jueves, 3 de septiembre de 2009

La grassa, la dotta e la rossa

Bologna, Jueves 03 de Septiembre de 2009


Hoy no me he cambiado de calcetines.

Sé que no dice mucho a favor del cuidado de mi higiene, pero esta mañana todavía estaban calientes, del adoquinado de la calle, del polvo de la taberna, por ello me los he vuelto a poner y los voy a llevar hasta Florencia. Es un regalo.

jueves, 13 de agosto de 2009

Viajar en avión


No se trataba de que le desagradasen los viajes en avión por un tema de seguridad. Cuando el avión botaba o bajaba, bruscamente, de altitud, se le encogía el estómago como a cualquier otro; pero eso no era más desagradable que toparse con un alocado al volante que adelantase en línea continua o un desconsiderado que apoyase los pies calzados sobre los asientos de enfrente, en el compartimento del tren. No. Lo que le desagradaba de los viajes en avión era el nombre.

Cuando, varias semanas atrás se encontraba parado en un semáforo, de camino al trabajo, se preguntaba sobre lo absurdo que sería morir en un accidente de tráfico. En un tiempo muerto en el que utilizas un vehículo para trasladarte de un sitio, donde has estado haciendo cosas, a otro en el que vas a hacer cosas. Pero entre medias: nada. O la muerte, con algo de mala suerte.

Un viaje no significaba eso. Cuando uno emprendía un viaje, una variable incierta pasaba a formar parte de la ecuación. No importaba que creyeses poder encerrar en un sustantivo el lugar al que te dirigías, porque el viaje iba mucho más allá: a lo desconocido. Generalmente y, al final, tan cercano a uno mismo que lo llevaba dentro sin saberlo.

Por ese motivo, no utilizaba nunca la expresión "viaje en avión". ¿Qué tenía de viaje el estar encerrado en un supositorio, rodeado de gente con prisa por llegar, donde el contacto humano se reducía a la mera practicidad de las palabras "abróchense los cinturones" y donde cualquier conversación coloquial estaba motivada por la ansiedad de no saberse hecho para volar?

No nos debe extrañar, entonces, que cuando el gerente del hotel le preguntó, con marcado acento oriental y sin más intención que la de ser cortés, si había viajado en avión desde España, se mostrase visiblemente molesto y contestase de mala gana: "No, no he viajado en avión. Me he desplazado en avión -enfatizó a la palabra "desplazado" con un tono didáctico despectivo-. El viaje comienza ahora".

domingo, 2 de agosto de 2009

Tomás. O la grandeza de sentirse pequeño


Tomás, pese a sus doce años, nota perfectamente el nerviosismo de su padre en este día. No así su madre, que no cesa de repetir «estás loco. ¿Cómo vas a llevar al niño ahí?». El padre, ni caso.

Se acercan al estadio en autobús, muy pronto, para coger sitio en primera fila. Tomás es advertido: «nos tocará esperar mucho rato de pie, ¿te atreves?».

El padre cuelga a Tomás de la vaya de la primera fila y le protege con su cuerpo. «¿Estás bien?».

Pasan las horas. Todavía es de día cuando comienza. Tomás nota desde el primer momento que esto es especial. Ha visto por la televisión eventos de grandes magnitudes, con infinidad de parafernalia y pirotecnia. Aquí no hay nada de eso. Las pantallas gigantes se limitan a mostrar a los músicos. De cerca. Sus poros. Para los que están lejos. Él no conoce la historia del rock. Él no ha estudiado los contextos históricos que han abrazado a las grandes revoluciones musicales. No le hace falta. Tomás siente perfectamente que esto es especial.

Los músicos tocan y el Boss no tarda en acercarse a la gente. Canciones y canciones, que es de lo que se trata, y, en una de éstas, el Boss se viene hasta Tomás y le pone el micro en la boca. Tomás canta. En un correcto inglés. Porque se sabe las canciones que tantas veces le ha puesto su padre. El público sigue la acción en las pantallas gigantes y arranca a aplaudir.

Pasan más canciones y, en otra de éstas, el Boss saca su armónica y la toca. Acaba la canción y el Boss se baja nuevamente hasta el público y le da su armónica a Tomás mientras le guiña un ojo. El público observa la acción en las pantallas gigantes y rompe a gritar.

La banda toca. Tocan los instrumentos. Tocan a la gente. Todos sentimos sin rasgo de duda que esto es especial. Igual que Tomás. Porque todos nos hemos vuelto tan pequeños como él. Incluso el Boss, que lo sabe. Sabe que lo que ocurre ahí arriba, en el escenario, es tan grande que no tiene reparos en bajarse y quedarse con nosotros. Con Tomás. Conmigo.

Pasa el tiempo: tres horas y treinta mil vidas. Todos nos vamos. Pero el momento no pasa. Hemos comulgado y se quedará con nosotros. Para siempre. Tomás se lleva su armónica, estigmatizada con saliva y sudor, en una mano. Desde la otra, su padre lo observa orgulloso.

domingo, 19 de julio de 2009

40 años en la luna

En el 69 subí por primera vez a la luna. Allí me quedé.

Desde entonces me han dicho que la guerra fría acabó, que la revolución en las telecomunicaciones dio paso a un fenómeno llamado globalización, que los buenos han cambiado de istas, de los comun a los terror, que todo va cada vez más y más deprisa y que se está produciendo un cambio climático que se va a cargar el planeta. Y ante tal avalancha de acontecimientos, yo me pregunto: ¿será verdad? Y me propongo buscar aquí, en la luna, los restos del módulo lunar y la bandera ondeante; a ver si es cierto que los americanos llegaron a la Luna y que la Tierra se va a ir al carajo.

Llego al mar de la tranquilidad y no encuentro nada. Bueno, el Mare Tranquillitatis tiene casi 900 kilómetros de diámetro, quizá no sea tan fácil encontrarlos. Me siento sobre el polvo lunar y miro al cielo. Entonces, lo entiendo todo.

No hace falta subir a la Luna para estar en la luna. Poco importa si el Apollo 11 alunizó realmente, porque los que estábamos destinados a ello sí lo hicimos. Ahora, ante la majestuosa vista que tengo delante, me siento tan hermosamente insignificante que tomo una decisión: voy a dejar de buscar el módulo lunar. Será un paso insignificante para la humanidad pero un gran paso para mí.

jueves, 16 de julio de 2009

Hola, ¿hay alguien ahí?

¿Hay vida extraterrestre?

Puede parecer una pregunta más cercana a la ciencia-ficción que a nuestra realidad cotidiana. Nosotros, los ciudadanos de consumo, la asociamos rápidamente con alguna de las muchas películas sobre el tema, y solemos contestar con un sí o un no basándonos más en una creencia especulativa que en un fundamento científico. Sin embargo para los que se dedican a ello, los científicos, no es una pregunta que se discuta tras una cerveza a la salida de un cine, sino una incógnita que flota detrás de sus fórmulas matemáticas, una cuestión que se intenta abordar desde la base empírica pero que encierra en sí misma multitud de cuestiones morales y filosóficas. Intentemos acercarnos un poquito más a ella. Sólo un poquito.

Principio de Mediocridad

Copérnico fue uno de los artífices en desplazar la Tierra del centro del Universo y colocarla en órbita en torno al Sol. El Principio de Mediocridad expande la teoría de Copérnico, afirmando no sólo que no estamos en una posición privilegiada en el cosmos, sino que la Tierra es un planeta de tantos, orbitando alrededor de una estrella de tantas, que ni siquiera está en el centro de una galaxia sino a medio camino de uno de sus brazos, formando parte de un cúmulo indeterminado de galaxias. Nosotros, como sus pobladores, tampoco tendríamos nada de particular, y por probabilidad debe haber vida en otros de los miles de planetas que deben existir con condiciones similares a las nuestras.

Hipótesis de la Tierra Rara

Por contra, los hay que sostienen que nuestro planeta es en realidad un privilegiado. Son tantas las condiciones que se deben cumplir para que en un planeta se dé la posibilidad de que surja vida, condiciones de carácter geofísico, geoquímico y astrofísico, que la coincidencia de todos ellos nos tienta a creer en los milagros. Algunas de las condiciones más características serían orbitar a una distancia adecuada (llamada zona habitable) de una estrella de tamaño y luminosidad adecuada, para no ser una roca demasiado irradiada o congelada. Tener una riqueza en componentes y agua suficiente para ofrecer un caldo de cultivo a organismos unicelulares. Disponer de una masa suficiente como para retener, por la acción de la gravedad, su propia atmósfera. Mantener un movimiento de rotación y traslación estable y de duración razonable para que la sucesión del día, la noche y las estaciones no provoque altibajos de temperatura demasiado pronunciados. No estar rodeado de cuerpos celestes demasiado masivos que perturben su órbita, así como disponer de algún satélite de suficiente masa como para que controle las mareas y el desplazamiento de los ejes del planeta.

¿Podemos saberlo?

Pero no queremos quedarnos ahí. No sólo buscamos vida unicelular, sino pluricelular, y más concretamente seres vivos inteligentes, capaces de desarrollar una cultura y tecnología avanzada. Un posible acercamiento a una respuesta vendría de una forma fiable para rastrear la existencia de planetas extrasolares, es decir planetas de fuera de nuestro sistema solar. Podemos estudiar gran cantidad de estrellas, determinar la distancia que nos separa de ellas, si son sistemas binarios (2 estrellas orbitando la una en torno a la otra) o su tamaño y luminosidad. Pero encontrar planetas entraña mucha más dificultad ya que no son objetos luminosos. Una existencia masiva de planetas orbitando en las estrellas que podemos observar implicaría dificultades para la hipótesis de la Tierra Rara y favorecer el Principio de Mediocridad.

La Paradoja de Fermi

Surgió como contraposición a la creencia de que si existen innumerables sistemas planetarios la probabilidad de la existencia de vida es muy alta. Afirma que si existe vida tecnológicamente avanzada en algún lugar del universo visible, debería ser relativamente fácil encontrar alguna evidencia de ello, por ejemplo emisiones de radio. El proyecto SETI se dedicó al rastreo de ondas de radio en el cielo, sin encontrar prueba alguna.

Ecuación de Drake

El presidente del Instituto SETI, Frank Drake, desarrolló una fórmula para calcular la cantidad de civilizaciones en nuestra galaxia con vida inteligente y capaces de emitir emisiones de radio detectables. Dicha ecuación está basada en una serie de factores y supuestos, pero es capaz de llegar a una conclusión: la cantidad de civilizaciones con capacidad de comunicarse en nuestra galaxia es igual a la cantidad de años que dura una civilización. Es decir: una civilización que logra no ser autodestruida por su propia tecnología sería capaz de sobrevivir durante mucho tiempo y encontrar numerosas civilizaciones extraterrestres. En nuestro caso concreto, la cantidad de civilizaciones que podríamos detectar en nuestra galaxia sería de 50, que son los años que llevamos intentando comunicarnos.

Alguna conclusión

La búsqueda y consideraciones sobre la vida extraterrestre no se queda aquí. Existen otras teorías variadas, algunas más estrambóticas que se plantean la existencia de una vida radicalmente diferente a cómo la conocemos, basadas en el silicio en vez de en el carbono, o con una fuente de vida originada en el amoníaco en vez del agua. Una de las más interesantes es la Hipótesis de Gaia, que sugiere que es la propia vida, una vez creada, la que forma un sistema retroalimentado con su hábitat, y fomenta y mantiene las condiciones necesarias para la vida.