
Las nuevas tecnologías exigían un notable esfuerzo de adaptación a personas curtidas en otros tiempos. De ello se daba perfecta cuenta Julio Asenjo, un niño que a sus quince años se manejaba entre aparatos electrónicos con infinita más soltura que sus padres. Así era cómo había conseguido la clave de la caja fuerte, aquel cubo metálico que los señores Asenjo tan celosamente escondían tras un cuadro de la pared, y que había sido tan fácil de abrir. Bastó con curiosear por la agenda electrónica con la que su padre había sustituido a su gastada memoria de toda la vida, la cerebral, la analógica.
No sólo le habían dejado vía libre para hacerse con la clave, sino que además, a las largas jornadas ordinarias de trabajo que acostumbraba el señor Asenjo, se le habían sumado las intensas sesiones de gimnasio a las que se había apuntado la señora Asenjo, por lo que las tardes se habían convertido en un nuevo espacio-tiempo en el que Julio Asenjo campaba por casa a sus anchas. Así se lo había hecho saber a su hermano, Manolo Asenjo, tres años menor, al que se encargaba de cuidar. «La casa es nuestra», le había dicho, «podemos merendar lo que queramos».
Y en una de esas tardes, decidió que iba a compartir su secreto. Llevó a Manolo, Manolín, como le gustaba que le llamaran, frente al cuadro y al abrirlo y mostrarle el frontal de la caja fuerte le preguntó: «¿Quieres saber la clave?». Por supuesto que quería. «Pero recuerda, que debes dejar todo como estaba».
Tras varios minutos curioseando por el interior, Manolín apareció con los ojos surtidos de lágrimas y sorbiéndose los mocos. En su mano colgaba un papel con un encabezado que rezaba «Certificado de Adopción». Debajo, su propio nombre y un montón de sellos y firmas. Julio se dio cuenta de que su hermano se había puesto más amarillo de lo que ya era. Miró sus ojos rasgados y pudo ver la profunda decepción que le acababa de suponer enterarse de aquella noticia. ¿De verdad no tenía la más mínima sospecha?
La verdad muchas veces duele
ResponderEliminarMe ha encantado. Y me ha hecho pensar en la cantidad de gente que sin tener la certeza de algo no reacciona, se agarra a la posibilidad cómoda que resulta no creerlo. Así pues, supongo que realmente es necesario ofrecer al mundo pruebas de los hechos más evidentes.
ResponderEliminar¡Que hermanastro + cabrón!
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