
El padre de Iñaki era el tendero del barrio. De entre toda la variedad de productos que exponía en su colmado, había uno que llamaba especialmente la atención, sobre todo a los ojos de los niños que asomaban sus narices por encima del mostrador: un enorme cubo de plástico transparente repleto de piruletas. Iñaki tampoco era inmune a tan dulce reclamo y, pese a que su padre le había dicho «siempre que quieras una, sólo tienes que pedírmela», se le hacía la boca agua cada vez que regresaba de la escuela y pasaba por el lado del tentador cubo.
Una tarde, tras las clases, regresaba con su amigo Eltrepa y al despedirse frente al colmado, éste le dijo: «Oye, Iñaki, ¿te atreverías a meter la mano en el cubo de las piruletas?» Lo cierto era que Iñaki siempre había sido un niño echado para adelante, competitivo en los partidillos de fútbol en el recreo y que gustaba de considerarse valiente. No se paró a pensar en la necesidad que tenía de agarrar unas cuantas piruletas, sino en el desafío que Eltrepa le acababa de proponer. «Pues claro que me atrevo», respondió, «tú distrae a mi padre». Pocos minutos más tarde, los dos niños estaban a la vuelta de la esquina, repartiéndose el botín. Cinco piruletas para Iñaki y tres para Eltrepa, las que le habían entrado en el puño.
Aquella misma tarde, Iñaki estaba en su habitación, intentando justificar lo que había hecho. Su padre le daba una piruleta cada vez que la pedía, por tanto, reunir cinco era tan sólo una cuestión de tiempo. Meter la mano en el cubo sólo había adelantado acontecimientos, no le había dado nada que tarde o temprano no pudiese conseguir. De la misma forma, si en vez de un puño, cogía dos, tampoco supondría una gran diferencia. Incluso, pensó, si proponía a su padre ayudarlo a rellenar el cubo con las cajas que había en el almacén, podría apartar alguna de vez en cuando. Además, argumentó, podría vender parte de esa caja en clase. Total, no se iba a comer una caja entera de piruletas él solo, y así podría sacar algo de dinero que ya no tendría que pedir a su padre. Aunque para eso, decidió, iba a necesitar ayuda para distribuir las piruletas. Tenía que contarle la idea a Eltrepa.
Y es que la inspiración está frente a nuestras narices... solo hay que alargar la mano, verdad Nacho?
ResponderEliminarMuy oportuno, gracias. Te comparto.
María G.
Ya hacía tiempo que no colgabas nada...hasta que apareció la víctima propicia, jejeje.
ResponderEliminarUn saludo y feliz año
Hola, María! Muchas gracias por tu comentario. Tienes toda la razón, quién no ha deseado nunca agarrar esa piruleta de colores? Feliz año!
ResponderEliminarHola, Wambas. Es cierto, han sido unos cuantos meses sin darle al boli. Y lo peor de todo, no tengo excusas :) Muchas gracias por seguir por aquí, leyendo. Un abrazo y feliz año!
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