Antón Pirulero llevaba varias horas conduciendo cuando por fin llegó a casa. Era ya de madrugada y al día siguiente se levantaba temprano para ir al trabajo. Había invertido todo el fin de semana en asistir a una comunión del hijo de un pariente lejano, el mismo domingo que se disputaba la final de la Champions. ¿Cómo se permitía que nadie celebrase cualquier tipo de evento en un día tan señalado? Afortunadamente, lo tenía todo previsto. Había programado su estupendo dispositivo de almacenamiento multimedia para grabar el partido. Sin embargo, era tarde y se le cerraban los ojos, no podría verlo hasta regresar del trabajo al día siguiente, por lo que le quedaba la tarea más difícil: permanecer desinformado y conseguir salvar una jornada laboral sin enterarse de quién había ganado.
Ya había tomado las primeras medidas. Nada más abandonar el restaurante, tras la comida, apagó el móvil y no tenía intención de volver a encenderlo hasta que hubiese visto el partido en diferido.
El día siguiente comenzó con el escandaloso timbre de un viejo reloj despertador de manecillas, recuperado para la ocasión, que sustituía a la habitual radio con la que solía amanecer. Nada de noticias. Toda precaución sería poca. De hecho, se había levantado una hora antes de lo normal. Tenía intención de llegar el primero al trabajo y evitar cualquier contacto con los compañeros. El transporte público, descartado. Bastaría una mirada a los rostros de los transeúntes para tener pistas indeseadas. Cogería el coche, se dirigiría directo al parking de la empresa y de allí a su pequeña oficina. Como hombre previsor que era, ya se había encargado de planificarse las tareas de aquel lunes: una montaña de trabajo administrativo y tedioso, una excusa perfecta para permanecer diez horas frente a la pantalla, archivando y sin el más mínimo contacto humano. Para aquella tarea no sería necesario acudir a la web a consultar cualquier información, no fuese el caso de que la página recogiese información sobre el resultado. Por supuesto, nada de comprobar el correo electrónico ni de entrar en las múltiples redes sociales que frecuentaba.
El momento más delicado sería el de la comida. Pero también había pensado en ello. Ya llevaba en la cartera un bocadillo frío. Esperaría hasta las cuatro para comer, momento en el que todos los compañeros ya habrían regresado a sus puestos, y él podría acercarse en una rápida incursión hasta la máquina de café y llevarse un cortado a la mesa para pasar las migas.
Acabada la jornada, debería asegurarse de ser el último en salir, lo cuál sería tedioso debido a la tendencia masiva de realizar horas extra. Él aguantaría firme en su puesto y en cuanto se hiciese el silencio, saldría disparado a recoger el coche del parking y regresar a casita a toda velocidad, donde le esperarían dos cervezas, palomitas y la gran final de la Champions desde su sofá.
Aquel era su plan. Difícil, era consciente de ello, pero se sentía con fuerzas para esquivar a los medios de información durante diez horas. Resuelto, recogió la cartera, se puso la americana y salió de casa. En cuanto abrió la puerta, pudo ver en el suelo un panfleto de propaganda del Pizza Fast. En él, se leía en grandes letras ‘Triste por la derrota de la Champions? Nosotros te ayudamos a olvidarte de ello. Hoy, 50% de descuento en todas nuestras pizzas individuales’.

Zas en toda la boca!!!!
ResponderEliminarSaludos
jejeje, si es que no puede uno ni salir de casa!
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