El profesor trató de recordar la escena: Baltasarín señalaba acusatoriamente a Paquito. «Se ha comido mi bollicao», decía. Mientras tanto, Paquito se relamía los labios; tenía restos de chocolate en el hocico y en las manos. Con una, sostenía el cromo, con la otra, el envoltorio. Cuando el profesor llegó hasta él, le dijo con la soltura propia de un crío: «yo no he sido».
¿Tenía Paquito las manos sucias? El profesor no tenía duda alguna al respecto. Pero esa no había sido la pregunta del director. La pregunta había sido «¿Vio o no vio usted a Paquito comerse el bollicao de otro niño?». A su derecha, en el mismo despacho, los papás de Paquito esperaban la respuesta con la barbilla levantada. El profesor no pudo dejar de notar la caspa depositada en los hombros del padre y la colorida peineta con la que la madre adornaba sus cabellos. El niño había afirmado por activa y por pasiva que él no había sido.
—No. No lo vi —reconoció el profesor.
A la izquierda del despacho, los padres de Baltasarín exclamaban indignados «pero si tenía los resto del chocolate en los morros», a lo que el director respondió con mirada condescendiente. «Pero si tenía el cromo en la mano», insistían.
—Lo lamento —concluyó el director—. No tenemos pruebas concluyentes de que Paquito sea culpable.
El profesor abandonó el despacho con un extraño sentimiento de impotencia. Fuera, los dos niños esperaban sentados en un banquillo. Pudo escuchar como Paquito le decía a Baltasarín «me las vas a pagar, chivato».
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