miércoles, 23 de diciembre de 2009

cARta a la directora



Mis muy respetados ustedes:

Ya no es solo el hecho de que no hayan publicado ninguna de mis ciento veintisiete cartas al director, sino que no hayan tenido la educación de responder a los repetidos e injustos insultos y descalificaciones que les he proferido con puntual constancia. Entiendo que encontrar un hueco en su tabloide para publicar las expresiones soeces de mis misivas no es tarea fácil, que no sería justificable para sus lectores, el incluir en sus páginas unos motivos tan claramente ofensivos. Entiendo, incluso, que sientan una ferviente hostilidad hacia mi persona y tengan decidido, de antemano, que ninguna de mis palabras verá la luz en su medio. Pero lo que no quiero entender es que no tengan el detalle moral de hacerme llegar una mínima, minúscula, testimonial, aunque sea, respuesta a mis improperios. ¿Acaso no se dan cuenta del porqué de mis ganas de llamar la atención? Necesito amor, ¡coño! —Con perdón—. Creo que eso no es tan difícil de entender.

¿Por qué no lo han hecho? Yo se lo diré: porque no son ustedes muy diferentes a los personajillos que sacan en portada. ¡Cuánto echo de menos los desaparecidos tiempos en los que esto —me estoy llevando la mano al corazón, no a los genitales— era capaz de mover el mundo!

Tengo setenta y ocho años. He sacado a bailar a preciosas mujeres en desaparecidos guateques. He llorado el rechazo en trece ocasiones. Dos veces viudo. Tengo dos hijos y una hija. Guardo, con cariño, un mechón de pelo de mi primer amor. Conservo un cofre con quinientas setenta y una fotografías en blanco y negro. Estuve en París, cuando París era París. Y de vacaciones en Roma. Nunca he permitido que una señorita pagase la cuenta. He pasado más tiempo soñando que dormido. Poseo, cuidadosamente clasificadas por fecha, más de mil quinientas facturas de hotel; ninguna, de habitación simple. Y ustedes, que se hacen llamar prensa del corazón y que pretenden llevar hasta nuestras casas lecturas que ensalcen la grandiosidad del amor, ustedes… no hacen más que publicar tonterías y cotilleos de pseudofamosos que se mueven por esto —me estoy llevando la mano a la cartera, no al corazón— y que son capaces de hipotecar sus vidas, sin conocer el valor del precio de lo que sacrifican. Ustedes, discúlpenme, son los hijos bastardos del amor.

Quizá me he hecho viejo. Pertenezco a una generación en la que la esperanza era lo último que se perdía. Por ese motivo, espero impaciente su respuesta.

Sinceramente suyo.

martes, 22 de diciembre de 2009

La vida es una plaga

Esto es que era el hijo de La Muerte que, admirado del respeto que su padre infundía y del porte aterrador que túnica y guadaña proyectaban, díjole a su atareado progenitor: «Padre, ¿cuándo podré yo matar como lo haces tú?». La Muerte, con una sonrisa esbozada en la profundidad del interior de la capucha, díjole con ternura: «Matar no es tan sencillo, hijo. Algún día heredaras mi responsabilidad. Cuando estés preparado». El hijo de La Muerte, con el fervor de la juventud calcificado en sus tiernos huesos, respondióle: «Pero padre, ya estoy preparado. Puedo matar como el mejor. Pruébeme». Y La Muerte, con la sabiduría de perro viejo, concedióle:

«Séase pues que dispondrás de diez hectáreas

de las que deberás erradicar la vida en su totalidad.

Si lo consigues, heredarás mi puesto.»

El hijo de La Muerte, loco de alegría, dirijióse con premura hacia sus diez hectáreas e inspeccionolas. Vivían allí una familia de granjeros ―madre, padre, hija nonata y hermano bastardo―, perro labrador, manada de vacas, piara de cerdos, mula terca, gallinas ponedoras y gallo trasnochador. «Presas fáciles», pensose el hijo de La Muerte y, con destreza innata, a todos muerte dio, con limpia pasada de su guadaña de juguete por el gaznate de granjeros y animales. Tras el baño de sangre, quedáronse todos los cuerpos y trozos esparcidos y, de ellos, brotaron pronto gusanos y carroñeros. Amontonolos después, el hijo de La Muerte, en una pira grande de la que, con fuego, cuenta dio.

Preocupose, tras la purga, de flora y plantas; mala hierba la que arrancó, cultivos los que segó, setos y árboles los que taló y pequeño huerto el que arrasó. De toda aquella verdura y ramaje sobrante, a la hoguera alimentó y pudo ver, entonces, a legiones de insectos que cruzábanse impunes por el aura de las llamas. A todos y cada uno de ellos persiguió y a cada uno y a todos aplastó, en un arduo y longevo trabajo que, cuando hubo finalizado, llevole a exclamar con fastidio: «¡Oh, no! La mala hierba, de nuevo ha crecido».

Rastreóle, pues, a la tierra, la fuente de agua que a la flora traicionera sustentaba, y econtrola en un pozo profundo que en su fondo escondía, de vida, un nuevo mundo. Sapos y bacterias, lagartijas y topos, hongos y setas, musgo cavernoso y hasta algún crustáceo que vivía allí en el foso.

Con la rabia que despedía su esqueleto, el hijo de La Muerte, de las diez hectáreas el agua drenó. No dejó, ni por tierra ni por aire, de hache dos O, ni una sola molécula y, para su éxito asegurar, aquella decrépita tierra, con un manto negro cubrióla, sin permitir a luz del sol alumbrar esperanza ninguna. De nuevo, toda hierba arrancó, toda brizna de vida incendió y no hubo bicho ni insecto al que no diera fin, hasta que, el hijo de La Muerte, en la oscuridad seca y yerma de aquella extensión, extenuado de sudor y lágrimas, a contemplar su obra dipúsose.

Y fue al calor del charco que ese sudor y lágrimas formó, que de nuevo la mala hierba creció. Tras ellas, las ramas y follaje, insectos, bichos y una nueva familia de granjeros ―abuela, abuelo, hijo desviado y hermano fornido― que con su carreta, dos mulas, vaca y cabra a vivirse traían, junto a unas afiladas tijeras a las que uso dieron para abrir un hueco en el manto negro, que la oscuridad a todos confunde y no es bueno para las especies sucumbir a las tentaciones.

«¿Entiendes ahora, hijo mío ―díjole La Muerte a su derrotado sucesor― la dureza del trabajo de tu padre? La vida es una plaga, y sólo con tesón constante e infatigable trabajo se le puede poner fin».


martes, 15 de diciembre de 2009

Siete cosas que no sé y una que sí



Lunes
no sé levantarme.
No es hasta que la cama se pudre
y cae hecha pedazos
cuando debo erguirme
y con la ayuda de mis débiles brazos
aprisionar mi cabeza
y girarla ciento ochenta grados
para mirar de frente

Martes
no sé qué hago aquí.
Olvidé dónde estaba la puerta de entrada,
el motivo de mi visita,
los papeles que necesitaba
y la hora del café.
Esclavo de la inercia.

Miércoles
no sé dónde para.
La metí en el bolsillo cuando me la diste,
en una cajita al llegar a casa,
la saqué para rememorar el día 15,
la pegué con dos tiritas en mi costado,
la dejé caer cuando atardeció,
la seguí con la mirada por la mañana,
cuando la brisa nueva se la llevó
para no volver,
no volver,
no volver otra vez.

Jueves
no sé dar media vuelta
un número impar de veces.
Y huyo siempre hacia delante,
siempre mirando hacia atrás,
con los puños cerrados, tenso,
a la espera de estrellarme con la pared.

No sé qué día es hoy.

Sábado
no sé sentirme culpable.
Por haber perdido el tren,
por dejar pasar el momento,
por no tenerlas todas conmigo,
por no haber bebido de la misma copa,
por apostar a la carta más baja,
por no haberte hecho caso,
por pedirte perdón.

Lunes
no sé por qué perdí el domingo
escribiendo tonterías sobre las que no sé
cuando sólo hay una cosa sobre la que sé.
Te sé a ti.

martes, 24 de noviembre de 2009

Where the wild things are


A todos los niños se les asigna un monstruo que vive dentro de su armario. A mí me tocó uno que hablaba en inglés. No tenía unos grandes ojos inyectados en sangre, sino unos 'bloody eyes'. Su boca no eran unas enormes fauces, sino unas 'big jaws'. De sus brazos no salían unas poderosas garras, sino unas 'long claws'. Y no hablaba con una voz tenebrosa, sino con una 'creepy voice'.

Cuando aparecía por el armario, no lo hacía por sorpresa, sino 'suddenly'. No gritaba ¡Uhhh!, sino 'Uhhh!' y, claro, como yo no lo entendía, no me asustaba.

Un día, apareció 'quietly' desde dentro del 'closet' y me dijo 'I've been fired'. Después, 'he left'.

No le he vuelto a ver. Since he's gone, I can't stop being scared.