, no podían evitar preguntarse por el sentido de aquello. Los más extrovertidos se acercaban y preguntaban: ¿Se encuentra usted bien? ¿Quiere que le ayude a cruzar? Pero la respuesta era siempre la misma: No ocurre nada, estoy bien, sólo espero a ver qué pasa.
Y parecía que no pasaba nada. Pero después de tantas horas a la espera, después de lo invertido en aquella pregunta estúpida: ¿Cómo dejarlo ya? ¿Y si ocurría algo ahora, precisamente un ciclo después de haber dejado de esperar?
No, no podía abandonar. Esperaría allí a ver qué ocurría. Aunque su tiempo se fuese en ello.

Por un momento pensé que le iban a tirar monedas.
ResponderEliminarJoan
Pues no estaría mal. Quizá así tendría algo de sentido dejar pasar el tiempo sin más.
ResponderEliminarDe hecho, creo que los de la generación ni-ni hacen algo parecido.
Yo pensé que se iba a convertir en el icono del semáforo rojo. El señor que está parado. En Meridiana había un semáforo en el que se había torcido el cristal y el señor rojo estaba caído. Siempre que pasaba por delante yo pensaba que se había tumbado a descansar después de tantos años de pie. Hace poco lo sustituyeron por un flamante semáforo de leds... qué lástima... ya nos habíamos hecho amigos.
ResponderEliminar