lunes, 13 de febrero de 2012

Κυεντο δε βανιδαδ (Cuento de vanidad)




(Pof) (pof)…

Aparecieron en la plaza de Syntagma. Un panorama desolador se extendía a lo largo y ancho. «Estás contemplando el porvenir», le susurró el Espíritu del Futuro. Un frío le recorrió las carnes. Entre vaivenes de bolsas de plástico y hojas de periódicos viejos, un zombi se acercaba arrastrando los pies. Al llegar a su altura, el zombi levantó los brazos y clamando al cielo, dijo:

—Σολο σε κε νο τενγο ναδα —sólo sé que no tengo nada.

Y tras ello, el zombi continuó su deambular errático hacia ninguna parte.

«Sígueme», le instó el Espíritu del Futuro. Avanzaron entre lo que algún día fue la Biblioteca Nacional de Atenas, convertida en ruinas. Con dubitativo dedo, señaló hacia la base de las columnas de la fachada principal, lo único que quedaba en pie. «El resto se puede contemplar en el Museo Germánico», aclaró el Espíritu del Futuro. «Pero todavía conserva algunos documentos. Entra y consulta lo que necesites saber».

Con paso trémulo, se acercó hasta la zombi bibliotecaria. Sentada sobre una pila de libros polvorientos, se balanceaba y repetía constantemente:

—Νο τε πυεδεσ μετερ δοσ βεθεσ εν ελ μισμο λιο —no te puedes meter dos veces en el mismo lío.

Le costó varias preguntas inútiles y un largo deambular entre los estantes derruidos, pero finalmente, dio con lo que necesitaba saber. Abrió la polvorienta encuadernación y leyó expectante…

(Pof)…

Marianico se despertó agitado. No podía quitarse de la cabeza lo que acababa de leer en la Biblioteca Nacional de Atenas. Convocó rápidamente un consejo de ministros. Cuando los tuvo a todos reunidos les dijo:

—He visto el futuro que nos espera y… Podemos estar tranquilos. ¡El Madrid ganará la liga!




Referencias:


Fotografía: http://www.sxc.hu/photo/649809

jueves, 9 de febrero de 2012

Los 4 poderes del estado


La profesora Berta se situó delante de los cinco hologramas que tenía por alumnos. Por un momento, tuvo un repente de pánico y no se sintió capaz de controlar a tal número, pero tras una serie de respiraciones abdominales, logró serenarse. La veteranía era un grado. Literalmente, impartido por la Universidad Autóctona, a 300.000 euros la matrícula. Cómo echaba de menos los tiempos en los que el número máximo de hologramas permitidos por clase no pasaba de la pareja. Aquello había sido hacía ya tiempo, en los años posteriores a la Última Constitución. Ahora, el número de ricos capaces de permitirse conectar a sus hijos a la Escuela Púdica se había prácticamente triplicado.

—Fermín Augusto Aguirre Aguirre —dijo—, salga usted a la palestra.

El holograma de Fermín flotó hasta la cabecera del aula, depositó un emoticono con una sonrisa sobre la mesa de la profesora y se puso firme, a la espera de las preguntas.

—¿Cuál es la fecha de nuestra Última Constitución?

—Veintiunodediciembrededosmildoce —recitó Fermín de carrerilla—. Fecha también conocida como el fin del mundo pobre.

—¿Cuál es el artículo más importante de nuestra Última Constitución?

—Elartículonueve —continuó el niño.

—Que dice…

—Que dice que los poderes del estado son cuatro.

—¿Cuáles?

—El legislativo, compuesto por los consejeros de las empresas más importantes; el ejecutivo, liderado por el presidente de la compañía que obtuvo más beneficios en la legislatura anterior; el judicial, integrado por los abogados de las marcas comerciales más relevantes; y el financiero, constituido por los principales banqueros.

—¿Cuál es la función de cada uno?

—El poder legislativo dicta las leyes, el ejecutivo disuelve manifestaciones, el judicial no hace nada y el financiero dice lo que tienen que hacer los otros tres.

—¡Muy bien! —Exclamó la profesora Berta, satisfecha. Tenía suerte con el grupo que le había tocado. Sus padres iban a estar muy satisfechos de lo bien invertidos que estaban los 3.500 euros mensuales que costaba la Escuela Púdica.

domingo, 5 de febrero de 2012

Alfredito, elegido delegado




La profesora Gertrudis se dirigió al niño de gafas de la pizarra. «Cuenta los votos, por favor», le dijo, y el niño se subió las lentes con el dedo índice y comenzó a garabatear palitos. Lo cierto era que a la profesora le costaba recordar el nombre de aquel niño. Sabía que era de los más pequeños, probablemente, nacido el mes de diciembre, que apenas hablaba en clase, quizás acobardado por el griterío de los más mayores, que no era popular entre las niñas, casi con seguridad, por las muchas dioptrías que se acumulaban en las gruesas gafas, y que era nuevo, acababa de llegar al colegio aquel año. Sin embargo, era aplicado, listo y responsable. Por eso lo escogía para las tareas delicadas en cuanto tenía ocasión.

—El resultado de la votación ha sido —dijo finalmente el niño—, 12 votos para Alfredín y 11 para Carmiña.

La profesora hizo un gesto de fastidio muy mal disimulado. Alfredín era el repetidor de la clase, el más grande y el mejor jugador de fútbol en el recreo. Carmiña era habitual colaboradora en el periódico de la escuela y buena estudiante, aunque algo repipi. Durante el curso anterior, también habían sido los únicos en presentarse para delegado y subdelegado. El resultado fue desastroso. Ninguno de los dos fue capaz mantener el orden de la clase durante las ausencias de la profesora, cada niño acababa hablando por su cuenta y el aula se convertía en una jaula de grillos.

—¡No se vale! —Gritó Carmiña—. Seguro que ese tonto no sabe ni contar. Quiero un recuento.

—Contar es lo único que sabe —replicó Alfredín—, porque pintar, no pinta nada. Lo que te pasa es que no sabes perder.

Y en ese momento, la clase estalló en acusaciones entre partidarios de uno y de otro. La profesora Gertrudis se llevó la mano a la cabeza mientras murmuraba «qué año me espera. Otra vez igual». Intentó poner orden, levantó la voz, golpeó varias veces la mesa con el borrador, pero los niños seguían revolucionados. Instintivamente, volvió la cabeza hacia el niño de la pizarra. Era el único que permanecía en su puesto, callado y firme. Ninguna de las acusaciones que le acababan de lanzar públicamente, parecían haberle afectado lo más mínimo. «Quizás…».

—¿Por qué no te presentas tú para delegado? —Preguntó la profesora.

El niño de las gafas volvió la cabeza lentamente hacia la profesora, y con una total parsimonia, señaló a la clase que berreaba delante de él y dijo:

—No tengo ninguna posibilidad.


miércoles, 1 de febrero de 2012

Educación inCívica y antiConstitucional


Viñeta de Erlich - El País 01-02-2012


—Jaimito, ¿qué has hecho hoy en clase?

—He desaprendido lo que me enseñaron ayer y me han enseñado lo que aprenderé mañana.


domingo, 29 de enero de 2012

Limonair, negocio insostenible




Joanic y Jordiet babeaban en el escaparate de la tienda de videojuegos. El nuevo Super Mortal Fight VII: sin escrúpulos ni censura acababa de salir al módico precio de 69,99 €. Al llegar a casa, rompieron el cerdito que compartían como buenos hermanos y constataron que los ahorros de su vida ascendían a 13,28 €. «¿Sabes?», dijo Jordiet, «que si los invertimos en preparar limonada y la vendemos el domingo a la salida de misa, podemos ganar para comprarnos el juego». Joanic respondió ilusionado. «Sí, limonada con gas. Y la llamaremos Limonair».

El papá de Joanic y Jordiet, orgulloso ante la iniciativa de sus hijos y de lo que iba a fardar ante sus compañeros en el club de golf, los acompañó al supermercado a comprar las garrafas de agua, los limones, el azúcar y el bicarbonato. Cuando la cajera expendió el ticket por un importe de 32,50 €, el papá guiñó un ojo a sus hijitos y se hizo cargo de la cuenta.

La mamá de Joanic y Jordiet, emocionada ante el servicio que sus hijos iban a ofrecer a los feligreses a la salida de la liturgia, los llevó a la sección de manualidades de unos grandes almacenes e hizo acopio de cartulinas, papel charol en varias tonalidades de azul, rotuladores, tijeras, grapadora, pegamento, purpurina y varias pegatinas con forma de estrella, todo por un importe de 72,80 €.

La tarde del sábado, la pasaron, el papá, serrando varias tablas viejas que tenía por el garaje, para montar un pequeño tenderete con ellas, la mamá, exprimiendo limones y preparando la limonada en garrafas, y Joanic y Jordiet, pintarrajeando en las cartulinas «bendemos limonair a 1 euro» y desperdiciando purpurina y estrellas. Pero todo dio su fruto el domingo, cuando los devotos guardaron cola para comprar la limonada de los niños.

De regreso a casa, hicieron cuentas. Habían sacado 62,00 €, que sumados a los 13,28 € que todavía guardaban del cerdito, daban un total de 75,28 €. «¡Suficiente para el videojuego!», exclamó Jordiet. «¡Sí! ¡Y nos sobra! ¡Qué bien lo hemos hecho!», corroboró Joanic, «mañana nos lo compramos».

«¿Sabes? El mes que viene sale el Supreme Violence III: ahora es global. Si conseguimos ahorrar otros 10,00 € y vendemos galletas en el club de golf de papá, nos lo podremos comprar».

«Seguro».




Referencias:

jueves, 26 de enero de 2012

Paquito, no culpable




El profesor trató de recordar la escena: Baltasarín señalaba acusatoriamente a Paquito. «Se ha comido mi bollicao», decía. Mientras tanto, Paquito se relamía los labios; tenía restos de chocolate en el hocico y en las manos. Con una, sostenía el cromo, con la otra, el envoltorio. Cuando el profesor llegó hasta él, le dijo con la soltura propia de un crío: «yo no he sido».

¿Tenía Paquito las manos sucias? El profesor no tenía duda alguna al respecto. Pero esa no había sido la pregunta del director. La pregunta había sido «¿Vio o no vio usted a Paquito comerse el bollicao de otro niño?». A su derecha, en el mismo despacho, los papás de Paquito esperaban la respuesta con la barbilla levantada. El profesor no pudo dejar de notar la caspa depositada en los hombros del padre y la colorida peineta con la que la madre adornaba sus cabellos. El niño había afirmado por activa y por pasiva que él no había sido.

—No. No lo vi —reconoció el profesor.

A la izquierda del despacho, los padres de Baltasarín exclamaban indignados «pero si tenía los resto del chocolate en los morros», a lo que el director respondió con mirada condescendiente. «Pero si tenía el cromo en la mano», insistían.

—Lo lamento —concluyó el director—. No tenemos pruebas concluyentes de que Paquito sea culpable.

El profesor abandonó el despacho con un extraño sentimiento de impotencia. Fuera, los dos niños esperaban sentados en un banquillo. Pudo escuchar como Paquito le decía a Baltasarín «me las vas a pagar, chivato».





Referencias:

viernes, 20 de enero de 2012

Y de postre... SOPA





A finales del S.XV, durante un frío invierno, el gremio de copistas, encabezado por Fray Warner, se reunió en las cercanías de Milán  para discutir sobre la nueva tecnología que se estaba extendiendo por Europa, eso que llamaban imprenta. «Están utilizando este invento del dominio para realizar copias de libros», argumentaba Warner. «Copias, más baratas», continuó sobre las exclamaciones indignadas del resto del gremio, «que además distribuyen sin nuestro consentimiento. ¿Os dais cuenta de lo que esto puede significar? ¿De lo que podría pasar si todo el mundo supiese leer y tuviese acceso a los libros?».

—¡A la hoguera! —Exclamó Fray Lamar—. ¡Quemémosles a todos!

«No, mi querido amigo», respondió Fray Warner con parsimonia. «Ése no es nuestro estilo. Lo que haremos es dictar una ley para prohibir su uso».

El resto del gremio asintió satisfecho. Tachar aquella nueva tecnología que dejaría obsoleta la magnífica labor llevada a cabo por los monjes y frailes copistas desde hacía varios siglos, como un invento del demonio y castigar su uso en nombre de Dios, era una buena estrategia.

—Pero.. ¿Y si alguien la utiliza para imprimir sus propios manuscritos? —Apuntó Fray Anonymous—. ¿No estaremos coartando su libertad?

Tras un breve instante de silencio, la sala estalló en carcajadas. «¿Quién va a tener algo que escribir más interesante que la Biblia?», dijo Fray Warner, todavía con lágrimas en los ojos. «Mi joven aprendiz, todavía tienes mucho camino que recorrer».

—Pero… Pero… —Quiso insistir Fray Anonymous—. ¿No podríamos nosotros utilizar la imprenta también?

El resto del gremio saltó como un resorte, de pie, totalmente indignados ante la blasfemia del joven. Echaron al infiel a patadas. «¡No eres digno de estar entre nosotros!», le gritó Fray Warner. Cuando el traidor hubo abandonado la sala y se calmaron los nervios, los copistas se sentaron en torno a la mesa para cenar.

—¿Y cómo vamos a llamar a la ley? —Preguntó Fray Lamar.

«Ya lo pensaremos. Quizás se nos ocurra algo después de comer la SOPA».



Fuera, en las calles más oscuras y frías que Milán recordaba haber vivido en lustros, Fray Anonymous se alejaba convencido de que más pronto que tarde la tecnología de la imprenta se impondría y el gremio de copistas reconocería su error. O no. Quizás para ellos, ese momento llegaría demasiado tarde.

—Perdónalos porque no saben lo que hacen —dijo mirando al cielo.




Referencias:

lunes, 16 de enero de 2012

Familia de rocas condenada por provocar hundimiento de crucero




Una familia de rocas al completo, que residía en la costa italiana desde el siglo XVI, ha sido condenada por no apartarse para dejar paso libre a un crucero repleto de turistas. El capitán fue el primero en apearse del buque y acercarse hasta la comisaría más cercana para denunciar los hechos. «Yo ya me olía que no se iban a apartar», ha declarado, «este tipo de rocas gastan una cara muy dura».

La sentencia, hecha pública esta mañana, condena a toda la familia de rocas a convertirse en gravilla. Para ejecutar la sentencia, ya ha sido concedida una partida de algo más de 4 millones de euros del erario público, para dragar toda la zona de costa y transportar la roca hasta la cantera más lejana. «Tenemos el deber indiscutible de hacer efectiva la ley», ha declarado el Ministro del Interior, satisfecho con la resolución.

Por su parte, las rocas han preferido mostrar su indignación con la sentencia ocupando sus respectivos puestos en la costa con normalidad y guardando silencio.




Referencias:


2 formas de orinar sobre el trabajo propio



McClane

A McClane, 23 años, marine en Afganistán, se le ocurrió que la ruta más probable de escape de los supuestos talibanes, sería por el callejón. Así que se enfiló hasta la azotea de un edificio adyacente, montó su fusil de francotirador y esperó pacientemente a que apareciese alguien con turbante. En ese momento, alfa llamó a bravo y tras el intercambio de mensajes y el permiso ordinario, descerrajó tres tiros, uno por cada turbante que asomó.

Una vez abajo, McClane se reunió con otros cuatro compañeros, en torno a los cadáveres. Alguien dijo «good job, bro», sacó una lata de un famoso refresco y se la ofreció. McClane la bebió entera de un largo trago antes de eructar y darse cuenta de que llevaba horas sin mear. Miró los cadáveres ensangrentados, se bajó la bragueta de camuflaje y mientras orinaba sobre el trabajo que acababa de realizar, invitó a sus compañeros a hacer lo mismo. «Join me, dudes», les dijo. Tres de ellos lo imitaron. El cuarto exclamó «wait, wait, this is awesome, yo», al tiempo que sacaba su móvil para grabarlo en vídeo.


Jean-Pierre

A Jean-Pierre, 17 años, sobreviviente del terremoto de Haití, se le ocurrió  que podía utilizar las ruedas de lo que algún día fueron carritos en un supermercado, para transportar las heces y orines hasta la fosa séptica más cercana, a apenas un par de horas de caminata desde allí, y así ayudar a frenar los continuos brotes de cólera. Recogiendo material de los escombros, construyó una plataforma con cuatro agujeros, improvisó con planchas de desechos unos separadores que dieran cierta intimidad y debajo, situó los cuatro cubos más grandes que pudo encontrar. Ató los carritos como si de vagones de tren se tratasen, y se ofreció para hacer el primer viaje hasta la fosa séptica a vaciar los cubos.

Los vecinos que malvivían por la zona, se acercaron a ver las nuevas letrinas. Jean-Pierre los invitó a utilizarlas, pero todos convinieron que debía ser él quien las estrenase. Por si ayudaba a estimularlo, alguien le ofreció un abollado cazo metálico con algo de agua en su interior, agua que seguramente le había costado una caminata de más de seis horas. Jean-Pierre la tomó agradecido, se acercó hasta el segundo agujero y tras descubrirse y hacer algo de fuerza, orinó sobre el trabajo que acababa de realizar.


Referencias:


lunes, 9 de enero de 2012

Los recortes de la Sastrería Soberano




Vicente era el propietario de la Sastrería Soberano desde hacía poco más de treinta años. Anteriormente, había pertenecido a un viejuno que dedicó la mayor parte de su vida a confeccionar sotanas para la santa iglesia, pero Vicente supo dar la vuelta a aquel negocio en decadencia y encontrar nuevos mercados en el sector del espectáculo. Su mejor cliente, El Circo del Bienestar, era una compañía de ámbito nacional de gran prestigio y proyección, cuyo número estrella era una serie de ejercicios de equilibrismos imposibles. Cada año renovaban por completo su vestuario, lo que suponía grandes beneficios para Vicente.

Sin embargo, aquella época eran tiempos duros para la Sastrería Soberano. Las partidas textiles de la lycra que se utilizaba para la confección de las prendas más delicadas, las de los equilibristas, se habían visto asaltadas reiteradamente en su viaje desde occidente por un grupo de piratas que decían llamarse Los Rompedores de la Calle Muro. La consecuencia era una alarmante escasez de materia prima y Vicente había confiado a José y a Pepe, sus principales capataces en la sastrería, la solución al problema.

José había sido el encargado de la confección para El Circo del Bienestar durante los últimos años. Ya llevaba avisando desde hacía meses del problema de falta de lycra, y su solución pasaba por un «rediseño de los patrones de confección para un mejor aprovechamiento de la escasa tela con la que contaban». En otras palabras, y según Pepe, firme opositor a esta medida: en aplicar recortes a la calidad de las prendas que producían. Los modelos que surgieron bajo la supervisión de José no gustaron nada al cliente, que se quejó ante lo extravagante del material. ¿Cómo pretendían que los equilibristas se enfundaran una malla con la pernera izquierda más larga que la derecha? Vicente no tuvo más remedio que suspender a José de su responsabilidad y nombrar a Pepe como nuevo encargado de su principal cliente.

Tras varios días de relativo trabajo, Vicente volvió a reunirse con sus dos capataces y preguntó: «¿Y bien? ¿Cuál es la solución?». Pepe desplegó los nuevos bocetos que había diseñado y trató de explicar con difusas palabras que la falta de lycra era más aguda de lo que había imaginado y que la solución pasaba por un «rediseño de los patrones de confección para un mejor aprovechamiento de la escasa tela con la que contaban». «Pero si es lo que propuse yo», protestó José. «No», respondió Pepe, «tu propuesta tenía la pernera izquierda más larga que la derecha, lo cuál no gusta al cliente, y como puedes ver aquí, en mi modelo, es la pernera derecha la que es más larga». Vicente se llevó la mano a la cabeza y con la mirada baja, se preguntó si no debería despedir a los dos.

«Quizás algún día lo haga», dijo. «Quizás, algún día…»

miércoles, 4 de enero de 2012

Las piruletas de Iñaki



El padre de Iñaki era el tendero del barrio. De entre toda la variedad de productos que exponía en su colmado, había uno que llamaba especialmente la atención, sobre todo a los ojos de los niños que asomaban sus narices por encima del mostrador: un enorme cubo de plástico transparente repleto de piruletas. Iñaki tampoco era inmune a tan dulce reclamo y, pese a que su padre le había dicho «siempre que quieras una, sólo tienes que pedírmela», se le hacía la boca agua cada vez que regresaba de la escuela y pasaba por el lado del tentador cubo.

Una tarde, tras las clases, regresaba con su amigo Eltrepa y al despedirse frente al colmado, éste le dijo: «Oye, Iñaki, ¿te atreverías a meter la mano en el cubo de las piruletas?» Lo cierto era que Iñaki siempre había sido un niño echado para adelante, competitivo en los partidillos de fútbol en el recreo y que gustaba de considerarse valiente. No se paró a pensar en la necesidad que tenía de agarrar unas cuantas piruletas, sino en el desafío que Eltrepa le acababa de proponer. «Pues claro que me atrevo», respondió, «tú distrae a mi padre». Pocos minutos más tarde, los dos niños estaban a la vuelta de la esquina, repartiéndose el botín. Cinco piruletas para Iñaki y tres para Eltrepa, las que le habían entrado en el puño.

Aquella misma tarde, Iñaki estaba en su habitación, intentando justificar lo que había hecho. Su padre le daba una piruleta cada vez que la pedía, por tanto, reunir cinco era tan sólo una cuestión de tiempo. Meter la mano en el cubo sólo había adelantado acontecimientos, no le había dado nada que tarde o temprano no pudiese conseguir. De la misma forma, si en vez de un puño, cogía dos, tampoco supondría una gran diferencia. Incluso, pensó, si proponía a su padre ayudarlo a rellenar el cubo con las cajas que había en el almacén, podría apartar alguna de vez en cuando. Además, argumentó, podría vender parte de esa caja en clase. Total, no se iba a comer una caja entera de piruletas él solo, y así podría sacar algo de dinero que ya no tendría que pedir a su padre. Aunque para eso, decidió, iba a necesitar ayuda para distribuir las piruletas. Tenía que contarle la idea a Eltrepa.


miércoles, 13 de abril de 2011

Tecnologías de la Desinformación



Antón Pirulero llevaba varias horas conduciendo cuando por fin llegó a casa. Era ya de madrugada y al día siguiente se levantaba temprano para ir al trabajo. Había invertido todo el fin de semana en asistir a una comunión del hijo de un pariente lejano, el mismo domingo que se disputaba la final de la Champions. ¿Cómo se permitía que nadie celebrase cualquier tipo de evento en un día tan señalado? Afortunadamente, lo tenía todo previsto. Había programado su estupendo dispositivo de almacenamiento multimedia para grabar el partido. Sin embargo, era tarde y se le cerraban los ojos, no podría verlo hasta regresar del trabajo al día siguiente, por lo que le quedaba la tarea más difícil: permanecer desinformado y conseguir salvar una jornada laboral sin enterarse de quién había ganado.

Ya había tomado las primeras medidas. Nada más abandonar el restaurante, tras la comida, apagó el móvil y no tenía intención de volver a encenderlo hasta que hubiese visto el partido en diferido.

El día siguiente comenzó con el escandaloso timbre de un viejo reloj despertador de manecillas, recuperado para la ocasión, que sustituía a la habitual radio con la que solía amanecer. Nada de noticias. Toda precaución sería poca. De hecho, se había levantado una hora antes de lo normal. Tenía intención de llegar el primero al trabajo y evitar cualquier contacto con los compañeros. El transporte público, descartado. Bastaría una mirada a los rostros de los transeúntes para tener pistas indeseadas. Cogería el coche, se dirigiría directo al parking de la empresa y de allí a su pequeña oficina. Como hombre previsor que era, ya se había encargado de planificarse las tareas de aquel lunes: una montaña de trabajo administrativo y tedioso, una excusa perfecta para permanecer diez horas frente a la pantalla, archivando y sin el más mínimo contacto humano. Para aquella tarea no sería necesario acudir a la web a consultar cualquier información, no fuese el caso de que la página recogiese información sobre el resultado. Por supuesto, nada de comprobar el correo electrónico ni de entrar en las múltiples redes sociales que frecuentaba.

El momento más delicado sería el de la comida. Pero también había pensado en ello. Ya llevaba en la cartera un bocadillo frío. Esperaría hasta las cuatro para comer, momento en el que todos los compañeros ya habrían regresado a sus puestos, y él podría acercarse en una rápida incursión hasta la máquina de café y llevarse un cortado a la mesa para pasar las migas.

Acabada la jornada, debería asegurarse de ser el último en salir, lo cuál sería tedioso debido a la tendencia masiva de realizar horas extra. Él aguantaría firme en su puesto y en cuanto se hiciese el silencio, saldría disparado a recoger el coche del parking y regresar a casita a toda velocidad, donde le esperarían dos cervezas, palomitas y la gran final de la Champions desde su sofá.

Aquel era su plan. Difícil, era consciente de ello, pero se sentía con fuerzas para esquivar a los medios de información durante diez horas. Resuelto, recogió la cartera, se puso la americana y salió de casa. En cuanto abrió la puerta, pudo ver en el suelo un panfleto de propaganda del Pizza Fast. En él, se leía en grandes letras ‘Triste por la derrota de la Champions? Nosotros te ayudamos a olvidarte de ello. Hoy, 50% de descuento en todas nuestras pizzas individuales’.

miércoles, 9 de marzo de 2011

@piador y la #redcoral


A @piador no le gustaban las clases de canto. ¿Para qué necesitaba aprender solfeo? Cantar era cantar y él podía hacerlo mejor que nadie. El problema era que no le dejaban. En el bosque del valle, los pájaros grandes ocupaban las ramas más altas, en las que el sonido se conseguía proyectar hacia todos lados. Cualquier intento por posicionarse en alguna de ellas acababa irremediablemente con una reprimenda y el desalojo inmediato. @piador, como el resto de polluelos, debía contentarse con cantar en el frío suelo, desde donde sus voces no ascendían más allá de unos tristes metros, silenciadas por las frondosas copas de los árboles. ¡Y para colmo debía perder el tiempo en la escuela!

Aquel día de primavera, los mayores piaban desde lo alto y su melodía se extendía por toda la #redcoral que recorría el bosque de rama en rama. @piador, cansado de sentirse ignorado, decidió hacer novillos en clase de canto y se alejó volando hasta los límites del valle, donde descubrió una solitaria carretera, con el firme agrietado y una montaña de viejo material de obra junto a la cuneta. Entre toda aquella chatarra, a @piador le llamó la atención un montón de conos con brillantes franjas blancas y anaranjadas. No tardó en descubrir que cuando piaba desde el agujerito que había en la punta, por el otro extremo, su canto salía amplificado. Enseguida comprendió la utilidad de aquel nuevo artefacto y con gran esfuerzo se las arregló para transportarlo hasta el bosque.

A la mañana siguiente, se levantó temprano para probar su nuevo juguete. Volvió a hacer novillos en la escuela y esperó hasta que los mayores se encontrasen en lo alto, cantando desde sus privilegiadas ramas al unísono. Entonces, llevó su pico hasta la punta del cono y apuntando hacia el cielo, cantó con todas sus fuerzas.

Pocos minutos después, el resto de polluelos, sus compañeros de clase, habían abandonado la escuela y se habían acercado hasta donde se encontraba. También los mayores habían descendido desde las ramas altas para investigar de donde venía aquella joven voz inexperta que cantaba por encima de ellos. @piador estaba rodeado por todos los pájaros del bosque que le miraban curiosos y asombrados. ¡Nunca antes se había sentido mejor! Continuó cantando con todas sus fuerzas sin preocuparse siquiera de fallar alguna nota o de que se le escapase algún gallo. Los mayores negaron con la cabeza y regresaron a sus ramas en las alturas. Sólo algunos de ellos permanecieron abajo, sorprendidos ante las posibilidades que tenía aquel artefacto. Cuando @piador terminó su recital, contestó con gusto a las preguntas de todos los que se habían quedado a escucharlo. ¡Cómo le gustaba la fama que acababa de conseguir! ¡Y qué bien que durmió aquella noche!

Al día siguiente se permitió el lujo de levantarse algo más tarde. Tranquilamente, pasó de largo la escuela y se dirigió hacia su cono mientras calentaba la voz y se imaginaba los grandes días de gloria que estaban por llegar. ¡Iba a ser el mejor cantante de la historia! Una vez junto al cono, esperó de nuevo paciente a que los mayores iniciasen su recital desde las alturas. Cuando así ocurrió, volvió a meter su pequeño pico en el extremo del cono y cantó con todas sus fuerzas.

Su voz, amplificada por el cono, ascendió a través de las copas de los árboles y se unió a la armónica melodía de los mayores. Pero de pronto, una nueva voz inexperta se unió al coro. Y otra más. Y otra. @piador vio como en un momento, cientos de voces se unían al canto, una por encima de la otra, todas pisándose mutuamente, luchando por destacar, cada vez más fuerte, convirtiendo lo que instantes antes había sido una compacta música en una horrible cacofonía.

Los mayores bajaron de nuevo desde las ramas altas y se situaron junto a @piador. Mientras lo miraban con reprobación, se acercó volando el profesor de la escuela de canto. Todos sus alumnos habían faltado a clase, explicó. Los pequeños polluelos se habían acercado hasta la carretera y cada uno de ellos se había hecho con su propio cono. Ahora, todos cantaban a su aire, desde el suelo, sin orden ni ritmo alguno, y gracias a los conos, sus voces retumbaban por todo el valle y convertían la #redcoral en una #marañacoral.

Desconcertados, los mayores no regresaron a las ramas altas. Ya no tenía sentido. El pequeño ecosistema de aquel tranquilo bosque del valle había cambiado para siempre.

Notas de producción

El anterior texto surge de plantearme los usos y abusos que en mi limitada experiencia he encontrado en la red de Twitter. Desde mi humilde opinión, ha quedado probada su utilidad en casos tan conocidos como la reciente revolución en Egipto o el terrible terremoto de Haití del pasado año. Pero cuando me dispongo a realizar una búsqueda de un tema que me interesa a través de sus posibles hashtags, me encuentro irremediablemente con un altísimo porcentaje de información repetida o que no aporta nada, lo que me lleva a a plantearme preguntas del tipo: ¿Compensa el poco espacio que ocupa la información útil con la inmensidad que desaprovecha la que es inútil? ¿Hasta dónde es legítima la libertad de exposición que nos proporciona este nuevo tipo de comunicación y cuál es su precio? En todas las hipotéticas respuestas que se me ocurren, siempre aparece la palabra ‘responsable’.

jueves, 3 de febrero de 2011

El pirata Sind y los gamusinos



El pirata Sind se sonrió. Mientras oteaba la línea del horizonte desde la proa de su bergantín, revivió el abordaje del galeón de la Compañía. Había sido una gran operación y regresaba con la bodega repleta de gamusinos.

A la gente le gustaban los gamusinos, sobre todo a la hora del té, pero la Compañía contaba con el monopolio de su distribución. Era la Compañía la que se encargaba de comprar la producción de gamusinos a los granjeros locales, por una miseria, para luego transportarlos hasta las islas cercanas, donde los metían, uno por uno, en una bonita caja con un lazo. Después, regresaban con el gamusino empaquetado y se lo vendían a la gente a precios elevados. Era durante el trayecto de ida cuando el pirata Sind aprovechaba para asaltar las embarcaciones y hacerse con el botín. Gamusinos frescos que devolvía a la gente a precios más razonables, sin cajas, lazos ni aspavientos. Sólo gamusinos.

«Al pueblo, lo que es del pueblo», se dijo desde la proa, y agrandó su torcida sonrisa a la vista de tierra en la línea del mar. Por supuesto, lo hacía por el dinero, pero gustaba de considerarse un justiciero popular.

Una vez hubo atracado en la bahía, se descolgó hasta el pequeño bote y se acercó hasta la orilla, donde montó el improvisado tenderete. Nunca bajaba los gamusinos a tierra, la gente que se acercaba a por ellos realizaba su pedido desde la playa. Luego, el pirata Sind se acercaba hasta su bergantín con el bote y regresaba con el pedido. Un proceso algo tedioso para los clientes que esperaban en la arena. Era el pequeño inconveniente a pagar por sus reducidos precios. Al tratarse de una actividad ilegal, tenía que estar preparado para recoger con rapidez y trasladarse a una nueva bahía antes de ser atrapado. Aunque tenía margen de maniobra, la Compañía solía tardar bastante en rastrear desde dónde se estaban distribuyendo los gamusinos robados y, para cuando lo hacían, ya solía haber vaciado la bodega.

Sin embargo, aquel día, nadie se acercó hasta la playa y, tras largas horas de espera, el pirata Sind decidió dejarse caer por el pueblo para descubrir el motivo. No tardó en encontrar a toda la gente reunida en la plaza, departiendo alegremente, cantando, o simplemente tomando un té en las mesas dispuestas para la ocasión. Todos llevaban un gamusino en la mano.

—¿Qué ocurre aquí? —Preguntó el pirata Sind a Ramón, un chupatintas de la Compañía que curiosamente era uno de sus mejores clientes. Llevaba cinco gamusinos en una bolsa.

—¿No te has enterado? —Le indicó—. Los granjeros se han unido a una nueva iniciativa, han formado una cooperativa y ahora venden sus gamusinos directamente al pueblo. ¡Por una cuota mensual! ¿Te lo puedes creer? A granel, sin cajas, sin intermediarios. ¡Sólo gamusinos! Justo lo que la gente quiere.

—¿Y de cuánto es esa cuota? —Quiso saber el pirata.

Ramón, el chupatintas, se lo dijo.

—Pero eso es algo más caro que mi precio —dijo el pirata balbuceando. Era cierto, el precio era muy barato si lo comparaba con las cajas enlazadas que vendía la Compañía pero, aún así, superior al suyo. No entendía por qué nadie había acudido a la playa.

El chupatintas pareció darse cuenta de la decepción del pirata.

—Así no me tengo que preocupar en bajar a buscarlo a la bahía y esperar a que lo descargues del barco —dijo con cierto tono consolador—, me lo traen a casa. Además, si se me gasta durante el mes, me dan otro. Me aseguro de tener siempre un gamusino disponible.

El pirata Sind entendió que aquello representaba el fin de su negocio. Con aquella nueva forma de comercio no iba a poder competir, los granjeros por fin se habían dado cuenta de que las cosas podían hacerse de otra manera. Desplegó su torcida sonrisa al darse cuenta de que aquello también iba a suponer el fin del monopolio de la Compañía y silbando la canción del grumete feliz se acercó hasta el centro de la plaza a pagar por su gamusino.


martes, 11 de enero de 2011

Gran Hipocresía del Centro Nacrobiótico Nacional




Marta y sus amigas eran aún adolescentes cuando inauguraron la hamburguesería. Esa tarde, algunas de ellas se maquillaron y pusieron tacones por primera vez. Acudieron emocionadas a la inauguración junto con más de la mitad del pueblo y vieron encenderse el cartel luminoso amarillo y rojo que aún a día de hoy no ha dejado de parpadear. Hoy, que Marta ya es mamá, sigue quedando con algunas de sus amigas cada domingo por la tarde en la misma mesa en la que se sentaron aquel primer día. Los cotilleos, los coqueteos con los chicos de la mesa de al lado, su primer beso y el de muchos... Multitud de recuerdos han quedado ligados a ese local.

A pesar del aluvión de críticas recibidas, el negocio sigue dando beneficios. Son muchos sus detractores, pero quien más o quien menos ha pasado por allí "sólo una vez", "al principio sí pero ahora nunca", "simplemente porque a fulanito le gusta y yo le acompaño" o "por curiosidad, para saber qué tal es".

La apertura del Centro Nacrobiótico tuvo en cambio una crítica inmejorable, aunque con mucho menos bombo. Algunas de las amigas de Marta alabaron todas sus bondades rápidamente. Ya hacía tiempo que se sentían avergonzadas de tantas tardes en el fast-food y no se cortaron en pregonar a los cuatro vientos que eran fieles clientes del nuevo local, pese a que, discretamente, seguían citándose cada domingo en la mesa de siempre. Pertenecían a ese 50% de ciudadanos que afirmaba comprar en Nacrobiotic con regularidad y al 90% que lo situaba como su opción favorita al salir a comer fuera de casa.

Cuando Nacrobiotic cerró y fue sustituido por un servicio 24h de comida rápida, el pueblo entero se indignó. "Parece mentira, qué vergüenza, qué gentuza, no sé quién lo habrá decidido", comentaban mientras untaban una patata en ketchup.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Homeleaks



Las nuevas tecnologías exigían un notable esfuerzo de adaptación a personas curtidas en otros tiempos. De ello se daba perfecta cuenta Julio Asenjo, un niño que a sus quince años se manejaba entre aparatos electrónicos con infinita más soltura que sus padres. Así era cómo había conseguido la clave de la caja fuerte, aquel cubo metálico que los señores Asenjo tan celosamente escondían tras un cuadro de la pared, y que había sido tan fácil de abrir. Bastó con curiosear por la agenda electrónica con la que su padre había sustituido a su gastada memoria de toda la vida, la cerebral, la analógica.

No sólo le habían dejado vía libre para hacerse con la clave, sino que además, a las largas jornadas ordinarias de trabajo que acostumbraba el señor Asenjo, se le habían sumado las intensas sesiones de gimnasio a las que se había apuntado la señora Asenjo, por lo que las tardes se habían convertido en un nuevo espacio-tiempo en el que Julio Asenjo campaba por casa a sus anchas. Así se lo había hecho saber a su hermano, Manolo Asenjo, tres años menor, al que se encargaba de cuidar. «La casa es nuestra», le había dicho, «podemos merendar lo que queramos».

Y en una de esas tardes, decidió que iba a compartir su secreto. Llevó a Manolo, Manolín, como le gustaba que le llamaran, frente al cuadro y al abrirlo y mostrarle el frontal de la caja fuerte le preguntó: «¿Quieres saber la clave?». Por supuesto que quería. «Pero recuerda, que debes dejar todo como estaba».

Tras varios minutos curioseando por el interior, Manolín apareció con los ojos surtidos de lágrimas y sorbiéndose los mocos. En su mano colgaba un papel con un encabezado que rezaba «Certificado de Adopción». Debajo, su propio nombre y un montón de sellos y firmas. Julio se dio cuenta de que su hermano se había puesto más amarillo de lo que ya era. Miró sus ojos rasgados y pudo ver la profunda decepción que le acababa de suponer enterarse de aquella noticia. ¿De verdad no tenía la más mínima sospecha?

domingo, 5 de diciembre de 2010

Su prejuicio, gracias.


Don Jesús requirió de nuevo al camarero para que le activase la máquina de tabaco. Le había escupido las monedas y le pedía el importe exacto por falta de cambio. No acababa de entender la necesidad de aquellas medidas de control, lo único que conseguían era dificultar el proceso para sus poco duchas manos. Tras un nuevo intento, la máquina le comunicó amablemente que el producto escogido se encontraba agotado y el bueno de Don Jesús se resignó a fumar de prestado en la oficina.

Ya llegaba tarde. Se había pedido un par de horas por asuntos propios. Papeleos que le habían obligado a madrugar más de lo corriente y que eran la causa de que a aquellas horas avanzadas de la mañana, todavía no estuviese al corriente de las últimas noticias deportivas. Mientras lidiaba con la máquina de tabaco, había escuchado a loscontertulianos del bar hablando sobre el equipo rival. “¿Has oído lo del Fútbol ClubPandemónium?”, decían. “Sí. ¡Qué escándalo!”, contestaban.

Al llegar al edificio de la empresa, se metió con la marabunta en el ascensor y de nuevo escuchó los comentarios de diferentes compañeros de distintas plantas. “¿Has visto lo que han hecho los del Fútbol Club Pandemónium? Ya se creen con derecho a todo”. “Sí. ¡Qué escándalo!”. Y notó como la impaciencia le hervía la sangre. En aquellos tiempos de inmediatez mediática, uno ya no podía ni ausentarse dos horas para arreglar papeles en el banco sin quedarse desfasado informativamente.

En cuanto accedió a su puesto, se precipitó a abrir la web de su medio afín para ponerse al día. Nada más cargar la página, pudo leer el titular en fuente mayusculada, sin serifa y tamaño monstruo: ¡ESCÁNDALO! Se dejó caer en la silla y digirió la información en doce centésimas de segundo. Afortunadamente, en aquellos tiempos de inmediatez ya no era necesario leer mucho más. Los medios se preocupaban de ofrecerte el producto acabado, el juicio, preparado para su consumo, más fácil que sacar tabaco de la máquina.

Don Jesús se acercó hasta el patio de fumadores. Allí estaba Don Alfredo, al que le pidió un cigarrillo. “Por supuesto”, le contestó éste, “para eso estamos los compadres. Por cierto, ¿te has enterado de lo del Fútbol Club Pandemónium?”. “Sí”, respondió Don Jesús con seguridad, “¡Qué escándalo!”.

lunes, 12 de julio de 2010

El lado oscuro



Nunca he llegado a entender del todo a la gente que, en algún momento de su vida, decidió pasarse al lado oscuro. Son aquellos que nadan contra corriente, no porque tengan una arraigada creencia en sus valores, sino porque es la forma fácil de sentirse diferente. Es el camino rápido hacia la auto-afirmación.

Son aquellos que se alegran cuando se rompe el coche de Fernando, o que adulteran la humanidad de Pep, o que devalúan la técnica de Rafael, o que consideran que la arrogancia de Jorge frente a la humildad de Daniel le desmerecen para el éxito, o que añoran arrogantes los tiempos de Miguel y afirman que Alberto no es rival para un tal Lance. Son aquellos que siempre tienen un pero en la boca cuando la selección de baloncesto se alza a la cumbre, que celebran más los fracasos ajenos que los triunfos propios, los que reniegan del espacio que ocupan los deportes en televisión ―cabría preguntarse cuándo una crónica política nos ha proporcionado una felicidad comparable, cuándo nos ha proporcionado felicidad alguna―. Son, también, aquellos que no tienen reparos en juzgar ―prejuzgar― a gente que pone lo que tiene para intentar alcanzar un objetivo ―dudar de su integridad y del trabajo de todos los anónimos que tienen detrás, es una gran falta de respeto―. Son, en definitiva, aquellos que no contemplan la felicidad como un estado social deseable sino como un triunfo individual y vanidoso. Una cura temporal para su inseguridad.

Ayer ―domingo, 11 de julio de 2010―, cuando Andrés marcó el gol, épico, el más importante de la historia del deporte de nuestro país, lo grité con el alma, igual que la gente que me rodeaba en aquel momento. Pero enseguida me recompuse. No había acabado, quedaban dos minutos. No fue hasta que pitó el final que respiré tranquilo. Entonces me di cuenta de lo que había pasado. Éramos campeones del mundo. Se dice pronto. ¡Campeones del mundo! Y entonces, algo inesperado me subió desde el estómago, una congoja de irremediable felicidad. Me brotaron las lágrimas y lloré como un niño. Todavía ahora me emociono sólo de pensarlo. No se trataba sólo de fútbol, de deporte. Hay mucho más. Está detrás, sobre la espalda, presiona en la nuca, y lo llevamos todos. Es nuestra historia, con sus tabúes y miradas desviadas, con la bandera secuestrada, con el escudo institucional escondido detrás del logotipo de una bebida alcohólica, con el mito de las dos españas, la identidad nacional y el estatut, la crisis, la caspa, las castañuelas y los lunares, la siesta y los demás tópicos… De repente, nada importaba. Miraba a mi alrededor y sólo veía amigos.

Entre tanta gente, me pregunté quién faltaba, y me acordé de los del lado oscuro. A la gran felicidad que sentía, se le sumó una ola de compasión. Por ellos. Porque habían decidido no asistir a una fiesta a la que estaban invitados. Porque se lo estaban perdiendo. Y hay cosas que nunca se vuelven a repetir.

viernes, 2 de julio de 2010

Cuando Paula me despierta



Paula abre la puerta con cuidado, no hace ruido, se acerca de puntillas y detiene el mundo en un instante de paz absoluta. Luego se deja caer encima de mí, se impulsa y rebota en el colchón, se hinca de rodillas, se pone a horcajadas, me azota, zozobra mi sueño, mientras grita «despierta, despierta, dormilón, que ya es hora. Hace un día espléndido».

Yo me doy la vuelta, despacio. Despego mis legañosos párpados y la oscuridad de la habitación me recibe compañera. «¿Qué hora es?», musito. Pero ella ya se ha incorporado y con desprecio empuja las cortinas: «Que no se interpongan, que se aparten de mi camino. Fuera…».

Fuera, está totalmente nublado y llueve a cántaros. Escucho el constante gorgoteo de las gotas al caer. Parecen golpear los hogares, me las imagino arremetiendo contra los tejados, invadiendo el trance soporífero del despertar. La débil luz del sol que entra por la ventana es suficiente como para herir mis hinchados párpados.

Paula vuelve sobre la cama, salta, bota, me da patadas en el culo y continua hablando. «Desayunaremos e iremos a pasear. Hoy vamos a hacer un montón de cosas». Me muerde por detrás de las rodillas. «Incorpórate». Me empuja desde los hombros. «Tienes que hacer estiramientos. Tus músculos se relajan demasiado mientras dormitas». Se pone de pie, agarra mis muñecas y las estira hacia arriba. Crujen mis huesos. Siento el frío de fuera.

«Está lloviendo», me quejo. «No pienso ir a ningún lado». Me escurro de ella, regreso al colchón y con un gesto perezoso recuperó la sábana y me oculto bajo ella. Cierro los ojos para que nadie pueda verme.

Ella se resiste a rendirse. Vuelve a rebotar, me zarandea. «Despierta. Despierta. Hay muchas cosas que hacer».

Algo murmuro. Un siseo débil e ininteligible que apenas llegas más allá de mis labios. Ya no estoy con ella. Regreso al onírico mundo, al abrazo de Morfeo, a la levedad. A la morfina del sueño.

Paula abre la ventana, deja que que el aire arrastre las frías gotas al interior de la habitación. Fuera, el cielo es de un oscuro azul. Truenos retumban. «Es tan hermoso», dice. «Te lo vas a perder».

«No te duermas».

Pero para mí, es demasiado tarde.

«Por favor, no te duermas».

domingo, 16 de mayo de 2010

Taza y tetera




El interior de tetera es oscuro, húmedo, y sólo ve la luz a través del pitorro de su boquilla. A veces, durante breves instantes, mientras la tapa se abre para llenar su panza de líquido y esencia. Fuera hay todo un ritual, pero es dentro, a fuego lento, donde sube la temperatura hasta parecer a punto de romper a hervir. No sucede. Tetera se calma y cambia el ritmo. El vapor del líquido se condensa en el reverso de la tapa y la esencia emana sus partes solubles, despacio, hasta disolverlas por completo. Cuando se siente preparada, tetera se inclina. La luz de la boquilla se apaga con la infusión que fluye a través. Vierte el contenido de su panza sobre taza, que lo recibe hasta llenar su cavidad. Taza, colmada, esperará a enfriar el calor y a que suaves labios se posen y beban de ella. «¿Un poco más?», acierta a escuchar. «Siempre».