A finales del S.XV, durante un frío invierno, el gremio de copistas, encabezado por Fray Warner, se reunió en las cercanías de Milán para discutir sobre la nueva tecnología que se estaba extendiendo por Europa, eso que llamaban imprenta. «Están utilizando este invento del dominio para realizar copias de libros», argumentaba Warner. «Copias, más baratas», continuó sobre las exclamaciones indignadas del resto del gremio, «que además distribuyen sin nuestro consentimiento. ¿Os dais cuenta de lo que esto puede significar? ¿De lo que podría pasar si todo el mundo supiese leer y tuviese acceso a los libros?».
—¡A la hoguera! —Exclamó Fray Lamar—. ¡Quemémosles a todos!
«No, mi querido amigo», respondió Fray Warner con parsimonia. «Ése no es nuestro estilo. Lo que haremos es dictar una ley para prohibir su uso».
El resto del gremio asintió satisfecho. Tachar aquella nueva tecnología que dejaría obsoleta la magnífica labor llevada a cabo por los monjes y frailes copistas desde hacía varios siglos, como un invento del demonio y castigar su uso en nombre de Dios, era una buena estrategia.
—Pero.. ¿Y si alguien la utiliza para imprimir sus propios manuscritos? —Apuntó Fray Anonymous—. ¿No estaremos coartando su libertad?
Tras un breve instante de silencio, la sala estalló en carcajadas. «¿Quién va a tener algo que escribir más interesante que la Biblia?», dijo Fray Warner, todavía con lágrimas en los ojos. «Mi joven aprendiz, todavía tienes mucho camino que recorrer».
—Pero… Pero… —Quiso insistir Fray Anonymous—. ¿No podríamos nosotros utilizar la imprenta también?
El resto del gremio saltó como un resorte, de pie, totalmente indignados ante la blasfemia del joven. Echaron al infiel a patadas. «¡No eres digno de estar entre nosotros!», le gritó Fray Warner. Cuando el traidor hubo abandonado la sala y se calmaron los nervios, los copistas se sentaron en torno a la mesa para cenar.
—¿Y cómo vamos a llamar a la ley? —Preguntó Fray Lamar.
«Ya lo pensaremos. Quizás se nos ocurra algo después de comer la SOPA».
Fuera, en las calles más oscuras y frías que Milán recordaba haber vivido en lustros, Fray Anonymous se alejaba convencido de que más pronto que tarde la tecnología de la imprenta se impondría y el gremio de copistas reconocería su error. O no. Quizás para ellos, ese momento llegaría demasiado tarde.
—Perdónalos porque no saben lo que hacen —dijo mirando al cielo.
Referencias:
- Si la ley SOPA hubiese existido hace 10 años...
- Álex de la Iglesia: «¿Qué pasa ahora con los contenidos legales de Megaupload?
- Anonymous replica al cierre de Megaupload atacando webs del Gobierno
- Google Noticias - del 16/01/2012 al 20/01/2012: SOPA

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